El Paraguay de los improvisados


La muerte del comisario Félix Antonio Ferrari Yudis, de 43 años, en una emboscada criminal contra un convoy penitenciario que pudo haber sido evitada, nos conduce a pensar nuevamente si la seguridad interna del país está en manos de las personas adecuadas. Nota: Este comentario de Iván Leguizamón constituye una acuarela del Paraguay que vivimos. Así se hace periodismo. Es necesario poner cada punto en su lugar lo cual se desnuda. De un enfoque sencillo surgen los responsables. Tan diferente a quienes culpan a los personajes equivocados y le siguen y repiten los corifeos de cortas miras. Nunca se enfoca con seriedad, o mejor, con profesionalismo, tan delicados sucesos

Por Iván Leguizamón, ABC Color

16 de septiembre de 2019 – 01:00

Pero ojo, no lo digo solo por el ministro del Interior, Juan Ernesto Villamayor, sino por el conjunto de organismos de seguridad que últimamente se pasan más tiempo publicando tuits de pésames a las familias de los cada vez más frecuentes mártires caídos a manos del crimen organizado.

Para separar las cosas, hay que mencionar que no fue responsabilidad del Ministerio del Interior ni de la Policía Nacional el ataque al móvil de la cárcel de Emboscada, en el que rescataron al capo narco Jorge Teófilo Samudio González, alias Samura.

La culpa fue del Ministerio de Justicia y de la Dirección General de Establecimientos Penitenciarios, que tendrían que haber ejecutado el protocolo de seguridad para el traslado de internos considerados de alta peligrosidad, clasificación que había sido atribuida a Samura desde su captura hace casi un año.

Eso sí, hubo una cadena de eventos que propiciaron el sangriento rescate y que, como mínimo, fueron por negligencia, para no decir directamente complicidad.

Por ejemplo, el director de la cárcel de Emboscada, quien ahora ya está preso, en teoría tendría que haber sabido que debía comunicar el traslado de Samura a la propia Comandancia de la Policía, para que esta designara un equipo de fuerzas especiales que escoltara el convoy. En cambio, solo avisó a la comisaría de Emboscada.

Para colmo, recién cuando llegó al Palacio de Justicia de Asunción, Samura fue comunicado de que su audiencia quedaba suspendida por ausencia de la fiscala de la causa, quien avisó a última hora. Si esta lo hacía antes, el peligroso capo ni siquiera iba a salir de la prisión antigua de Emboscada, donde estaba alojado.

Después, hay que analizar el desplazamiento de la caravana, que era punteada por la patrullera manejada justamente por el comisario Ferrari, quien llevaba a su lado a otro agente. Atrás, el móvil penitenciario con nueve presos y ocho guardia cárceles, y otras dos patrulleras con dos agentes cada una. Es decir, había solo media docena de policías para repeler el ataque de una docena de sicarios.

Tanto la emboscada como la muerte de Ferrari se pudieron evitar, primero si las autoridades penitenciarias dimensionaban a quién estaban transportando y pedían la custodia necesaria, y segundo si el comisario usaba el chaleco antibalas reglamentario.

Pero cómo podemos pedir a las autoridades penitenciarias que dimensionen a quiénes tienen que custodiar si la mayoría de ellas fueron puestas mediante cupos políticos. La mayoría de los directores de las cárceles son seccionaleros que evidentemente entienden un pito de política carcelaria.

Como ejemplo, basta con tomar los últimos tres grandes sucesos en las prisiones de San Pedro de Ycuamandyyú (masacre del PCC), Cambyretá (motín, fuga y recaptura) y justamente la de Emboscada (el ataque al móvil de traslado de internos).

Por otra parte, si el ministro del Interior se dejara de plaguear ante las cámaras de televisión y procurara equipar adecuadamente a los policías, el comisario Ferrari tal vez estaría hoy desayunando con su esposa y sus cuatro hijos.

Si este fuese un país serio, la inteligencia estatal debía haber anticipado este ataque. Pero de qué serviría cuestionar a la Secretaría Nacional de Inteligencia si desde que se creó absolutamente nada hizo y, de hecho, no se sabe bien todavía para qué sirve, si es que sirve de algo.

En fin, si Mario Abdo Benítez sigue haciendo vito con los cargos en su Gabinete, nos seguirá yendo igual o tal vez peor.

Ahora, lamentablemente tenemos que prepararnos nomás ya para honrar al siguiente mártir que morirá pronto.

¿Será otra vez un policía, un militar, un agente especial o algún civil víctima de la inseguridad? Seguro en breve lo sabremos.

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