LA GESTA DEL 13 DE ENERO DE 1947


El pasado 13 de enero de 2009, a las 20 horas, en el local de la asociación de ex presidentes de seccionales sito en RI 6 Boquerón y Eusebio Ayala, ante un numeroso y calificado auditorio,  nuestro director dictó una conferencia sobre los hechos que llevaron al poder a la ANR. Como introducción, analizó el Paraguay anterior a la fecha referida lo cual despertó la hilaridad del público presente. Por ser de mucho interés para el pueblo colorado transcribimos íntegramente el texto además de la grabación del inicio. Al darse cuenta el disertante de la presencia de un anciano improvisó unas palabras muy elocuentes que nos iluminan el origen de la estrella blanca de nuestra bandera ubicada en el ángulo superior izquierdo.

Damas y caballeros:

Antes de leer este material de conmemoración quiero señalar al público presente un hecho muy significativo, más aun hoy día que se vuelve a oír tanto de marxismo, socialismo, bolcheviques, etc. Hace muchos años, precisamente en noviembre de 1935, un numeroso grupo de dirigentes colorados se presentó al local de la Junta de Gobierno para hacer un petitorio. Alegaban ellos que en el campo los dirigentes marxistas enarbolaban la bandera colorada pero sin exhibir  la hoz y el martillo lo cual confundía a nuestros correligionarios quienes de buena fe se presentaban a participar de sus actos. Pero una vez advertidos del engaño se retiraban. Por eso pedían un distintivo en nuestro rojo pendón que nos identifique mejor. El pedido produjo un barullo en la junta pues los más veteranos se resistían a aceptar modificaciones de la enseña original. En eso, pide la palabra el doctor Leandro P. Prieto, padre de nuestro querido amigo Fon, quien dijo. – Nuestros dirigentes tienen mucha razón; debemos diferenciarnos del comunismo ateo. Propongo que coloquemos en el ángulo superior izquierdo de nuestra bandera, la estrella de Belén, si, la estrella blanca de Belén.

Al finalizar su exposición de motivos la junta estalló en un estruendoso aplauso con vítores. Su propuesta fue aprobada por aclamación. La propia esposa del doctor Prieto, en colaboración con otras damas coloradas bordaron la estrella de Belén. El día señalado un joven  de 15 años de apellido Prieto izó la bandera. El se halla hoy entre nosotros casi pisando los 90 años. Por favor, señor Prieto, si no es mucha molestia, levántese para que nuestros correligionarios lo vean y lo aplaudan.

–          Aplausos y vítores prolongados en el auditorio –

Bien. Este día tan particular para todos  nosotros hoy tiene otra connotación pues nuestros detractores afirman que en el Paraguay por fin vino el cambio luego de 61 años de ignominia colorada…….. Palabras más palabras menos. Es fantástica tal afirmación con fuerza axiomática, es decir, con pretensiones de verdad absoluta.

En lógica, por la ley de los contrarios,  podemos deducir de tan rotunda tesis su antitesis, es decir, que antes de los 61 años de ignominia el Paraguay vivió una bonanza en libertad democracia, prosperidad y bienestar, lo cual es contrario a la ignominia.

Por eso, esta tremenda acusación  nos obliga a nosotros,  no solo recordar hoy la gesta del 13 de enero sino también a esos fantásticos años de bonanza anteriores al coloradismo. Nuestros adversarios, que son de diversos colores, nos han lanzado un desafío y a la vez  un puente de oro para que crucemos y admiremos la hermosa patria soñada que nosotros destruimos. Lo hacemos con mucho gusto y supongo que este auditorio ya se halla expectante o quizá ansioso por conocer mejor aquel Paraguay que los colorados destruimos.  Para no cansar al público presente tomamos como punto de partida  los 15 años precedentes al 13 de enero de 1947 a los efectos de examinarlos lo más objetivamente posible.

