MAYO DE 1869:INICIO DEL GENOCIDIO ORDENADO POR EL GOBIERNO DEL BRASIL


Juan Manuel Mena Barreto está que baila en una pata cuando se entera de la noticia; su amado Gastón viene con la orden del gobierno del Brasil de exterminar al Paraguay. Pero José María de Silva Parahnos, que conoce muchos los entretelones del gobierno y la corte, se quedará en Asunción para apoyarlo dado que en el ejército no se lo tiene como buen soldado a Gastón De Orleans. Las voces corren entre chascarrillos en rueda de tragos pues los rumores acerca de su capacidad reproductora han sido puestos en duda hasta por la prensa. Al parecer no se trata de un individuo muy fanático de su sexo. Eso se verá en Piribebuy el 12 de agosto de 1869 cuando a su amado Juan Manuel Mena Barreto lo mata de un balazo un soldado paraguayo. Una aniversario más del holocausto paraguayo estamos por recordar.

Escribe Osvaldo Bergonzi

El príncipe viene para ordenar destruir la población del Paraguay cuando en Río de Janeiro y en Buenos Aires se clama a voz en cuello por la paz. Nadie quiere mandar a sus hijos como carne de cañón. Por eso ya se lo sacó a Mitre luego de los sucesos sangrientos en Curupayty. Fue por causa de su impericia, en tanto el marqués a costa de muchas vidas brasileras pudo entrar a la Asunción. Por eso desde 1867 han tenido que echar manos en las barracas de esclavos para llenar los claros. Pero este procedimiento tiene un costo, sino político, al menos pecuniario. Hay que pagar por los esclavos. Mientras tanto, Osorio y Caxias han salido limpios de la guerra. La actuación de ambos en diciembre de 1868 les tapó la boca a sus detractores, particularmente a los de Caxias. Los dos jefes son amigos y mantendrán esa amistad hasta la muerte. Si el marqués intentó un complot en el interior del gobierno del Paraguay fue justamente para abreviar el cáliz y así desarmar a su enemigo; son las reglas de juego en las guerras, no así los conspiradores paraguayos que pasarán a la historia como tales y sus nombres execrados. Lo cierto es que el conde se embarca en Río de Janeiro con un séquito de adulones. Nos suponemos las carcajadas de Caxias y Osorio al conocer el nombre del nuevo comandante en jefe de los aliados. Nos suponemos también la turbación de los jefes argentinos. Quizá por ello han renunciado a continuar la caza del enemigo, a pesar de la instigación de Domingo F. Sarmiento, su nuevo presidente. Si Bartolomé Mitre pudo y puede ser criticado hasta hoy como un militar inoperante, hay sobrados hechos bien documentados para comprobarlo. Pero en su favor se puede alegar en cambio, que jamás se escuchó de su boca o salió de su pluma un lenguaje soez, y mucho menos, asumió calidad de pregonero de la muerte con el solo propósito de perpetrar un exterminio.

