GEOPOLÍTICA DEL BRASIL


Escribe Federico Narváez Arza

El magnífico trabajo del General Pozzo Moreno, “Itaipú, ¿una cuestión de seguridad?” sobre el despojo de que fue, y es, víctima el Paraguay por parte del Brasil en el caso de la Usina Hidroeléctrica de Itaipú, aplicando el “Poder de la Fuerza” en su relación internacional, me mueve a presentar este estudio que demuestra la perenne y consistente que es la aplicación de la “Política del Poder” por parte de Itamaraty.

Al respecto es interesante recordar que frente a la “Política del Poder” lo más sensato es construir la Política del “Equilibrio del Poder” cuyo arquitecto, el Príncipe Metternich, Canciller Austríaco, la pergeñó en el Congreso de Viena de 1815 que siguió al fin de las Guerras Napoleónicas, y dio casi un siglo de paz a Europa hasta que fue reemplazada por la “Política del Poder” de Prusia y llevó a la hecatombe de la 1ª Guerra Mundial.

El sistema del “Equilibrio del Poder” no se propone evitar crisis, pero cuando funciona debidamente, limita la capacidad de unos Estados para dominar a otros y, a la vez, el alcance de los conflictos. Su meta no es tanto la paz perfecta cuanto la estabilidad y la moderación. Por su definición misma, una disposición de “Equilibrio del Poder” no puede satisfacer por completo a cada miembro del sistema internacional; cuando mejor funciona es cuando mantiene la insatisfacción por debajo del nivel en que la parte más fuerte trataría de alterar el orden de convivencia y en último caso, las pretensiones del miembro más agresivo de la comunidad internacional son mantenidas a raya por una combinación de los demás; en otras palabras, por el funcionamiento del “Equilibrio del Poder”.

En su aspecto intelectual, el concepto de “Equilibrio del Poder” reflejó las convicciones de todos los principales “Maître à penser” de la Ilustración: a su parecer, el universo, incluso la esfera política, operaba según ciertos principios racionales que se equilibraban entre sí. Las acciones aparentemente fortuitas de hombres razonables tenderían en su totalidad al bien común; aunque la prueba de esta proposición resultara elusiva en el siglo de conflictos casi constantes que siguió a la Guerra de los Treinta Años. Tras las dislocaciones causadas por la Revolución Francesa y las Guerras Napoleónicas, los Dirigentes de Europa restauraron el “Equilibrio del Poder” y redujeron su brutal dependencia de la fuerza, tratando de moderar la conducta internacional por medios de nexos morales y jurídicos. Pero sin embargo, al finalizar el siglo XIX, el sistema Europeo de “Equilibrio del Poder” retornó a los principios de la “Política del Poder”, y en un medio mucho más implacable: eliminar al adversario se volvió el método habitual de la Diplomacia, y llevó a una prueba de fuerza tras otra. Por último, en 1914 surgió una crisis ante la que nadie retrocedió y sobrevino la catástrofe de la Primera Guerra Mundial.

Aquella famosa frase de Richard Nixon, que a muchos Sudamericanos y en especial a los Argentinos pareció ominosa, “hacia donde se incline el Brasil se inclinará Latinoamérica”, parecía confirmar las teorías que, arrancando del Gral. Mario Travassos culminaron en la famosa “Doctrina de la Seguridad Nacional” magistralmente expuesta –para nuestra desgracia– en el libro “Geopolítica del Brasil”, de su discípulo el Gral. Golbery do Couto e Silva, considerado hasta hoy el más brillante e influyente de los geopolíticos brasileños (Golbery Do Couto e Silva: “Geopolítica del Brasil”; José Olimpio Editora; Río de Janeiro, 1967).

Estas teorías, ampliadas y actualizadas por la década de los 60 en la Escuela Superior de Guerra (La “Sorbona”) del Brasil, se transformaron luego en la misma estrategia de Itamaratí, y así tomaron cuerpo conceptos tales como “el destino manifiesto” de Brasil, las “fronteras ideológicas”, el “satélite privilegiado”, las “fronteras vivas”, el control del Atlántico Sur, la Comunidad Afro-Luso-Brasileña, y el “cerco antagónico sobre la Argentina”.