–          Algunas sonrisas en la sala ante la seriedad del orador –

Durante la guerra del Chaco, según nos relata el jefe de plaza de José P. Guggiari, coronel Arturo Bray,  el arzobispo de Asunción Don Sinforiano Bogarín fue convocado por el gobierno debido a que la gente del interior ya no quería ir o volver al Chaco, es decir, no volver en el caso de los heridos ya curados ni enrolarse en el caso de los que todavía no habían ido. Lo expresado por el referido militar se halla refrendado en las memorias de Monseñor Sinforiano Bogarín.

Fue así que Bogarín, por medio de una circular,  hizo un llamado a las parroquias para que instaran a los feligreses a concurrir al llamado de la patria. Pero vaya la sorpresa que recibió, de todos los confines de la República, se recibía la misma respuesta de la gente. – Iremos al chaco sí, pero cuando cesen los pases que venden los directores políticos del Partido liberal en el orden de 300 a 500 pesos, plata gruesa en esos tiempos que daba para vivir varios meses. Esto sucedía cuando el coronel Eugenio Alejandrino Garay llegaba a Charagua y ya escaseaban tropas para cubrir tan enormes distancias. Debido a la falta de efectivos por causa de los señores emboscados, el General Estigarribia, debió ordenar el repliegue. Entre tanto, el gobierno permitía el comercio de artículos de primera necesidad que avispados comerciantes paraguayos vendían al enemigo. Además, por esta época era muy leído el libro del liberal Teodosio González titulado “INFORTUNIOS DEL PARAGUAY.

–          Risas en la sala –

En los albores de ese tiempo de guerra de 1932, la Junta de gobierno lanzó un comunicado. Su presidente Tomás Romero Pereira y su secretario político Leandro P. Prieto a la cabeza, parten al Chaco inmediatamente a la par de instar a sus afiliados a presentarse en el sitio del honor. Los profesionales abogados se convirtieron en auditores de guerra o médicos como se aprecia en los documentos y los jóvenes colorados alistándose como oficiales de reserva o soldados. Terminada la contienda un grupo de militares ofuscados cuestionaban la labor del gobierno en la pasada guerra así como la conducción en tiempos de paz. En busca de la patria soñada dan un golpe de Estado armado, apresan al presidente y de paso al General Estigarribia, así como a numerosos jefes de destacada actuación en la contienda a quienes los envían en una chata de animales a Peña Hermosa. La mayoría pierde su carrera militar, el ejército se disgrega. Con lujo de detalles lo describen  en sus memorias los coroneles Alfredo Ramos, Arturo Bray y el general Amancio Pampliega.

Entre tanto, el ejecutivo presenta un decreto  Nº 152 en que el Estado se funde en un todo con el nuevo frente revolucionario. Acto seguido el gobierno de la patria soñada, por decreto reservado, vende un tanque tomado al enemigo, numerosas ametralladoras pesadas y livianas y 13.000 fusiles a la España Republicana marxista, entonces en guerra civil. Esta venta se hace sin que todavía se haya firmado la paz definitiva. Su número y detalles no objetados jamás por nadie se hallan en las memorias “Armas y Letras” del ya citado Coronel Bray.

–          Risas en la sala. –

Pasado un año y medio otros militares se percatan que la patria soñada no fue tal y dan otro golpe aunque no a balazos. El 13 de agosto de 1937 sube al poder el doctor Félix Paiva, profesor de derecho constitucional, de la mano de militares que no querían asumir responsabilidades. Pronto Arturo Bray asume nuevamente la jefatura de plaza y emite su famoso bando Nº 2  en que si alguien es hallado cerca de una guarnición militar “será fusilado con la sola presencia de un oficial”, ante la vista y paciencia del profesor de derecho constitucional, Félix Paiva.  Nuevamente Son radiados numerosos jefes y oficiales diezmándose  nuevamente las filas del ejército nacional. Para paliar estos excesos el nuevo gobierno convoca a los partidos políticos de oposición ofreciendo garantías. El Partido Colorado, a pesar de sufrir sus dirigentes numerosos exilios desde 1931 y empastelado su vocero “Patria” en varias ocasiones, accede enviar un representante para discutir una supuesta ley electoral. En esta calidad concurre el doctor Ángel Florentín Peña. Unos días después cuando se dirige a cumplir sus labores es apresado. Protesta y hace unos llamados a las autoridades. Lo sueltan y a las dos cuadras lo vuelven a apresar. Todos los detalles de sus apresamientos y sus comentarios de la época se encuentran en la obra de Alfredo Seiferheld, Conversaciones Cívico – Militares, hasta la fecha jamás refutados por nadie. Esta era la patria soñada.

