¿ES LA EDUCACIÓN LA LLAVE INFALIBLE A LA PROSPERIDAD?


Por Cándido Silva

¿Con qué propósitos elementales el individuo concurre a los centros educativos? Propiamente, para aprender a leer y escribir correctamente; desarrollar la capacidad de entender lo que lee, y aprehender, a la par, la habilidad de expresar por escrito sus pensamientos y opiniones. Concretamente, para alfabetizarse. En simultáneo, adquiere nociones básicas de asignaturas convencionales que componen el currículo académico.

Posteriormente, si planea y cuenta con los recursos, se matricula en los institutos de artes y oficios, de formación técnica o mandos medios, o directamente se incorpora a la comunidad de estudios superiores en pos de una graduación universitaria. ¿Para qué? Para desplegar y perfeccionar la aptitud, generalmente innata, que le prepare para ganarse el sustento honradamente, desempeñando un trabajo remunerado o acometiendo una empresa particular.

De esta manera quedan resumidos los objetivos esenciales de la educación. Ahora bien, ¿garantiza la educación el conseguir un empleo retribuido que asegure la prosperidad al ciudadano? Intelectuales, sociólogos, formadores de opinión y toda la grey de teorizantes se ufanan en proclamar que la única herramienta infalible que doblega los flagelos de la estrechez material es la educación, específicamente la terciaria.

Me permito disentir. En la inmensa mayoría de los países del orbe en vías de desarrollo, la desocupación y la sub ocupación se erigen en pandemias sociales que los gobiernos no pueden o no quieren erradicar o aliviar. Desde las esferas oficiales, no se elaboran propuestas atractivas y confiables que capten masivamente las inversiones productivas, motor de arranque de la generación de puestos de trabajo de diversa índole.

Entonces, ¿qué ocurre? Emerge la proletarización y la precarización laboral, antesala de la pauperización. El profesional que no logra insertarse en la colectividad productiva por ausencia de oportunidades debe, forzosamente, dedicarse a otros menesteres que de ordinario son de rango inferior a su potencial, situación que engendra decepciones, frustraciones y desmoralizaciones, al menos si la actividad alternativa escogida por imperio de las circunstancias adversas no colman económicamente las expectativas y metas de la persona.

En paralelo a lo antedicho, subsiste una amplia franja de gente con profesiones y oficios que tan siquiera accede a una actividad alternativa, a una opción laboral que por lo poco le reditúe magros estipendios para cubrir precaria y sufridamente el costo de una vivencia civilizada. En tal sector se maximiza la animosidad hacia los estamentos responsables de forjar espacios donde poner en práctica los conocimientos derivados de la educación.

En América Latina, Paraguay en sitial de “honor”, los índices de desempleo son alarmantes. Siempre fueron alarmantes, toca subrayarlo. Importantes segmentos de las poblaciones se interesan en adiestrarse para afrontar con éxito los exigentes y cambiantes desafíos de la contemporaneidad. Apuestan dinero, esfuerzo y tiempo en instruirse adecuadamente. Pero las coyunturas propicias no germinan, o brotan a cuentagotas, nunca en cantidad suficiente para aminorar aunque fuere pálidamente los efectos nocivos del paro.

Frente a ese nebuloso y panorama que apesadumbra a los aquejados y familia, los políticos, metidos en campañas proselitistas, se esmeran en pronunciar discursos y formular proyectos de “pleno empleo” que, aseguran, evolucionarán en grata realidad apenas asuman sus dignidades electivas. Declaraciones de buena intención abundan. Lo que escasean son la idoneidad, la vocación de servicio, la voluntad y el patriotismo para encarar compromisos contraídos con el electorado.

Cada año, las universidades lanzan al mercado laboral cientos de nuevos profesionales ávidos de aportar su ciencia al crecimiento nacional y construirse un futuro halagüeño alejado de las privaciones que martirizan a los desafortunados. Infelizmente, los hechos y la experiencia mueven al acerbo desengaño. Muy pocos son los agraciados, el resto debe contentarse con empleos ocasionales, procurarse fuentes sustitutas de ingresos, o, en el peor de lo casos, zambullirse en la desazón de la inutilidad obligada.

Recapitulando, la educación no es la panacea indefectible para derrotar la pobreza ni la llave inequívoca que abre las puertas del bienestar. Es un instrumento de enorme valía, el mecanismo dominante de cara a labrarse un porvenir venturoso. Eso no lo impugnamos. Sería una sandez refutarlo.

Esta visión transgresora nos advierte, no obstante, de una realidad palpitante e irritante: miles y miles de individuos, sin profesión u oficio conocidos, abrazan la riqueza económica respaldados en la astucia, la sagacidad, la picardía, la ubicuidad, el oportunismo, la osadía procaz, el “talento” para exaltar la vanidad de sus virtuales bienhechores, y la idiosincrasia congénita para el dolo en sus variadas versiones.

Públicamente censuramos con enjundia a estos despreciables especímenes que infectan y arruinan el sentido de la decencia y la honorabilidad. Eso sí, no faltan los que en privado, en la intimidad del ser, aplauden y hasta envidian a esa canalla que lucra en las miasmas de la desvergüenza y burla impúdicamente el empeño del común por triunfar merced a la educación.-

One Response to ¿ES LA EDUCACIÓN LA LLAVE INFALIBLE A LA PROSPERIDAD?

  1. Rogelio Careaga dice:

    De entre los estudiosos e intelectuales, decepcionados por la rigidez y resistencia al cambio de quienes ostentan el poder salen los dirigentes de los movimientos de izquierda. Podemos citar algunos ejemplos. En Colombia, el sacerdote Camilo Torres y la FARC; en el Perú, Sendero Luminoso, cuyo dirigente había sido profesor de filosofía en la universidad de San Mardcos; en Cuba, Marti y Fidel Castro; en el Uruguay, los Tupamaros; en la Argentina los Montoneros. En otros continentes, los lideres más conocidos son: en China, Mao Tse Tung y Chou en Lai; en Viet Nam, Ho Chi Minh. La lista es mucho más extensa, pero estos nombres son los que recuerdo en este momento. Todos ellos eran intelectuales frustrados porque no veian como cambiar, por medios legales, la realidad que observaban en sus países . Luego del fracaso de varios intentos por otros medios, llegaron a la conclusión que no les quedaba otro camino que el de la revolución armada. En los casos de China y Viet Nam, la humillación ocasionada por el colonialismo había sido un importante factor que motivo a los citados dirigentes a organizar y llevar a cabo la lucha armada.

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