EL FRACASO ANTE EL EPP EXIGE CAMBIOS


Por Enrique Vargas Peña

El fracaso sin atenuantes que sufrimos en la lucha contra el grupo terrorista autodenominado “ejército del pueblo paraguayo” (EPP) es verificable con el hecho de que dicho grupo mantiene plenamente la iniciativa en el conflicto golpeando impunemente donde y cuando quiere a la población civil.

Este fracaso se debe a dos factores: Primero, la pésima estructura funcional que las leyes han permitido a las fuerzas militares y policiales (216/93; la reforma del policía Carlos Núñez que privó al Ministerio del Interior de la administración de la Policía Nacional y la 5036 que excluyó al ministro del Interior de la cadena de mando de la Fuerza de Tarea Conjunta) y segundo, la falta de preparación de mandos militares y policiales (http://bit.ly/1rqK0Gi) (http://bit.ly/1yl0zYK) (http://bit.ly/1Kd8sVU) (http://bit.ly/1LQTXoA).

La estructura funcional que las leyes han permitido a las fuerzas militares y policiales es el resultado de la influencia de las doctrinas establecidas por Higinio Morínigo en el comienzo del régimen autoritario inaugurado por José Félix Estigarribia (18 de febrero de 1940-3 de febrero de 1989).

El Gral. Carlos Liseras me confesó el jueves 3 de setiembre en la 9.70 AM que los mandos militares se resisten a cambiar esa estructura “porque se van a sentir molestos” pues “habrá control político del presupuesto” (militar).

En efecto, la actual estructura no surge de ninguna experiencia operacional válida sino de las necesidades de la dictadura y debe ser cambiada no solamente por doce años de fracaso ante el epp, sino porque además contradice y amenaza a la soberanía del pueblo.

Dicen que Georges Clemanceau, quien dirigió a Francia hasta la victoria durante la Primera Guerra Mundial, sostenía que “la guerra es un asunto demasiado serio como para dejárselo a los militares” (http://bit.ly/1io6gz8). La derrota francesa en la Segunda Guerra Mundial, cuando la gestión de Edouard Daladier confió la dirección de la guerra a los militares, le dio la razón.

La experiencia francesa es consistente con lo que Samuel Huntington explicó en su libro “El Soldado y el Estado” sobre los ejemplos de Alemania y Japón hasta 1945, que muestran que las sociedades que otorgan a sus cuerpos armados un rol activo en la formulación de la política de defensa y seguridad distorsionan la perspectiva y el juicio de los soldados y los gobernantes poniendo en peligro la seguridad nacional (http://amzn.to/1PSl8jR).

De hecho, cuando se comprende lo que Carl Philipp Gottfried von Clausewitz dijo sobre la naturaleza de la guerra, “la guerra es la mera continuación de la política por otros medios”, se entiende correctamente la apreciación atribuida a Clemanceau sobre por qué la dirección de la guerra corresponde al poder político y nunca a los militares –“De la Guerra” (http://amzn.to/1LQDscl)–.

Esas son las razones filosóficas por las que en todas las democracias funcionales del mundo, los ministros de Defensa forman parte de la cadena de mando de la estructura militar (y los del Interior de la de la Policía).

En Estados Unidos, el ministro de Defensa es el jefe directo de los nueve comandos operacionales de las Fuerzas Armadas (http://bit.ly/1IQep4r)     (http://bit.ly/1QgchJA) (http://bit.ly/1hKAPhG); en Francia, el ministro de Defensa es el superior directo del Jefe del Estado Mayor de las Fuerzas Armadas (http://bit.ly/1JWCrQo) (http://bit.ly/1UyLDwa); en España, el ministro de Defensa es el superior directo del Jefe del Estado Mayor de la Defensa (http://bit.ly/1VFbkNL) (http://bit.ly/1JHoXEA) (http://bit.ly/1EH6ifA); en Colombia, el ministro de Defensa es el jefe directo de la Fuerza Pública (http://bit.ly/1JWfpFa) (http://bit.ly/1Olclq2); en Brasil el ministro de Defensa es el “director superior” de las Fuerzas Armadas (http://bit.ly/1EHxURG).

Pero no solamente razones filosóficas avalan la inclusión del ministro de Defensa en la cadena de mandos (y los del Interior en la de la Policía). También lo indica la experiencia: La dirección de los conflictos no puede hacerse adecuadamente sin el control de los recursos destinados a él.

El triunfo aliado en la Segunda Guerra Mundial no puede explicarse sin el aporte logístico norteamericano garantizado por una cadena de mando encabezada por el ministro de Guerra (Defensa) Henry Stimson, quien dirigió la expansión de las Fuerzas Armadas hasta llegar a trece millones de hombres y dedicarles el treinta por ciento del PIB de Estados Unidos (http://bit.ly/1NaayFK) a través del general George Marshall, jefe del Estado Mayor Conjunto, que reportaba directamente a él.

En nuestro país ocurrió lo mismo para la victoria en el Chaco y es cuestión de leer el decreto 40.184 del 12 de mayo de 1931 para entender que los institutos armados estaban entonces subordinados a nuestro ministerio de Guerra y Marina (Defensa), que dirigió, bajo la conducción del ministro Víctor Rojas, el magnífico abastecimiento de nuestras Fuerzas Armadas durante la guerra contra Bolivia (http://bit.ly/1hLl2iF) (http://bit.ly/1Xv0mfM).