–          Risas en la sala –

En estas condiciones el Partido resuelve no participar de las futuras elecciones. Así es electo el general José Félix Estigarribia como candidato único. En realidad fueron votaciones y no elecciones.  Acto seguido, so pretexto de una supuesta anarquía, el nuevo presidente por decreto, asume la totalidad de los poderes y obliga, al parlamento integrado exclusivamente por liberales, a renunciar para que se pueda comenzar a delinear la nueva patria soñada que no es ni más ni menos que una carta política dictada a los apurones en agosto de 1940 y con la cual unos cuantos jóvenes deseosos de sacrificarse por la patria soñaban con perpetuarse en el poder.

–          Risas en la sala –

Sus detractores del propio partido liberal los apodaron los cuarentistas.  Uno de éstos, el insigne historiador Efraín Cardozo, afirmó a cara descubierta y en consejo de ministros: “La democracia es un cadáver y no conviene andar con cadáveres, estoy con usted mi general”. Todos los detalles nunca refutados están muy bien documentados en “Perfiles Políticos”, del malogrado doctor Luís María Argaña. Pero los nuevos patriotas deseosos de sacrificarse por la patria sufren un cruel desengaño tan solo unas semanas después de dictada la nueva carta  fundamental cuando el 7 de septiembre en Asunción corre como reguero de pólvora la noticia macabra; el presidente falleció en un accidente de aviación. Y como ellos en su apuro habían olvidado colocar la figura del vicepresidente en su carta política o pensaron que Estigarribia gobernaría hasta morir, la sucesión se debió llevar a votación entre militares conforme a la decisión de los uniformados. Uno de los convocados – Urbieta Rojas, en declaraciones a Alfredo Seifergeld publicadas en ABC  – al ver que había un empate entre el General Higinio Morínigo y el General Eduardo Torreani Viera, no vio nada mejor que extraer de su bolsillo una caja de fósforo y tirar a la suerte de modo a quedar bien con los dos. Así es electo Higinio Morínigo Martínez, vecino de Paraguari.

–          Risas en la sala –

Los ansiosos jóvenes son defenestrados y suben al poder un grupo de intelectuales llamados tiempistas por ser redactores del semanario “El Tiempo”. Paralelamente en el ejército se conforma un llamado “Frente de Guerra” integrado por los comandantes Aranda, Stagni y Benítez Vera, grandes admiradores de Hitler y Mussolini, es decir, del totalitarismo. Rige en el país una proscripción de los partidos políticos dictada por el general José Félix Estigarribia y continuada por su sucesor. En esa época el famoso dirigente febrerista doctor Arnaldo Valdovinos, estaba confinado en el Chaco y nos relata  que nadie se animaba a abrir la boca durantes ese tiempo. Se puede corroborar en detalles sus comentarios en la obra de Seiferheld, ya citada. El Paraguay contaba por entonces con una ruta asfaltada pero de tan solo 65 kilómetros de largo. El resto eran caminos de tierra muy alegres y bullangueros en donde se podía montar a caballo y divertirse, y para sacarse el polvo, estaban los preciosos arroyos. A la noche, en el interior del país, se prendían las simpáticas lámpara mbopí mientras en la capital la camioneta de un señor apellidado Celauro descargaba los pozos ciegos de las casas repletos de materia fecal espantando a los vecinos con su olor no precisamente de rosas lo cual causaba mucha gracia a los niños que jugábamos con la pelota de trapo por las veredas. Los pozos de agua a veces filtraban parte de esas inmundicias y al bañarnos sentíamos sus aromas. La gente andaba descalza en gran número pero se divertía de lo lindo cantando y llevando serenatas. En esos tiempos se moría feliz pues como era imposible la llegada de algún socorro uno tenía tiempo y podía rezar y pedir perdón por sus pecados.

