ESA ABORRECIBLE PIROTECNIA


Por Cándido Silva

El paraguayo medio, ese retoño de la mujer nativa y del forastero celtíbero, es por naturaleza un individuo callado, retraído en ocasiones, aunque siempre alerta. De menos hablar y más escuchar, su parquedad verbal se entronca en el cruce racial: el peninsular locuaz, avasallador y gesticulante en contrapartida de la aborigen silenciosa, sumisa y taciturna, prevaleciendo en la prole los perfiles autóctonos.

Esa sería la descripción sucinta que se desprende de los estudios antropológicos. Con metamorfosis originadas por la evolución de los tiempos que redujo paulatinamente la conducta de aldea en favor de los usos de la civilización en constante desarrollo, el paraguayo medio, en líneas generales, continúa siendo fiel imagen del mancebo de la tierra.

En la contemporaneidad, el pimpollo hispano/guaraní, inconscientemente ansía emular el comportamiento de sus ancestros españoles, algo complejo desde la perspectiva oral debido, en gran medida, al hibridismo lingüístico cotidiano, esa mezcla de dos idiomas que de alguna manera cercena o limita la facilidad de palabras que caracteriza a otros descendientes hispanoamericanos que parlamentan exclusivamente en Castellano.

En el grupo de amigos, en plan de esparcimiento; en el núcleo familiar, o en los eventos artísticos, deportivos y políticos de afluencia masiva, contando las concurridas marchas callejeras sindicales, nuestro protagonista vence la inhibición, margina transitoriamente sus rasgos atávicos, se vuelve no solo charlatán sino que vocifera, acompañando los bramidos con aspavientos diversos, en una suerte de transformación temporal que invariablemente se corona con la estruendosa explosión de petardos, festejo atronador que no excluye en absoluto el estímulo omnipresente de las bebidas alcohólicas.

Prosigo preguntando si la exteriorización del regocijo se emparenta indisolublemente con la pirotecnia feroz, esa nefasta práctica criolla que poluciona espantosamente el ambiente, daña la integridad física y psíquica de las personas expuestas al estallido de bombas, cohetes y anexos, violenta el reposo y la tranquilidad de terceros, y destrozan inmisericordemente la audición de los canes, esos adorables peluditos que viven en todos los hogares, más como miembros de la familia que simples mascotas.

La detonación de petardos en Paraguay no se reduce a determinados círculos sociales. Se extiende a todos los estratos de la comunidad nacional. Tanto los modestos ciudadanos, como los de clase media y los económicamente encumbrados, manifiestan en los hechos su morbosa inclinación por el ruido estrepitoso engendrado por los derivados de la pólvora, durante ciertas celebraciones colectivas que no son tales en ausencia de la progenie de la dinamita.

Una sugerencia sensata, razonable y atrayente: destinar esas enormes cantidades de dinero desembolsadas para la compra de explosivos en adquirir juegos artificiales luminosos, chispeantes y multicolores que embellecen el horizonte en el sosiego de la sordina, motivando exclamaciones de admiración y deleite como si se estuviere contemplando las majestuosidades electrizantes de la aurora polar, boreal y austral, y el arco iris.

El diputado colorado por Capital, Hugo Ramírez, presentó días atrás un proyecto de ley que prohíbe la venta, tenencia y utilización de pirotecnia en cualquier tipo de circunstancias o eventos, estipulando multas entre 10 y 300 jornales mínimos, Gs. 812.500 y Gs. 24.300.000, respectivamente.

Ciertamente, la feliz y plausible iniciativa del congresista tendrá que agotar los trámites legislativos para alcanzar la categoría de la Ley de la Nación; sin embargo, es oportuno y acertado que la ciudadanía responsable, protectora del hábitat y antagónica de ese averno terrenal provocado por el malsano estampido festivo, exteriorice pública y multitudinariamente su respaldo a la propuesta, fuere per se o a través de sus gremios organizados, en una suerte de acicate que anuncie inequívocamente a los parlamentarios la posición de la población en mayoría.

A guisa de exhortación, mociono, en mi calidad de elector empadronado con derecho a voz en las audiencias públicas y derecho al voto en los comicios, que se agregue al proyecto un tiempo tope para que los transgresores hagan efectivo la sanción pecuniaria, sopena de pena carcelaria para los morosos y ñembotavy, esa distintiva catadura que singulariza al descendiente de los Comuneros.

Me sitúo entre los portavoces de tanta gente hastiada y sobresaltada que anhela intensamente disfrutar de una noche buena, navidad, despedida del año viejo y bienvenida al nuevo, en un clima de moderado bullicio que dispense alegría a granel y no sucesos trágicos que lamentar por obra y gracia de los inflamables piromaniacos.-

10/diciembre/ 2018

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