El Colectivismo Burocrático


Escribe Federico Narváez Arza

En los últimos tiempos hemos asistido a fuertes controversias entre algunos lectores y columnistas de EL COLORADO y su Director el Dr. Osvaldo Bergonzi. Incluso lo han acusado de ser “Neoliberal” por su fuerte oposición a los Regímenes Izquierdistas que él denomina “zurdos”. Pero nosotros conocemos bien la posición del Dr. Bergonzi: él es un verdadero “Nacionalista Republicano” Colorado, de centro, y a lo que combate es a aquellos regímenes autoritarios que se inclinan a una estatización masiva de la economía, con un centralismo político-económico que ya ha fracasado en la Unión Soviética, sus países satélites y en China, y que en la URSS, casi desde sus albores fue tachado de la negación del verdadero Socialismo y denominado “Colectivismo Burocrático”.

Lo que se puede colegir de lo que dicen y hacen los Izquierdistas paraguayos es que se inclinan –y admiran– al “Chavismo” venezolano y al Régimen Cubano, de “Colectivismo Burocrático” éste último, mientras que el otro camina hacia lo mismo, y que se derrumbó en la Unión Soviética. Pero, ¿qué es el Colectivismo Burocrático?, expliquémoslo pues la avidez demostrada por nuestros “revolucionarios idealistas” para ocupar Cargos Burocráticos en todas las esferas del Estado, como pasó en el Gobierno de Fernando Lugo, así lo requiere.

          El escritor comunista disidente  Milovan Djilas, en su conocido libro “La Nueva Clase”, afirmaba que la Burocracia de los “Sistemas Socialistas” constituía una nueva Clase Social detentadora de los medios de producción, haciendo algunas citas de Trotsky, cuyas ideas resultan asombrosamente proféticas a la luz de los acontecimientos de fines del siglo XX. El tema no es nuevo, y al respecto, quisiéramos resaltar no sólo las premonitorias aseveraciones hechas por Trotsky hace 79 años, sino comentar un libro casi desconocido, escrito por un ex trotskysta italiano, Bruno Rizzi,  y publicado en París en 1939: La Bureaucratisation  du Monde. La idea expresada en el libro, de que la Unión Soviética no era ya un Estado obrero, porque su Burocracia constituía una “nueva clase” que explotaba y oprimía a los obreros y campesinos, ya la había lanzado en Moscú la “Oposición Obrera” en 1921; y en 1929 Khristian Rakovsky, uno de los más estrechos partidarios de Trotsky, escribió que la Unión Soviética se había transformado “de un Estado burocrático deformado”, en un Estado burocrático que sólo poseía “un elemento proletario residual”(1). Trotsky, a su vez, había argumentado en  “La Revolución Traicionada” (Londres, 1937), que la Burocracia administradora soviética se estaba preparando para desnacionalizar la industria y convertirse sus miembros en propietarios accionistas (tal como ocurrió medio siglo después); o sea, que la Burocracia Stalinista estaba incubando una nueva Clase Capitalista.

        Sobre este trasfondo, Bruno Rizzi fue el autor original del concepto de “La Revolución de los Administradores” que James Burnham, Max Shachtman, Milovan Djilas y otros expondrían más tarde en versiones más populares. “La Revolución Rusa” –sostenía Rizzi– “después de proponerse, al igual que la francesa, la abolición de la desigualdad, tan solo había reemplazado un modo de explotación económica y opresión política por otro”. Rizzi denominaba al nuevo sistema “Colectivismo Burocrático” que se había afianzado como otra forma histórica de dominación clasista. Porque la Burocracia –a despecho de lo que pregonaban los ideólogos Stalinistas– sí poseía los medios de producción y sí acumulaba ganancias, sólo que lo hacía colectivamente y no en forma individual como las anteriores clases poseedoras. “En la sociedad soviética los explotadores no se apropian la plusvalía directamente, como lo hace el capitalista cuando embolsa las utilidades de su empresa; lo hacen indirectamente, a través del Estado, que percibe la suma total de la plusvalía nacional y la distribuye a continuación entre sus propios funcionarios”(2). El reciente orden de cosas era, para Rizzi, no solamente una nueva etapa en el desarrollo de la sociedad, sino incluso una etapa “históricamente necesaria”. Y la posesión de facto de los medios de producción a través del Estado y la posesión del mismo Estado, habían tomado el lugar de la posesión burguesa de jure.

        Así, del mismo modo que el Feudalismo no fue seguido por la libertad, igualdad y fraternidad, sino por la explotación Capitalista, también el Capitalismo no sería seguido por el Socialismo, sino por el “Colectivismo Burocrático”. Y afirmaba a renglón seguido, que “…los Bolcheviques eran ‘objetivamente’ tan incapaces de alcanzar su ideal, como lo habían sido los Jacobinos franceses de realizar el suyo. El Socialismo era todavía una utopía”.

        La base de la que partía la teoría sobre el “Colectivismo Burocrático” era que la clase obrera se había revelado incapaz de consumar la revolución socialista que el marxismo había esperado que consumara. Sin embargo, también el capitalismo liberal se había revelado incapaz de funcionar y sobrevivir. Y puesto que la clase obrera no había podido cumplir la tarea, la burocracia había tomado el control; así, el viejo orden era sustituido, no por el colectivismo socialista sino por el burocrático, que era la última forma de dominación del hombre por el hombre, a tal punto, que la Burocracia, la última clase explotadora de la historia, se negaba a reconocerse a sí misma como una clase poseedora (3).

