NICANOR DUARTE FRUTOS, UN RESENTIDO SOCIAL


Por Cándido Silva

Nicanor Duarte Frutos es un animador caricaturesco de la escena política nacional. Hombre irreverente, hipócrita, lenguaraz y mordaz, nadie nunca sabe con exactitud cuándo parlotea en serio y cuándo con ligereza. Cualquier persona o asunto públicos son sometidos a la chacota de su proverbial facundia, con esa media sonrisa truhanesca que habitualmente exhibe para denigrar y ridiculizar a sus enemigos políticos de la hora.

En esta ocasión no enfocaré trazas de su individualidad que se relacionan a las acusaciones de enriquecimiento ilícito a expensas del Estado (no me consta), a su historial de traiciones en ámbitos de la ANR, a su intempestiva irrupción y meteórico ascenso en círculos partidarios y oficiales con el padrinazgo y la bendición de Ángel Roberto Seifart, en vida líder del Movimiento Renovador.

Encararé una faceta más íntima de su personalidad, la que lo retrata con fidelidad, la que devela su sentir profundo: el resentimiento social, que en su caso particular obró de aliciente y catalizador para del agobio material emerger aceleradamente hacia los dominios del poder, derribando barreras, volteando adversarios, ignorando favores recibidos gracias a una vibrante oratoria en Español y Guaraní que con teatral pose y tono de comediante exaltaba al obrero del campo y la ciudad, abochornaba a los pudientes, y clamaba reivindicaciones para el pueblo llano.

Pese a que en sus discursos enaltecía a los menos afortunados, él, en contrapartida, abominaba de su humilde origen rural, hasta el punto que estando al frente del Ejecutivo, y valido de la influencia de su investidura, pretende ensamblarse a la crema y nata de la sociedad local, solicitando su admisión en calidad de socio del selecto club Centenario. Tal vez de esa manera lograría mimetizar aunque fuere someramente su modesto linaje.

Descomunal fue su sorpresa cuando lo enteran de que han rechazado su petición. No reunía los requisitos excluyentes para el ingreso. Consecuencia inmediata, crece aún más el resentimiento social. Comprobó, dolorosamente, que en determinadas esferas más priman la alcurnia de la genealogía que el ejercicio temporal del mando constitucional.

Ejemplificando lo reseñado nos remontamos al tiempo de su ascensión a la Jefatura de Estado, el 15 de agosto de 2003. Apenas toma posesión, una de las primeras y “urgentes” disposiciones adoptadas se centra en despedir a nuestro director del cargo de titular de la Comisión Nacional de Telecomunicaciones (CONATEL), desconociendo con desfachatez que el mismo desempeñaba la elevada dignidad de presidente del Tribunal de Conducta del Partido Colorado.

La razón, o más bien el pecado que provocó la destitución: pertenecer al mismo círculo social del Dr. Luis María Argaña, eximio dirigente que consolidara su corta carrera política, nominándolo pre candidato a vicepresidente de la república por el Movimiento de Reconciliación Colorada. “Ña mosembata umi oligarka kuera pe” (echaremos a todos los oligarcas), proclama con la inflexión despectiva y grosera que acostumbra al expresarse en el idioma nativo, según relataba un muy cercano colaborador suyo, ya fallecido.

Pero su malquerencia no se agota con la cesantía. Ordena al presidente fantoche de la Junta de Gobierno, José Alberto Alderete, a desoír los pedidos de recursos para el funcionamiento del Tribunal de Conducta, organismo que en esa época pudo activar exclusivamente gracias a los fondos donados de sus peculios por los miembros y el propio secretario ejecutivo.

En lo concerniente a las inclinaciones ideológicas, Duarte Frutos se declara adepto del humanismo, escuela que encumbra los valores humanos, perspectiva que el nombrado vanamente ansiaba conectarla a la ortodoxia socialista e imponerla al interior de la doctrina colorada, bastardeando su esencia, dado que el coloradismo es primigeniamente nacionalista, policlasista y republicano.

En un recuento de las afinidades políticas de los primeros mandatarios latinoamericanos realizado por un medio escrito del continente, no recuerdo el país ni el nombre del periódico por carecer de relevancia, personalizan las respectivas inclinaciones, sean de derecha, izquierda, conservador, liberal progresista, socialista moderado, socialista radical (comunista), etc. A nuestro inefable protagonista, al único, lo catalogan de híbrido, alguien con postura política errática e indefinida.

Sacamos a colación la cuestión, atendiendo que Duarte Frutos acostumbraba a acomodarse, cuando la conveniencia lo ameritaba, a la corriente de pensamiento de sus colegas. Bien podía aparecer como defensor resuelto del libre mercado y la iniciativa privada, o favorecedor animoso de la colectivización de los factores de la producción y el asistencialismo social.

En fin, este conciudadano que se auto calificaba de Tendotá colo’o, presumiblemente porque se le antojaba ser el heredero de la filosofía de Natalicio González, todavía nos sigue deleitando con sus trapisondas dialécticas, políticamente acompañando al gobierno de turno, pero invariablemente agazapado cual protervo felino para en el momento adecuado torcer lealtades y agregar una nueva muesca en su currículo de felonías políticas.-

28/febrero/2019

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