–          Risas prolongadas en la sala mientras el orador prosigue muy serio –

Así se llega a Junio de 1946. Hasta acá hemos examinado el Paraguay antes del 13 de enero y ya nos vamos aproximando a esa fecha. Sin embargo, a pesar de mi esfuerzo en desentrañar aquel  país alegre y feliz, noto que este  auditorio aún no quedó muy convencido de su bonanza, libertad, democracia y prosperidad.  En realidad, la cuestión no es con nosotros, sino con Teodosio González, Arturo Bray, el arzobispo Sinforiano Bogarín, Rafael Franco, Félix Paiva, Efraín Cardozo y Arnaldo Valdovinos, entre otros tantos que nos reseñaron aquel fantástico país que nosotros los colorados lamentablemente………………………!destruimos!.

– Las risas suben de tono –

En realidad lo que vendrá con el tiempo, más de 2.000 kilómetros de rutas asfaltadas, aguas corrientes y desagües de cloacas, Hospitales, dos hidroeléctricas, dos puentes internacionales, un pueblo calzado con zapatos y tantas otras cosas no existen, son realidades virtuales en entelequia, que aparecerán por generación espontánea.

–          Prolongadas risas –

Bien. Prosigamos ahora con nuestro tema central que nos reúne hoy, pero con la salvedad que dos fechas están ligadas en el tiempo, el 9 de junio y el 13 de enero. Otra salvedad constituye el clamor colorado por una convención constituyente. Tanto en su convención de 1938 como en pleno gobierno de Morínigo el Partido Colorado quería la confrontación democrática por que se sabía mayoritario. Por eso concurre el profesor Juan Ramón Chavez, decano de la Facultad de Derecho acompañando al Rector Juan Boggino, entre otros colegas en 1944 para pedir al ministro del interior Amancio Pampliega la normalización del país. La respuesta fue el confinamiento para los que firmaron el petitorio. El propio Pampliega lo reconoce en sus memorias. Entre tanto, el Frente de Guerra seguía ejerciendo su dictadura. No había convención constituyente ni constitución posible ni menos un código electoral. Las puertas estaban cerradas. Recién con la catastrófica derrota de la  Alemania Nazi, el Frente de Guerra comenzó a perder autoridad

El 1 de junio de 1946 viaja en el paquete de la carrera “Ciudad de Corrientes” una delegación presidida por el entonces ministro del interior general Amancio Pampliega designado por el gobierno ministro extraordinario y plenipotenciario para la asunción del nuevo presidente de la Argentina, general Juan Domingo Perón, electo ese año. Lo acompaña entre otros, el coronel Victoriano Benítez Vera, comandante de la caballería, uno de los integrantes del Frente de Guerra. En Asunción quedan el presidente y su comandante en jefe, general Vicente Machuca quien 10 años atrás ejerció el mismo cargo bajo la presidencia del presidente Rafael Franco, es bueno señalar.