        Y como Rizzi hablaba de una “tendencia universal” en virtud de la cual el Colectivismo Burocrático era el verdadero sucesor del Capitalismo y que había aparecido para consolidarse porque la Clase Obrera era “inherentemente incapaz de lograr el Socialismo”, entonces colegía que “cualquier revolución socialista, aún en el país industrial más avanzado, o en cualquier país, originaría un régimen parecido al Stalinismo”. (Como ocurrió en su momento en China, NorCorea y demás “Democracias Populares” y Cuba).

Rizzi asimilaba entonces el Marxismo a “una ideología más” o sea una forma más de la falsa conciencia social que llevaba a las clases oprimidas y a sus Partidos Políticos a creer que luchan por sus propios fines cuando en realidad están beneficiando otra vez, “los intereses de una nueva o incluso de la vieja clase gobernante”, y analizaba la derrota del ideal Bolchevique como parecida a la derrota de los Jacobinos, es decir: “el resultado de un choque entre la utopía y un nuevo orden social” y el triunfo de Stalin como “el triunfo de la realidad sobre la ilusión” y “un acto necesario del progreso histórico”. Y Rizzi iba aun más allá en su generalización histórica, pues identificaba también con el “Colectivismo Burocrático” a los totalitarismos Nazista y Fascista, y al intervencionismo del “New Deal” Rooseveltiano.

León Trotsky, al examinar estas concepciones de sus antiguos discípulos y partidarios, dijo que, efectivamente, era innegable que el historial del movimiento obrero estaba lleno de fracasos y decepciones; que la clase obrera no había sido capaz de impedir el ascenso al Poder de Mussolini, Hitler y Franco, que se dejó prestar a las maniobras de los Frentes Populares derrotados y que no pudo impedir dos Guerras Mundiales. Pero, se preguntó: ¿cómo debían diagnosticarse estos fracasos? ¿Cómo simples errores de Dirección o “como la bancarrota histórica de la clase obrera y la prueba de su incapacidad para gobernar y transformar la sociedad?”. A esto respondió que si la Dirección era la única culpable, la solución era crear una nueva Dirección con nuevos Partidos Marxistas; pero si la culpable era la Clase Obrera, “…era preciso admitir que la concepción Marxista de la Sociedad Capitalista y del Socialismo había sido errónea, puesto que el Marxismo había proclamado que el Socialismo sólo podía ser obra del Proletariado”.

        Ante tan tremendo examen de los hechos, Trotsky se vio obligado a concluir que “…si a ese historial de derrotas se añadían nuevos fracasos capitales, toda la perspectiva histórica trazada por el Marxismo quedaría efectivamente en entredicho”(4). Y entonces declaró que “la prueba final” para la Clase Obrera, para el Socialismo y para el Marxismo, era inminente: se produciría con la Segunda Guerra Mundial. “…Si la guerra no da lugar a la revolución proletaria en Occidente, entonces el lugar del Capitalismo en decadencia no será ocupado por el Socialismo, sino por un nuevo sistema burocrático totalitario de explotación”; y –añadió– “que si las clases trabajadoras del Occidente tomaban el Poder, pero luego demostraran ser incapaces de conservarlo y se lo entregaban a una Burocracia privilegiada, como habían hecho los obreros rusos, sería necesario reconocer que las esperanzas que el Marxismo había puesto en el proletariado habían sido falsas: “…Nos veríamos obligados a reconocer que el Stalinismo no tenía sus raíces en el atraso del país ni en el cerco imperialista, sino en la incapacidad congénita del proletariado para convertirse en Clase Gobernante. Entonces sería necesario establecer retrospectivamente que la URSS de nuestros días fue  la precursora de un nuevo sistema universal de explotación… Con toda la onerosa que esta perspectiva pueda ser, si el proletariado mundial llegara a demostrar realmente que es incapaz de cumplir su misión…no quedaría más remedio que reconocer abiertamente que el programa socialista basado en las contradicciones internas de la sociedad capitalista, se había esfumado como una utopía”(5).

         En fin, hay que resaltar las proféticas afirmaciones de Trotsky sobre el fracaso del Socialismo en la URSS, la posibilidad de restauración Capitalista (que se cumplió), la incapacidad de la Burocracia para llevar adelante el colectivismo y la “democracia socialista”, la necesidad de la libertad de expresión  y del pluripartidismo; su oposición a la exportación de la Revolución por medio del Ejército Rojo, y a la anexión de las Repúblicas Bálticas, como la inclusión, en la Unión, de Ucrania y Bielorusia. Realmente fue un verdadero Profeta y gran analista político. Debieran tenerlo en cuenta los izquierdistas de nuestro continente.

NOTAS

(1)  “Bulletin Oppozitsii”; Número 15-16 (The Trotsky Archives), 1930.-                     

(2)  Bruno Rizzi: “La Burocratización del Mundo”; p. 136; París, 1939.-                         

(3)Ibídem: p. 139. .  (4) León Trotsky: “In Defense of Marxism”; en New International; pp. 8-11,  Noviembre de 1939 . (5) Ibídem: loco citato et passim.-  

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