DINERO LIMPIO, DINERO SUCIO


Por Cándido Silva

Admiro, respeto y elogio a los individuos que gracias a su talento, conocimientos, esfuerzo personal y creatividad (cualidades) lograron cimentarse un sólido bienestar material … con honradez (virtud), se entiende.

En simultáneo, admiro, pero no los respeto ni elogio, a aquellos que merced a su astucia, adulonería, oportunismo y descaro (vicios) pudieron acumular riqueza … con deshonestidad (perversión), se entiende.

Los primeros, empresarios y comerciantes que arriesgan patrimonio y fortuna, ganaderos, terratenientes productivos, profesionales independientes exitosos, y visionarios inversores de capitales, constituyen la élite de los genuinos triunfadores, el modelo soñado por la inmensa mayoría de la población que subsiste con el salario mínimo, un poco más, un poco menos, por no mencionar a los desempleados que no perciben tan siquiera una moneda de Gs. 50.

Los segundos, burócratas de las entidades recaudadoras, mandatarios (presidente y vice de la república, intendentes y gobernadores), legisladores (senadores, diputados, concejales departamentales y municipales), magistrados (jueces y fiscales), directores de entes binacionales, traficantes clandestinos de estupefacientes, armas y mercaderías, piratas industriales, usureros, y la caterva anónima de corruptores particulares, componen la crema del latrocinio victorioso, el paradigma anhelado en secreto por extensas franjas de la colectividad, aunque jamás lo admitirían en público (“lo admitiríamos”, sería lo correcto).

La hipocresía es una “Regla de Urbanidad Social” no documentada, sin la que el mundo civilizado que vemos y sentimos desaparecerá irremediablemente. Por lo general, nuestros pensamientos respecto al semejante no coinciden con nuestras impresiones y palabras. Si todos fuésemos auténticos, desprovistos de falsedades y simulaciones en el trato cotidiano, ¡a la gran siete!, nos destriparíamos mutuamente y sobrevivirían los más fuertes que, en última instancia, se eliminarían entre sí, resultando un planeta cuasi desértico.

Despotricamos y condenamos al averno incandescente a quienes amontonan oro y efectivo estafando al Estado, a expensas del contribuyente probo y laborioso que sostiene la maquinaria gubernativa con el pago puntual de sus impuestos. Indignados, exigimos destituciones, cárcel e incautación de bienes para los crápulas del hampa de “guante blanco”. No obstante, en la intimidad los envidiamos y ansiamos oportunidades similares para sin peligro, con facilidad y celeridad, habilitar también voluminosas cuentas bancarias.

La verdad es que el dinero limpio y el dinero sucio tienen la misma fuerza de pago. Análogo poder de adquisición. Idéntico valor de Transacción. Se compra diversidad de mercancías y servicios con plata proveniente del trabajo decente como con la procedente de los ilícitos y crímenes varios.

El dinero es mal habido únicamente con el respaldo de pruebas incriminatorias axiomáticas que destruyen la presunción de inocencia del acusado y ameritan pena privativa de libertad. Sin indicios irrebatibles de culpabilidad, y frente a la presencia de la “duda razonable”, el imputado es absuelto y su honorabilidad restablecida, al menos legalmente. Sucede con regular frecuencia en los tribunales de la patria.

Probablemente pegarán el grito al cielo quienes lean el artículo. Censurarán la desfachatez del columnista. Su insolencia y osadía. Mas este servidor solo se limita a exteriorizar una “evidencia oculta”. Me valgo del oxímoron para resaltar el mensaje.

Prosiguiendo, el bípedo inteligente es perfectible. Sujeto a deslices. La honestidad se halla implícita, latente, se la confirma y ratifica en los hechos cuando en tenencia de propiedades y fondos ajenos o comunitarios, se los administra con absoluta transparencia, a resguardo de tentaciones delictivas. Es un ejemplo. Habrá más, seguro.

“El trabajo dignifica al hombre”, proclama un proverbio de trascendencia universal. Se refiere al trabajo productivo y honesto, el que genera ganancias y dividendos para unos, sueldos u otros estipendios para el resto. Una demostración más de la hipocresía social. El hombre es temporal, y la certeza de esa temporalidad lo impulsa a vivir con plenitud, rodeado de comodidades y placeres mundanos. Regodearse en la gozosa molicie, a cubierto de contratiempos, frustraciones y postergaciones. Para consumar ese idilio con el confort y la concupiscencia, apelará a los medios y expedientes a su alcance, y no discriminará entre “el bien y el mal”. Los cargos de conciencia son fugaces y, por ende, superables.

En fin, vaya el escrito para una profunda y sincera reflexión y examen de nuestras fortalezas y debilidades, vicios y virtudes, noblezas y miserias. La ventura terrenal es objetivo y meta supremas, fantasía e ilusión superlativas del género humano, ante los que sucumben o, por lo poco, tambalean consideraciones y reparos de orden ético y piadoso.-

14/setiembre/2019

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