Pero vayamos al grano. Nuestro personaje, Gastón, llega a Asunción y se instala en Trinidad (Hoy, un barrio de Asunción) en los primeros días de Mayo de 1869. Posa para una fotografía tomada frente a la iglesia de esa localidad donde poco antes sus tropas entraron a saco robando todo lo de valor e instalando en esa casa de Dios una caballeriza, cuya remonta depositaba sus desperdicios sobre la tumba del ex presidente, Carlos Antonio López Se halla a sus anchas en compañía del varonil Juan Manuel Mena Barreto que por su estampa, estatura y belleza conformó cuando era un joven oficial el cuerpo de la guardia del emperador. Aparte de otros lazos entre ellos la conversación gira en torno a los degüellos hasta entonces perpetrados e interrumpidos por causa del estúpido anciano que menos mal se mandó mudar. Las matanzas de niños, mujeres y ancianos en Avay que lo dejaron boquiabierto al general José Ignacio Garmendia a la par de los destrozos hechos en Asunción hasta el 14 de enero, deben extenderse en otras localidades. Ante tales nuevos desafíos, un uruguayo, coronel Hipólito Coronado, se acerca al círculo áulico y se ofrece para destruir la fundición de hierro y bronce la Rosada, lugar donde se vaciaron más de 500 cañones de diversos calibres durante la guerra. El general oriental Carlos de Castro autoriza a su subordinado a partir luego que el príncipe se lo pide. Hasta aquí no hay nada de malo pues la referida fundición sigue siendo fuente de recursos del enemigo. Sin mayores sobresaltos y con no poca audacia, llega a la famosa localidad logrando sobornar a uno de los lugartenientes del responsable del establecimiento, apodado en guaraní, Molina Pucú, por su alta estatura. El encargado de la fundición, capitán Julián Ynsfran, no sospecha nada y envía a la tropa empavesar las armas para colaborar en el trabajo con los operarios. En eso llega Coronado seguido de lejos por Molina Pucú, y toma casi sin resistencia el lugar. Al regresar los soldados, viendo los hechos consumados, no tienen más remedio que rendirse ante la evidencia. No obstante, previamente, Ynsfran, resiste con los efectivos que tiene a mano pero finalmente capitula. Acto seguido Coronado ordena el degüello de Ynsfran frente a su tropa a la par que manda a los restantes prisioneros a un monte cercano donde sus hombres comienzan a degollarlos. Ante esta barbaridad los paraguayos vendidos al oro del Brasil se rebelan y sacan sus armas. El degüello se interrumpe. El trato consistió en la destrucción de La Rosada no en el asesinato de gente rendida. Al ver tal decisión, el cobarde jefe uruguayo, se echa atrás diciendo “que les perdonaba la vida” (Centurión, Obra citada.)

El príncipe al recibir el informe de Coronado, le hace fiesta a la vez que abona sus servicios. Inmediatamente informa la destrucción de la fundición y de la matanza, en carta particular a su suegro, hasta hoy oculta por Itamaraty. Se supone la gran satisfacción del monarca. Estas noticias son las que le pedía a Caxias. El suceso ocurre el 13 de mayo de 1869. Qué paradoja, un uruguayo es quien reinicia el genocidio luego del retiro del marqués. A Coronado no le dedicamos un subtítulo pues se trata un forajido vulgar e insignificante. Solo mencionamos el hecho para ver si los uruguayos se despiertan y cambian el nombre de la ciudad o pueblo que lleva el nombre de un sujeto tan indigno de la patria de José Gervasio Artigas. Entre tanto relato de sangre, el príncipe se entusiasma y ordena tomar la Villa de San Pedro e Ibytimí. Las tropas entran en el pueblo el 21 de mayo sin mayores contratiempos.

“La gente inerme presume, por tratarse de civiles en su mayoría mujeres, niños y ancianos, que serán respetados en sus bienes y personas. Así parece al principio, pero al día siguiente comienza el saqueo, las violaciones y los asesinatos despiadados. Pasan al degüello alegremente como si se tratara de un juego. Un calco de la entrada en Asunción, cuando hasta los templos y cementerios fueron profanados”. (Bernardino Caballero. Obra citada.)

Un oficial brasilero que más tarde llegará a general, Dionisio Serqueira, no podrá ocultar los hechos. Pero por su baja graduación se encuentra imposibilitado de cambiar los acontecimientos. Su testimonio, a pesar de su esfuerzo por suavizar sus palabras, constituye un aporte que rebate al Diario do Ejército, siempre mentiroso y manipulador al extremo que no se da por enterado de la matanza. El informe, hasta hoy bien guardado, le llega al emperador por conducto de su fiel ejecutor de órdenes de extermino, su yerno el príncipe, convertido en el Ángel de la Muerte del siglo XIX. El 22 sucede igual cosa con Areguá y Patiño Cué. El 23, a las tres de la tarde, cae Itauguá. Aquí la población escapa a la mañana, informada por los espías de López de los robos y asesinatos. El 25 toman Tacuaral, Pirayú y Cerro León. Llega el Príncipe en las cercanías. Ordena matar pero no encuentran un alma. Ordena robar pero no hallan nada de valor. Se ha iniciado la guerra de exterminio. El 26 toman Paraguarí. Allí encuentran una dotación de 51 soldados a la orden de un oficial. Luego de un intercambio de disparos 41 de ellos deciden rendirse al ver la enorme masa de soldados enemigos. Pero 10 de ellos deciden pelear hasta morir. (Bernardino Caballero. Obra citada.)

