¡SALVEMOS EL PELLEJO, CONVOQUEMOS UNA CUMBRE DE PODERES!


Por Cándido Silva

Cuando el horno se caldea en exceso, amenazando con incendiarse y extender la deflagración allende su radio de acción, los fogoneros, asustados, optan por reducir con prontitud la temperatura y evitar así que la peliaguda situación se salga de madre.

En Paraguay, los poderosos de la hora, presidente y vice de la república, legisladores y magistrados, convocan a la denominada “cumbre de poderes” cuando el descontento social y la discrepancia política alcanzan niveles de severa desestabilización, escenario crítico que fuerza a transformar, o por lo menos maquillar, un contexto insufrible que apeligra con derrumbar el orden instituido.

Alarmados ante la contingencia aterradora de perder sus privilegios, fueros y ventajas debido a torpezas, irregularidades y abusos por ellos mismos perpetrados, los caciques del gobierno, entiéndase Ejecutivo, Legislativo y Judicial, abandonan temporalmente sus divergencias y enconos, y unidos en pro del “bien común”, el bien común de ellos, obviamente, acuerdan reunirse para analizar “exhaustivamente” la áspera coyuntura, sugerir reformas y correcciones, conciliar puntos de vista y, de remate, emprender un derrotero rectificado que apacigüe los ánimos exacerbados y devuelva el sosiego a la gestión gubernativa.

Diversos asuntos de interés público colman la agenda de la “cumbre de poderes”. La idea predominante propalada en el vademécum se centra en generar las condiciones propicias para responder satisfactoriamente a las expectativas y reclamos de la comunidad. Esa finalidad es la que, invariablemente, se vende a la prensa, se exporta para consumo ciudadano. La verdad es diferente. Lo que pretenden es, sencillamente, poner paños fríos al bochorno. Oxigenar la densa atmósfera que torna asfixiante el ministerio oficial.

Es irónico que en épocas de proselitismo electoral, la ciudadanía es la “dama adorada y consentida” de los candidatos. Sonrisas, abrazos y promesas se distribuyen en cantidades industriales durante los mítines y caminatas orientados a la caza de votos. Pero, ¡oh sorpresa!, los ganadores de los comicios, una vez en funciones, transfiguran radicalmente su visión de la población. Esa “dama adorada y consentida” se trueca por embrujo en la arpía que obstaculiza y, en ocasiones, aborta los mezquinos proyectos particulares de los “depositarios de la confianza popular”.

Entonces, la duda es legítima y juiciosa. Toda persona informada pondrá en entredicho la sinceridad de propósitos de los participantes de la “cumbre de poderes”. El elector sabe por experiencia que la generalidad de sus compatriotas escogidos en las urnas para gobernar en su nombre, invierten en sus campañas ingentes sumas de dinero, esfuerzo, tiempo y quebrantos, esto último para el caso que no resulten favorecidos por el sufragio en mayoría.

Como es natural, el primer objetivo de los flamantes mandatarios es recuperar el capital desembolsado; el segundo, organizar la modalidad más rentable, fácil y rápida para amontonar “ganancias”; el tercero, disfrutar del “éxito económico” logrado, y el cuarto, el ítem ambiguo, trabajar en provecho colectivo.

En breve, a iniciativa del titular de turno del Congreso, el senador liberal Blas Llano, los pontífices de los tres poderes inaugurarán su versión propia de la “cumbre”. Desde la caída de Alfredo Stroessner aparece en el horizonte local esta entente política, una suerte de barricada levantada para “aguantar” las rígidas demandas y protestas, a la par de concertar una “tregua” entre los inquilinos del poder, una pausa urgente y oportuna para zanjar transitoriamente animadversiones recíprocas dirigidas a temperar el ambiente y consolidar el perfil lucrativo y mercantil de la gestión gubernativa.

En lógica conclusión, la pomposa y en simultánea patética “cumbre de poderes” no arrojara ningún desenlace halagüeño para el país en su conjunto, excepto para los detentadores del mando y las élites asociadas al poder. Las modestas franjas sociales se verán de nuevo pospuestas, decepcionadas y lanzadas a la buhardilla de un Estado soberano sufriente por la vileza de sus súbditos metidos a gobernantes.

Lo expuesto se compagina con la experiencia acumulada. En la historia reciente, posterior a la insurrección armada de 1989, no se tiene noticias fiables de una “cumbre de poderes” prodiga en dividendos para la patria y sus habitantes. Es razonable suponer que la próxima cita será, con algunas variantes, calco de las precedentes. El desempeño y la trayectoria de los interlocutores de la hora no vaticinan esperanzas ni conceden créditos. Otro fraude magistral se avecina. A enfundarse en caparazones inmunes al desengaño y la mortificación.-

02/setiembre/2019

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