Una vez llegado el buque a Buenos Aires, Machuca lo reemplaza interinamente en la caballería a Benítez Vera por Enrique Jiménez. Enterado el defenestrado, se larga sin permiso para Asunción en avión fletado. Pampliega da avisó al gobierno previa advertencia a Benítez Vera. Al saberlo llegado al ofuscado coronel en la capital,  Morínigo, en apariencias lo restituye de palabra haciendo un peligroso balanceo con Machuca a quien con su acto lo desautoriza, es decir, lo destituye de hecho. Así comienza el tira y afloje. Pero Benítez Vera no contó con el coraje del teniente coronel Enrique Jiménez quien le pide el instrumento que lo restituye en el mando como exigen las ordenanzas. Machuca, entre tanto, salta de mata en mata para no caer en manos de Benítez Vera. Hay forcejeos, tiros y hasta muertos. Pero finalmente el 9 de junio queda restablecido el orden. Jiménez, uno de los líderes del proyecto democrático en las filas del ejército controla la situación. Así lo reconoce en una entrevista en 1980 Arnaldo Valdovinos. Lo califica de demócrata.

La posición asumida tanto en 1938 como en 1944 le dio mucha autoridad moral al Partido Colorado. En cambio, luego de los hechos reseñados, la figura de Morínigo queda diezmada. Como me dijera el mismo Enrique Jiménez en su departamento de Palermo, bastaba mover un dedo para echarlo. En estas circunstancias regresa el 12 de junio el general Amancio Pampliega.  Horas antes su hermano Nicanor sube al “Ciudad de Corrientes” en el puerto de Formosa y le informa de los acontecimientos vividos: El doble juego del presidente, la conducta de Benítez Vera y la firme resolución de Jiménez así como la destitución de Alfredo Stroessner en la artillería quien según – Nicanor – nada tuvo que ver con Benítez Vera. Este compañero de la guerra de Stroessner en el grupo de Artillería General Bruguez, al parecer, viajó con este  único propósito de salvarle a su camarada y amigo. Una vez en el domicilio de Pampliega, el teniente coronel Enrique Jiménez con la presencia del general Vicente Machuca, propone el nombre del dueño de casa para sustituirlo a Morínigo, ya entonces a la deriva. Antes de esa fecha Valdovinos comenta que se le había propuesto a Machuca y no aceptó. Se produce un silencio en la casa de Pampliega;  y en eso alguien se le acerca. – El Partido colorado le va a respaldar mi general, le susurra al oído Jiménez.  Ambos me confirmaron esta especie, el uno en Asunción y el otro en Buenos Aires, el uno mi pariente y el otro mi amigo y defendido. Además hay testimonio escrito de Machuca publicado por Pampliega. Pero lamentablemente éste no acepta el ofrecimiento en tales circunstancias. Por otra parte, no se sentía con cualidades para ser presidente y tenía un exagerado concepto de la lealtad hacia el presidente. Para más, Machuca ejercía en él mucha influencia. Era su superior en antigüedad y estas cosas pesan entre los uniformados. La lucha por la democracia en el Paraguay del Partido Colorado estaba llegando a su primer puerto de escala con rumbo a la convención constituyente.

Así, se conforma el gobierno de coalición entre colorados, febreristas y militares, hecho conocido como la primavera democrática. Primavera siempre anhelada por la Asociación Nacional Republicana. En esa época la gente pedía cambio. Los liberales habían artado al país con golpes y revoluciones, los febreristas habían defraudo las esperanzas. El pueblo paraguayo miraba a los colorados como el cambio. Los militares, liberales y febreristas ya no representaban el cambio entonces.

Pero en el reparto de espacios de poder Rafael Franco y Arnaldo Valdovinos, amigos de Machuca, se quedaron con cuatro ministerios mientras que los colorados  solo con tres y los militares, ya pactado de antemano, con las carteras de defensa e interior. Así comienza este nuevo proyecto con las más sanas intenciones del coloradismo. Las más amplias libertades se dieron al extremo que el Partido Comunista fue autorizado a funcionar y hasta editar su semanario “Adelante”. Entre tanto en las plazas se daban cita los diversos partidos.