En Bolivia, en cambio se dio exactamente el problema expuesto por Huntington en su libro mencionado: “La clase militar había llegado a formar una especie de casta privilegiada, cuidadosamente cerrada a los profanos, de acceso exclusivamente oficial y cuyos componentes progresaban masónicamente en grados y emolumentos por acción del tiempo… Unidos en estrecha solidaridad de intereses, frente al Gobierno y a la nación toda… acabaron por mostrar, al contacto con la guerra, toda la soberbia de que estaban penetrados… Se crearon en el Chaco un campo propio y cerrado en que ellos pudiesen moverse con entera libertad. Eso sí, pedían soldados, camiones, provisiones, armas y municiones en cantidades crecientes sin atender a las posibilidades financieras que limitaban los esfuerzos del Gobierno (a pesar de su buena voluntad)” (http://stanford.io/1PT41yr).

Esta descripción del boliviano Luis Fernando Guachalla parece hablar perfectamente lo que sucede hoy en nuestro país con los militares y los policías y con la Fuerza de Tarea Conjunta y es lo que explica el fracaso continuo de dichas fuerzas ante los terroristas del EPP.

Si Horacio Cartes quiere ganar la lucha contra los terroristas, debe empezar por subordinar nuevamente a militares y policías a los ministros de Defensa e Interior, modificando la Ley 216/93 en el primer caso; derogando la reforma impulsada por el policía Carlos Núñez que sacó al Ministerio del Interior la administración de la Policía Nacional y modificando la 5036 para reponer al ministro del Interior en la cadena de mando de la Fuerza de Tarea Conjunta.

One Response to EL FRACASO ANTE EL EPP EXIGE CAMBIOS

  1. Federico Narváez Arza dice:

    Estimado Sr. Director y amigo: Interesante el artículo de Enrique Vargas, pero se circunscribe solamente a la esfera militar, ignorando completamente que la guerrilla es ante todo un problema POLÍTICO y SOCIOECONÓMICO antes que MILITAR.
    Pero ahora ya tenemos firmemente asentado entre nosotros al EPP (Ejército Paraguayo del Pueblo) un foco guerrillero al parecer imbuido de las ideas Castro-Guevaristas divulgadas por Regis Debray, que no admite pertenecer a ningún Partido Político y ha perpetrado importantes golpes donde ha corrido sangre, haciéndose inaccesible, tanto a la policía como al ejército, operando en el norte del país moviéndose entre la población “como pez en el agua” según decía Mao Zedong (Mao Tse Tung en la antigua grafía china) en su “Manual de Guerra de Guerrillas”. Ni el “Estado de Emergencia”, decretado dos veces en la era Lugo, ni el consiguiente rastrillaje de tropas del Ejército y dotaciones de la Policía Nacional especializada dieron –ni dan ahora– resultado alguno, teniendo por resultado que vastos sectores de la opinión pública acusaran al ex-Presidente Lugo y su Gobierno de “complacencia” con dicho grupo extremista y violento, y al actual Gobierno de “inútil” junto a su inexperto y burocrático Ministro del Interior.
    Pero la guerra campesina ya está declarada y continuará, y no puede ser para menos en un país donde casi el 80% de las mejores tierras cultivables está en manos del 1% de la población y en el cual los Partidos de Izquierda, cuando estuvieron en el Poder, se dedicaron a soliviantar los ya encrespados y levantiscos ánimos campesinos pero sin gestionar ni emprender medidas prácticas para su solución, pasando –eso sí– a ocupar cuanto cargo burocrático se ponía a su alcance y con visos de corrupción que se fueron detectando.
    El problema guerrillero no se soluciona con un aparatoso despliegue de fuerza militar-policial, que es –según la irónica expresión de Ho Chi Ming cuando los EE.UU. tuvieron 500.000 soldados en Viet Nam– “una guerra de elefantes contra conejos” que no podía ser ganada por aquéllos pues los conejos se les escurrían entre sus patas; como ya lo demostró hasta la saciedad la experiencia histórica en China, Vietnam, Laos, Camboya, Argelia, el Congo, Angola, Cuba, Nicaragua, El Salvador, y actualmente Colombia; sino que se soluciona apoyándose en un gran Partido Político de masas, de raigambre popular histórica y Agrarista reorganizado, concientizado y reeducado, listo para la acción en profundidad a corto y largo plazo entre el pueblo, oponiendo idea-fuerza a idea-fuerza, propaganda a propaganda e ideología a ideología; y eliminando la bandera de la guerrilla: la gran asimetría estructural campesina, con una radical y profunda “Reforma Agraria” tocando los intereses de la Oligarquía Latifundista Agraria Semifeudal, (no en balde la Guerrilla se desarrolla y prospera en los dos Dptos. más pobres del País: San Pedro y Concepción) como lo hicieron los países que emergieron del subdesarrollo luego de la 2ª Guerra Mundial y ahora están en el “Primer Mundo” constituyendo “modelos” para nosotros: Taiwán, Corea y China Popular, que empezaron su camino hacia el éxito socioeconómico y político solucionando, primero que todo, el gran descontento campesino.
    Cordiales saludos Republicanos.-

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