Prosigamos, pues el príncipe nos espera con otros hechos dignos de mención. Comisiona a su favorito: “Mena Barreto sigue el camino trazado de llegar hasta Villa Rica por el camino Sapucai – Ybytimi, pero una vez llegado en esta última localidad es conminado por D´Eu a retirarse llevando consigo a toda la población civil, principalmente mujeres y niños que suman 11.000 personas, así como el producto del robo”. (Bernardino Caballero. Obra citada.)

Este robo de mujeres coincide con la fecha del relato de la familia Peña. Estamos a mediados de junio. El hecho se produce a raíz que a los soldados ya no les gusta matar a gente indefensa. Entonces el príncipe idea un plan de exterminio masculino para repoblar el Paraguay con oficiales brasileros y así hacer desaparecer a una raza maldita que tantos pesares le ocasionan a su suegro. En realidad, en lugar de organizar planes de repoblación para el Paraguay lo que le debiera preocupar a Gastón de Orleáns es preñar a su esposa para darle un heredero al Brasil. Algunos oficiales brasileros ya se resisten a continuar asesinando aunque proceden a los robos y a las violaciones, pero hasta ahí nomás. ¡Que consuelo! No obstante, el comandante, Juan Manuel Mena Barreto, sujeto siempre sediento de sangre, ordena el fusilamiento de seis personas tomadas al azar como advertencia a los demás si persisten en su negativa de proseguir la marcha. Ante esta demostración, las mujeres acceden al pedido. Por esta vez y por tal motivo vuelven a matar. Pero por lo antedicho respecto al plan de repoblación, en adelante se muestran más benévolos con sus víctimas. (Centurión, obra citada)

En tanto Bernardino Caballero rescata 6.000 mujeres de aquella columna de 11.000 en la batalla de Sapucai mi o Diarte. El príncipe, en Paraguari, se pega un susto pues a su Juan Manuel lo viene corriendo, Eduardo Vera, un capitán de caballería paraguayo cuyo cuerpo esta especializado en seccionar cabezas de un solo golpe con los formidables corvos, permanentemente afilados para cumplir tan temible tarea que provoca un gran terror dado que en el momento del degüello los elegidos continúan unos segundos cabalgando mientras las arterias y venas lanzan chorros de sangre. Por su inferioridad numérica, de esto se ha valido López para sembrar el pánico en el enemigo y así detenerlo por casi 5 años. Los brasileros galopan despavoridos pues se trata de esclavos en su mayoría sacados de las barracas a cambio de su libertad. Esta clase de tropa ha ridiculizado a la alianza. Pero no hubo otra alternativa pues tanto en la Argentina como en el Brasil la gente blanca se resiste a ir a la guerra. Los argentinos contratan mercenarios de Europa. En tanto la opinión pública clama por la paz y ya no están dispuestos a entregar a sus hijos que, sino caen en las batallas o las pestes, la disentería se los lleva al otro mundo. Los paraguayos se percatan de ello y proceden a esta práctica nacida con el famoso Capitán Bado quien enseñó el procedimiento como si se tratara de una academia de altos estudios. Los hacía practicar a sus jinetes horas y horas hasta convertirlos en auténticos cazadores de cabezas. El entonces teniente Dionisio Serqueira los vio actuar en el Chaco en abril de 1868, y escribió en sus memorias que en esos casos era imposible detener a la soldadesca. Ahora Mena Barreto se acaricia el cuello en tanto azota a su caballo para llegar a salvo a Paraguari mientras su azorado Gastón desde allí envía refuerzos en su socorro. El capitán Eduardo Vera al frente de unos 500 hombres al galope, al ver que una masa de 5.000 hombres le sale al paso para proteger a los desbandados negros, se detiene, pero no se marcha inmediatamente. Aun así no lo hostigan sino que se conforman con llevar la tropa a salvo al cuartel general. Esta victoria será la última que hará reír a López. A Caballero le valdrá su ascenso a general de división unos meses después y a Vera la obtención de su grado de mayor.