En septiembre de 1946 se produce un hecho que a juicio de este expositor fue fatal para la democracia paraguaya. La república quedó de pronto atónica. Una marea humana de 100.000 colorados inunda Asunción. Venían de todos los rincones del país y de la capital. La cola de gente era kilométrica. Basta leer los archivos de La Tribuna y algunos semanarios de la época para entender lo que produjo tal hecho. El Paraguay contaba con tan solo 1.200.000 habitantes.

Pero,….. ¿Qué razón entonces decimos que aquello fue fatal? Por una razón muy simple: nuestros adversarios habrán pensado con seguridad, contra estos no podemos enfrenarnos en las urnas ni ebrios.  Con esta masiva concurrencia le anunciábamos anticipadamente su derrota. No podemos decir que fue un error dado que el acto resultó hasta si se quiere espontáneo. Pero conforme a la profusa bibliografía acerca de este tiempo se puede apreciar que las ansias de convención constituyente comienzan a aplacarse, a partir de septiembre, en el ánimo de febreristas y liberales.

Nos vieron, nos sintieron ganadores. El propio Amancio Pampliega Peña, al mismo tiempo de cuestionar el 13 de enero afirma rotundamente que los colorados ganaban fácilmente una elección y era, según él, cuestión de esperar. Esperar…………. Hasta cuando, hasta el juicio final, le dijimos en una oportunidad. Por su lado Enrique,  en carta abierta le replicó con argumentos muy valederos.  Estas cosas comentábamos con el otro pariente, Ángel Florentín Peña y con Enrique cuando podía venir unos días para visitar a sus familiares  en Asunción. Se sumaba Carlín Romero Pereira cuando el tío Angel nos invitaba a almorzar o cenar.

Ahora vamos a entrar en lo más profundo del 13 de enero. Antes debemos decir, que luego de la conformación del gobierno de coalición se llegó a una paz partidaria entre guiones y demócratas. Pegada con saliva – dirán algunos de ustedes – es cierto, como siempre sucede con las corrientes internas de los partidos políticos, pero paz al fin. No obstante, serán los guiones quienes nos llevarán a la victoria. Los directores civiles colorados fueron Víctor Morínigo el principal, Leandro P. Prieto y Guillermo Enciso Velloso bajo el indiscutido liderazgo de Natalicio González. Mientras que en el ejército resaltaban Enrique Jiménez, Rogelio Benítez y Emilio Díaz de vivar, como las cabezas más visibles.

Todos ustedes ya saben lo sucedido el 11 de enero. Ese día,  cumpleaños de Morínigo,  se convocó a una reunión de urgencia debido a la renuncia masiva de los febreristas en el gabinete. Lo hicieron adrede, para empantanar el proceso. Sabían que perdían las elecciones en forma hasta si se quiere catastrófica y el prestigio político de Rafael Franco se derrumbaría como un castillo de naipes y nadie en adelante confiaría en su liderazgo. Mientras que si no había elecciones su aureola continuaría. Fue una maniobra política concebida por el propio Franco pues Arnaldo Valdovinos lo desaprobaba conforme a su versión hace tiempo publicada.  Se evitó así el dictado de las urnas, es decir, de la expresión de la voluntad popular.

En adelante esta exposición se ajustará a lo expresado principalmente por Enrique Jiménez entre el 1 al 13 de enero de 1989 en la ciudad de Buenos Aires lugar adonde concurro para colaborar en la redacción de sus memorias como lo hice con Pampliega en su oportunidad. Por eso tomo la primera persona del singular.

En la reunión del 11 de enero de 1947 convocada por el presidente para tratar las renuncias de los ministros debido a la maniobra de Franco participaron los generales Vicente Machuca, Francisco Andino, Amancio Pampliega, Manuel Contreras y Manuel Rodríguez, los coroneles, Emilio Díaz de Vivar, Julio Cartes y Juan Ibarrola, y los teniente coroneles, Alfredo Stroessner y Enrique Jiménez.