No se trata aquí de analizar el libro del General Golbery a la luz de las teorías de la geopolítica; esa es tarea de los especialistas y contribuiría muy poco al objetivo de nuestro trabajo que es la comprensión del pasado y la previsión del futuro. Lo que deseamos es verificar qué elementos conformaron su visión especial del proceso brasileño y, teniendo en cuenta el papel desempeñado por el autor en la conducta política de los Gobiernos militares, desde Castello Branco en 1964 hasta el antecesor de Figueiredo, examinar si la acción gubernamental de ese período estuvo al servicio de aquellos principios inspirados en la “Geopolítica del Brasil” y hasta dónde cumplieron con aquello que se denominó “Poder Nacional” y con los “objetivos nacionales permanentes”, que continúan por otros medios hoy en día.

El fundamento del pensamiento geopolítico en el Cono Sur en general y en Brasil en particular, ha sido el concepto orgánico de la “NaciónEstadoel cual sostiene que las “naciones-estado” son análogas a organismos vivientes que nacen, crecen, buscan espacio y recursos para vivir, con el fin de aumentar su poder y, luego, finalmente decaen y perecen. Golbery do Couto e Silva, como defensor de ese concepto, tiene un punto de vista pesimista y darwiniano de las relaciones internacionales, en el que los Estados poderosos se hacen más fuertes y los débiles se someten o perecen, y los militares imbuidos de la Doctrina de la Seguridad Nacional han tendido a identificarse fuertemente con esta “Nación-Estado-Orgánica” y creyeron que su principal deber era el de asumir firmemente la defensa de ese Estado tanto de sus enemigos externos como internos.

Ese elemento fundamental que se nota en la conducta de los Gobiernos Militares brasileros, se advierte significativamente en el libro del Gral. Golbery, especialmente en la introducción titulada “El problema vital de la seguridad nacional”, “Un eterno dilema del hombre, animal social”, donde es patente la influencia de Hobbes, ese filósofo del “gran miedo”, cuando literalmente expresa: “…El Estado soberano, surgido de las fuentes profundas del Miedo, para proveer la seguridad individual y colectiva en la Tierra, pasaría a afirmar su voluntad omnipotente sobre los destinos de todos los súbditos que lo habían creado…” y “…Hobbes puede ser considerado como el patrono, reconocido u oculto, de las modernas Ideologías Políticas que amenazan, por todos lados, al mundo decadente de un Liberalismo impotente y exhausto”. “…Hoy, la inseguridad del hombre es la misma, quizá todavía mayor…” y “…el eterno dilema que lo aflige… tiende a solucionarse de nuevo… por el completo sacrificio de la libertad en nombre de la seguridad individual y colectiva”. El miedo, pues, de que nuestra “Civilización Cristiana Occidental” desaparezca y, con ella, nuestro Estado-Nación, inspira todo el concepto de la “Seguridad Nacional” desarrollado en el libro de Golbery y lo lleva a un antiliberalismo reaccionario, entremezclando los principios del Estado de Derecho del siglo XIX con la Escuela de Manchester y los principios meta-jurídicos que informan la normatividad del Derecho y la Seguridad Jurídica, exaltando la Libertad, no como atributo del individuo ante el Estado, sino como fundamento de la “Seguridad Nacional”, es decir, puramente instrumental y no moral.