El príncipe está furioso. Ahora sabrán de lo que es capaz de hacer, amenaza. Pide refuerzos y más refuerzos al extremo que tanta masa de tropa choca una contra otra, en tanto el Mariscal se maneja con poco más de 10.000 efectivos en su mayoría ancianos y niños. Se halla al pie de la cordillera de Altos mientras en su flanco izquierdo (derecho del enemigo) ha fortificado la ciudad de Piribebuy, en tanto del lado derecho no, pues le parece imposible la escalada por allí. El futuro vizconde de Río Branco, Silva Parahnos, convertido en niñero por orden Pedro II, lo calma con mucha persuasión a Gastón como se puede apreciar de la correspondencia entre ambos. Los demás jefes, salvo Mena Barreto, lo desprecian pero aceptan sus órdenes pues Parahnos se halla detrás de ellas, en consulta con el General Cámara y los demás jefes. Los mismos idean una tenaza. Un cuerpo irá por la derecha y otro por la izquierda mientras una fuerza de 7.000 hombres avanzará al frente. Así, con gran esfuerzo logran trepar las sierras. Las dos tenazas encerrarán a López en un Bolsón imposible de escapar. Se inicia la campaña de la cordillera. Muy pocos argentinos y uruguayos participan, y el coronel Hipólito Coronado desapareció del escenario pues no se lo encuentra más en la documentación.

El general Francisco Isidoro Resquín le advierte a López de la intención de la maniobra pero éste no cree tanta audacia en la alianza, acostumbrado como se halla de ver desde casi un lustro como los días se suceden sin que se muevan salvo las matanzas organizadas últimamente contra gente indemne como quedó apuntado. (Resquín, Memorias. Obra citada.)

Pero sus cálculos fallan. Esta vez logran ascender por ambos flancos mientras le presionan en su frente de Azcurra. Al verificar con sus espías que por su lado derecho (izquierdo del enemigo) el general Emilio Mitre irrumpe por el pueblo de Altos, se decide por evacuar su cuartel no sin antes abonarle sus haberes a los operarios ingleses que trabajan por turno las 24 horas para reparar cañones y armas a la vez que le encomienda al farmacéutico italiano Domingo Parodi el cuidado de los enfermos tras abonarle igualmente sus sueldos pendientes más una suma para comprar los alimentos requeridos por el hospital. El 8 de agosto de 1869 abandona su cuartel de Azcurra para escapar de la tenaza en ciernes. Los brasileros llegan a Piribebuy el 12 de agosto. Ese día cae la plaza defendida por niños, ancianos y hasta mujeres. En esta fecha participa el sexo femenino con un arrojo descrito por el propio enemigo. Aquello fue algo que hasta hoy queda en el recuerdo de los vecinos de esa ciudad, una vorágine de sangre y fuego desencadenada por primera vez contra una población civil pues Piribebuy entonces es la tercera capital del Paraguay luego de la evacuación de Asunción y Luque. Pero sucede un hecho fuera del libreto del príncipe. Su “amigo” Juan Manuel cae herido de un certero disparo. La bala toca una arteria y en menos de dos horas fallece desangrado en el campo. Ha sabido cumplir con su deber de soldado. Con él sucede lo del aforismo chino que nos indica que tarde o temprano las víctimas ven pasar el cadáver de sus enemigos. Y así sucedió cuando sus hombres lo alzaron en una camilla. Los prisioneros rendidos lo vieron pasar a quien mandó matar, robar y violar sin piedad. Gastón al enterarse sufre un ataque de paranoia. Sus ojos desorbitados se llenan de lágrimas pues su querido general ha muerto. Veamos algunos relatos de los hechos de esta batalla.