Enrique me dijo que él le había pedido a Machuca que los destituyera a Strossner luego de los sucesos del 9 de junio por jugar a dos puntas. Pero a fines de junio Stroessner es repuesto por Pampliega, y su reemplazante, el coronel Fulgencio Yegros, llevado por aquel como subsecretario en el ministerio de defensa nacional.  Enrique  confirma este pedido de destitución en su carta abierta a Pampliega, de manera que, este detalle explica en gran parte la animosidad entre ambos jefes – Stroessner y Jiménez – durante tantos años. Por su parte, Machuca, sin resolución escrita de por medio, designa al coronel Julio Cartes reemplazante del coronel Carlos Montanaro, director de la escuela militar. Quería asegurarse una mayoría anti colorada. Montanaro debió concurrir a la convocatoria y no Cartes. Viene la votación. Enrique, el primero en hablar, defiende al Partido Colorado y expresa que no tienen por que renunciar sus ministros, y que si los febreristas lo hicieron, allá ellos. Silencio en la sala. El resultado es conocido. Solo Díaz de vivar le acompañó, el resto votó en contra y Pampliega al ver el resultado cantado, se abstuvo. Lo confirmó el mismo en sus memorias y lo confirma la carta abierta de Jiménez. Ahora viene la parte inédita. Al concluir la reunión los jefes se fueron a la casa de Pampliega para elaborar el nuevo gabinete militar ya decidido, es decir, una dictadura de uniformados.

En este momento, grabadora de por medio le pregunto a Enrique – Y vos ¿Qué hiciste, te retiraste con ellos? – ¡Noooo!, me escondí detrás de uno de los árboles de Mburubicha Roga, me respondió. – Qué pretendías con eso, le dije – Esperar a que todos salieran para regresar junto al presidente. – ¡Ah!, ya me parecía que algo de eso tenía que haber, le respondí, mientras él sonreía y su esposa Matilde nos traía los bocaditos y el café acostumbrados  Y… ¿Qué le dijiste a Morínigo?, recordá que tus relaciones con él no anduvieron bien luego del 9 de junio, le señalé. – Justamente por eso, quería darle seguridad. – Y bien, cómo fue el sorpresivo encuentro, le pregunto. – El presidente se sorprendió al verme regresar, entonces yo le dije que había vuelto para informarle que el Partido Colorado le respaldaría y que el gabinete militar lo echaría a él muy pronto; tantos detalles le di que se asustó. Nos quedamos largo rato hablando – prosigue Enrique – hasta que al final le aseguré que si el se presentaba a la caballería yo desplazaría a las tropas y que Rogelio con la policía respondería con firmeza. – Ahora entiendo mejor, Enrique, pues estas cosas no se hacen mediante llamadas o mensajeros, le respondí. –Así es, Rogelio ya estaba sobre aviso y él se encargaría de traerlo al presidente a mi unidad porque yo después de despedirme del presidente regresé a la caballería  y ya no me moví más de allí.

Lo demás es conocido. El partido sin que nadie sufra siquiera un chichón se conservó en el poder aunque ya solo, por decisión unilateral del febrerismo, a partir del 13 de enero. La caballería y la policía tomaron el control de la capital sin disparar un tiro. Como me expresara Enrique, inmediatamente se convocaría a elecciones de convencionales constituyentes pues la confianza en la victoria por las urnas era enorme. Lo confirma la manifestación multitudinaria de septiembre de 1946.

La casi inmediata rebelión armada entre liberales, febreristas y comunistas coaligados contra el gobierno colorado fue la responsable que tales anhelos no fueran cumplidos. Lo afirma el protagonista principal, el hombre respetado por propios y extraños, Enrique Jiménez,  en su ya referida carta abierta.

  1. En el mejor sentido del término, en su mejor expresión como defensa de la voluntad popular  en las urnas podemos decir enérgicamente tomando prestadas las palabras de Luís María Argaña, que: ¡Siempre habrá un 13 de enero!

Por su atención muchas gracias.

Anuncios

Los comentarios están cerrados.

A %d blogueros les gusta esto: