“HUÉSPEDES” DEL CONTRIBUYENTE


Por Cándido Silva

Aunque no goce precisamente de mi afición, comparto las expresiones del ministro de Hacienda, Benigno López, que en un alarde de franqueza enfatizó que “debemos ser agradecidos porque tenemos trabajo”, aludiendo a los angurrientos funcionarios públicos de varias dependencias entre cuyos quehaceres fundamentales se halla el exigir anualmente incrementos salariales, apelando a medidas de presión como huelgas, paros y “brazos caídos”.

“Debemos ser agradecidos porque tenemos trabajo”, simple y contundente frase que encierra una verdad mayúscula en un país en que el desempleo y la subocupación acogotan a la población económicamente activa, debido a la carencia de inversión productiva y al cierre o disminución de empleados que afecta a negocios y comercios del sector privado, a raíz de bajas pronunciadas en las ventas o la sensible reducción de la demanda de servicios.

El “servidor del Estado”, en cambio, no sufre esa angustiosa incertidumbre del trabajador y el obrero del ámbito particular, merced a la seguridad que adquiere en su acomodo tras un breve tiempo en el cargo. Además, en las reparticiones oficiales no despiden personal por mengua en la producción, ineptitud, ausencias prolongadas, descapitalización, o bancarrota.

“Debemos ser agradecidos porque tenemos trabajo”, enunciado indulgente, dado que un 65% aproximadamente del plantel de asalariados del Estado no desempeña tarea específica y/o calificada, cumplen labores sencillas, elementales para las que solo necesitan saber leer y escribir, sumar y restar, decir a su orden señor, buenos días y hasta mañana.

En el legajo personal de los burócratas, a diferencia del dossier individual de la esfera privada, no ejercen preeminencia para hipotéticos ascensos o aumentos de sueldos la formación técnica o profesional, la experiencia, los conocimientos y el elevado rendimiento. Son otros los valores que prevalecen, tales como el destacarse por llegar y retirarse siempre a hora; no faltar a oficina; registrar puntualmente entrada y salida; permanecer en el puesto; observar buena conducta; agradar al jefe; gozar de la simpatía de los compañeros; vestir aseadamente; adherir al signo partidario en el poder y, lógicamente, contar con el “padrino” de peso que avale eventuales promociones.

Sin embargo, y pese a esas fabulosas ventajas respecto a su par de la órbita particular, el “servidor del Estado” vive en una burbuja ajeno a las zozobras e inquietudes cotidianas que atribulan al colega de la “vereda de enfrente”. Hasta en materia de montos de asignaciones y beneficios ganan por varios cuerpos, ya que generalmente las demostraciones de fuerza surten desenlaces favorables gracias a la irresponsable complicidad de los legisladores, que botando al garete las previsiones presupuestarias rifan los recursos nacionales en pro de la clientela que los vota en las elecciones. Una simbiosis política perfecta.

Empero, no se conforman. Amenazan y apremian. Mientras la república se desangra, y los gobiernos, central, departamental y municipal, se someten a las dictaduras burocráticas, sumideros administrativos en que la eficiencia, el talento constructivo, la inventiva, la disciplina, la capacitación constante y el ansia de superación son miradas con recelo y temor.

Hay que frenar cuanto antes las insensateces y descaros de los cachafaces que pueblan el Estado, esa suprema institución que mantiene el tributario con el pago puntual de sus impuestos. La nueva Constitución tendrá que incorporar un severo artículo que contenga el desmadre del funcionariado que reclamando presuntas reivindicaciones engendra el caos en la sociedad.

Cual calco de ejercicios anteriores, para el 2020 se prevé el sustancial recorte de fondos de programas de vital trascendencia comunitaria en aras de aumentos salariales, más la creación de nuevos cargos permanentes y contratados. Los gastos rígidos se imponen, como es costumbre, a los egresos que solventan proyectos sociales y de infraestructura. La prosperidad colectiva e incluyente abandonada por enésima vez en la estacada.

Bonancible el año entrante para el “servidor del Estado”; entretanto, los segmentos ciudadanos vulnerables compuesto por los desamparados, indigentes, desempleados, changadores, incapacitados, vendedores ambulantes, etc., vislumbran un futuro inmediato henchido de miseria y aflicción. Nada novedoso en el firmamento nacional. No en balde la empleomanía constituye meta y apetencia de 1 de cada 3 compatriotas. Es que “laborar” en círculos gubernativos es reposado, complaciente, holgado, una rutina fácil que moldea falanges de haraganes, inútiles y aprovechadores que parasitan al contribuyente honesto.-

17/noviembre/2019

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