“Durante el combate, el general Mena Barreto, amante del conde D’Eu, había sido muerto de un certero disparo efectuado por el cabo Gervasio León. Este hecho encolerizó al príncipe de la casa de Orleáns, al punto que una vez tomada Piribebuy ordenó el degüello de todos los prisioneros “Inermes cautivos, en su mayor parte, esqueléticos muchachos” y la quema del hospital, con todos los heridos, mujeres enfermeras, niños y médicos adentro. Los aliados se apoderaron del Archivo Nacional, de los caudales públicos y saquearon todo cuanto encontraron de valor”. (Historiadora María Eugenia Garay. Artículo publicado en ABC Color.)

Un publicista de nacionalidad brasilera se encarga de escarbar los datos de esta carnicería escribiendo un corto libro pero muy ilustrativo sobre el tema.

El sangriento Conde de D’Eu vengó las pérdidas sufridas mandando degollar al comandante Caballero, al mayor Mariano López y a numerosos prisioneros y heridos. Y para completar su horrenda barbarie, mandó incendiar el Hospital de Sangre “manteniendo en su interior los enfermos – en su mayoría jóvenes y niños. El hospital en llamas quedó cercado por las tropas brasilera que, cumpliendo las órdenes de ese loco príncipe, empujaban a punta de bayoneta adentro de las llamas los enfermos que milagrosamente intentaban salir del la fogata. No se conoce en la historia de América del Sur por lo menos, ningún crimen de guerra más hediondo que ese(Juan José Chiavenato. Genocidio Americano. La guerra del Paraguay.)

El autor lo califica de “loco príncipe” sin agregar que sus hechos estaban respaldados por el emperador y el gobierno del Brasil. No se trata de una cosa aislada sino de algo bien premeditado. Es común en la literatura brasilera que se saque el fardo del genocidio culpando a un extranjero. En este caso, quizá, la reacción descontrolada como expresa la historiadora, posiblemente obedece más a sus relaciones homosexuales con el fallecido. En esta clase de crímenes es frecuente leer en la prensa homicidios con 20 cuchilladas o disparos. La policía, al ocurrir un hecho de estas características siempre clasifica como provocado por homosexuales. En Piribebuy la venganza se desató contra niños, mujeres, enfermos y ancianos a más del degüello de numerosos jefes y oficiales. López, enterado del desastre, se halla cabalgando de prisa dado que la tenaza avanza y está a punto de cerrar el bolsón. Pero como el príncipe que comanda las tropas de la alianza no ordena girar a la izquierda para encontrarse con las tropas de Emilio Mitre, entretenido con el pomposo funeral organizado por él con tiros de salvas y discursos a favor de su “amigo”, le otorga al Mariscal las 24 horas precisas para escapar. En la retaguardia de éste marcha Bernardino Caballero con su división de niños, ancianos y 1.500 hombres sanos. Al arribar a Barrero Grande López se dirige a Caraguatay en tanto el enemigo le pisa los talones. Caballero ya no puede evitar el combate y los espera en los campos de Acosta Ñu. Veamos que nos dice Chiavenato, el autor brasilero, respecto de los niños y demás detalles:

“Durante la batalla, despavoridos, se agarraban a las piernas de los soldados brasileros, llorando que no los matasen. Y eran degollados en el acto. Escondidas en la selva próxima, las madres observaban el desarrollo de la lucha. No pocas agarraron lanzas y llegaban a comandar un grupo de niños en la resistencia”……. “Después de la insólita batalla de Acosta Nú, cuando estaba terminada, al caer la tarde, las madres de los niños paraguayos salían de la selva para rescatar los cadáveres de sus hijos y socorrer los pocos sobrevivientes, el Conde D´Eu mandó incendiar la maleza, matando quemados a los niños y sus madres.” Su orden era matar “hasta el feto del vientre de la mujer”.

El príncipe encolerizado por la muerte de su “amigo” abre las compuertas de la maldad más extrema que un ser humano pueda llevar dentro. López por un pelo escapa del cerco. Caballero con unos pocos logra salir del campo de batalla por un arroyo boscoso. A partir de este hecho de armas, Silva Parahnos, se percata de la reacción argentina. A ninguno les gustó lo que escucharon. Ellos pelean lealmente, no asesinan en forma masiva a niños inocentes, a pesar que su presidente, Domingo Faustino Sarmiento, alienta el genocidio como se verá. Lo cierto es que a Gastón – su niñera Parahnos – lo interna sucesivamente en Villa del Rosario y Concepción. Los horrores del genocidio ya han salido a luz en la prensa internacional, particularmente en la Francia de Napoleón III, el mismo personaje que destronara a Luís Felipe, el abuelo de Gastón. El monarca francés en las recepciones de palacio se detiene siempre a hablar por varios minutos con el encargado de negocios del Paraguay, capitán Gregorio Benítes, a quien le pregunta constantemente noticias de la guerra. En cambio, el ministro residente brasilero, de mayor rango que Benítes en cuanto a representación, es saludado muy a la ligera al solo efecto de cumplir con el protocolo. El paraguayo le informa al emperador de las andadas del nieto de Luís Felipe en su país en tanto Napoleón III no puede ni escuchar el nombre de una familia tan cuestionada por los Bonaparte. Alaba la lucha del Paraguay. – Qué gran defensa, le dice en más de una oportunidad. El ministro brasilero observa la escena avergonzado pues sus pares se dan cuenta de las preferencias del emperador. Igual cosa sucede en Washington. Allí el ministro residente brasilero le pide al secretario de estado – Fish – que haga salir de la sala al joven Emiliano López, por no estar acreditado éste ante el gobierno de Ulyses S. Grant. Al escuchar esto, la esposa del secretario de Estado, lo toma del brazo a Emiliano. – Este joven es mi invitado, exclama delante del brasilero, y se lo lleva al histórico Salón Este de la Casa Blanca. Emiliano, el primogénito del Mariscal, fue esmeradamente educado en París. Constituye en la capital americana toda una novedad en 1869. La prensa se ocupa de él casi todos los días, de su estancia en esa capital, de sus entrevistas con el presidente, de sus visitas al capitolio y de la defensa que hace de su padre. Así se gana el corazón del pueblo americano. En la recepción se le acercan ministros y senadores. El contesta a las preguntas en un fluido francés lo cual sorprende a los invitados. (Gregorio Benítes. Memorias diplomáticas.)

Por eso ocultan toda la correspondencia de esta época. Por eso Parahnos y Cotegipe se empeñan en regresarlo al Mariscal Osorio nombrado conde de Herval, y lo logran, con lo cual la tropa queda más calmada. Pero el viejo soldado apenas puede sostenerse dado que sus heridas siguen expulsando esquirlas. La inflamación le causa una permanente fiebre y poco después se retira del escenario. Entonces se lo nombra jefe de hecho al General Correa de Cámara para terminar con López, pero a costa de grandes sacrificios al extremo que la tropa aliada sufre hambre por momentos debido al alargamiento de sus líneas de aprovisionamiento. Ya no es necesario matar más pues el ganado existente casi desapareció de modo que los paraguayos que restan morirán de inanición salvo unos pocos que serán socorridos por familias piadosas que aún cuentan con escasas provisiones de supervivencia. El 1 de marzo de 1870 el mariscal presidente del Paraguay es asesinado en Cerro Corá. solo sobreviven al genocidio 5.000 hombres entre 177.000 mujeres, ancianos y unos pocos niños. Los mismos personajes que acabaron con los indios guaraníes de  las misiones jesuíticas repiten su macabra historia.

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