Otro elemento que agrega la geopolítica brasileña es la idea que ningún grupo social era capaz, en aquélla época, de dar apoyo a la acción del Estado para reformular las estructuras sociales y las suyas propias para adecuarlas a las exigencias del momento, lograr la racionalización de la economía y cumplir con el destino intuido de la Nación, y que por lo tanto las Fuerzas Armadas eran llamadas a ocupar el núcleo de Poder en el Estado. El elemento “desarrollista” dio lugar, también, a una variante que, frente a los aspectos más agresivos, hostiles e imperiales de la Doctrina de la Seguridad Nacional, puso énfasis, no sólo en el desarrollo de los recursos nacionales y de su voluntad de poderío, sino también a acercamientos cooperativos hacia los Estados vecinos. Pero la mentalidad geopolítica de Couto e Silva, condujo, por la lógica interna de la proposición inicial, a una Política de Poder con el fin de fortalecer el Estado frente a todo lo demás y, por ende, a una Política Nacionalista extrema tendiente al expansionismo, que podemos señalar claramente citando estos párrafos de la edición traducida por Paulo Schilling, conocido nuestro (Paulo Schilling: “Obra citada. Traducción”; p. 29; El Cid Editor, México, 1978.) “…el hecho fundamental que se debe considerar, en el conjunto del panorama internacional, es que cada Estado se mueve bajo el impulso potente de un núcleo de aspiraciones e intereses, más o menos definidos con precisión en un complejo jerárquico de Objetivos. Para los Estados-naciones de nuestra época, son sus objetivos nacionales”, y “…el Brasil está magistralmente bien situado para realizar un gran destino tan incisivamente indicado en la disposición eterna de las masas continentales, cuando suene, al final, la hora de su efectiva y ponderable proyección más allá de las fronteras” (Ibídem: p. 232).

Ese elemento Nacionalista ha dotado al pueblo brasileño de una “visión de futuro” diferente y superior a la de sus congéneres latinoamericanos; y eso no es un elemento desdeñable; el escritor holandés Fred Polak describe muy bien, en su libro “The Image of the Future” lo que concierne a la relación que existe entre el progreso de las naciones y la imagen que éstas tenían de su futuro. Polak quería saber qué existió primero: si la idea que esa nación tenía de su futuro o el desarrollo mismo a que esa nación llegaba. Lo que él descubrió en sus investigaciones fue que, en gran medida, una visión de futuro precedía al éxito. Una y otra vez pudo confirmar que primero un país tenía que tener una imagen convincente del futuro al que quería llegar y ésta imagen, generalmente, era sugerida por los líderes; luego, la comunidad hacía suya esa visión de futuro y le brindaba su apoyo; así, en forma conjunta, convertían ese sueño en realidad. Tal lo sucedido con Brasil; a pesar de todos los tropiezos y problemas que enfrenta, es actualmente la Nación líder de Latinoamérica y la sexta potencia industrial del mundo.

La Ideología Nacionalista impregna toda la obra de Golbery do Couto e Silva; pero ahí también puede estar su talón de Aquiles, pues, en prosecución de un Nacionalismo que “…es todavía toda nuestra nobleza. Y si no lo es conscientemente, es muy importante que lo sea” (p. 121), y que “…Por lo tanto, el Nacionalismo es, debe ser, sólo puede ser un absoluto, en sí mismo un objetivo último” (p.124) para “…lograr el nivel superior de un Nacionalismo ya maduro, realista y crítico y, en otras palabras, aséptico, que ya no se unirá más a la corruptora histeria demagógica y bloqueará, al fin, la endemia desvitalizadora de la teorización hueca y superada” (p. 126).

Golbery llega a descreer de la capacidad creadora del pueblo, el cual debe ser empujado, conducido –aún a su pesar– hacia la construcción de la grandeza del Brasil, siendo no precisamente el sujeto de la historia del país sino el objeto de la acción del Estado, porque –y aquí encontramos otro elemento– para el “ethos” burocrático-militar de quien escribió la “Geopolítica”, y de los Gobiernos que se inspiraron en ella, la Guerra y la Política son partícipes de la misma naturaleza, de ahí su propensión al empleo máximo de la violencia y el sacrificio de factores esenciales de la política como la flexibilidad de la acción, las tácticas de marchas y contramarchas y el contacto permanente con las masas.

Ese “corsé” ideológico le impidió a Golbery contar con una Teoría del Estado adecuada para presidir la elaboración de su doctrina, y por considerar solamente a la fuerza social hegemónica que debía ser privilegiada para organizar la racionalización de la economía y la visión de futuro de la Nación el Régimen inaugurado en 1964 sólo pudo durar el momento de la dominación del Estado por su instrumento o sea, el tiempo que la sociedad tuvo capacidad de soportar esa dominación; no pudo proyectarse como Proyecto diferente al Liberalismo Capitalista signado por un Estado “carterial”, al cual volvió, porque las FF.AA. no pueden realizar la función por antonomasia del Partido Político: organizar la sociedad, ligar las fracturas, optar por alguna de las diferentes fuerzas que componen el cuadro social, vencer el miedo a la crítica de la sociedad y finalmente pasar de la crítica de la sociedad a su organización en una nueva relación de las fuerzas presentes. Pero en Brasil las FF.AA. se mantienen “intocables”, y hurgando en el pasado reciente de hace dos décadas, vemos cómo los Jefes Militares Brasileños han expresado duras críticas al Gobierno de Fernando Henrique Cardoso, defendiendo el Nacionalismo y oponiéndose a la privatización del petróleo por considerarlo “estratégico”, de las comunicaciones por “intocables”, a la apertura a la empresa privada de la navegación de cabotaje y la Marina Mercante, y a la reforma del sistema de Previsión Social. Las críticas han sido públicas y el Jefe del Estado Mayor Conjunto (EMFA) declaró: “…Nosotros no queremos más de lo que siempre existió: el reconocimiento de que el militar es diferente. Siempre fue así, desde el tiempo del Imperio y de la República” (Diario Noticias; p. 36; Sábado 15 de Abril de 1995). Y nadie pidió una censura del Congreso ni del Ejecutivo. Y hasta ahora nadie se mete con ellos, ni siquiera para investigar la violación de los Derechos Humanos durante el Régimen Militar, a pesar de algunas declaraciones petulantes de Dilma Rouseff.

Con todo, si el Brasil sigue desarrollándose y paulatinamente supera, o por lo menos alivia los rigores de su deuda externa, la inflación (como parece estar consiguiéndolo), el desempleo y la marginalización creciente de las mayorías sin estancar la renta per cápita ni regresar a una economía de rasgos primario-exportadores, entonces el Régimen Político basado en la Doctrina de la Seguridad Nacional por un cuarto de siglo casi, habría rendido sus frutos en una etapa crítica de su historia para volver a diluirse en las aguas más quietas de la corriente democrática universal y esperemos que vaya abandonando la Política del “Poder de la Fuerza” en sus relaciones con sus vecinos más débiles.

Finalizando con el examen de esa Política en relación al caso de Itaipú quiero mencionar el excelente y crudamente realista libro de Carlos Mateo Balmelli, ex-Director paraguayo de la Binacional, en el cual nos advertía recientemente que Pretender forzar la situación para que un Estado reconozca que explotó y sustrajo riquezas de otro constituye un desaguisado al cual se apela cuando se está en condiciones de poder llevar el uso de la fuerza a la práctica (Itaipú, una reflexión ético-política sobre el Poder”; p. 192; Ed. Santillana S.A., 2011). Como ya decía Tucídides, en “Historia de la Guerra del Peloponeso”, publicada en 404 al 396 a. C., hace 2.000 años: “Mi derecho llega hasta donde llega mi fuerza”. Y para ilustrarlo mejor terminamos con un detalle histórico importante sobre el Poder de la Fuerza”, como el ejercido por Brasil en el caso Itaipú:

Para ejemplificar la polémica en torno al Derecho y la Justicia, Tucídides aprovecha un acontecimiento de las Guerras del Peloponeso, el choque de Atenas con la pequeña Isla de Melos (año 416); la isla de Melos quería mantenerse neutral entre las dos potencias, Atenas y Esparta; Atenas exigía la adhesión de Melos; los Atenienses conquistaron Melos, esclavizaron a los hombres y mataron a gran cantidad de mujeres y niños; antes, se reunieron los Embajadores de Atenas y de Melos y tuvieron un diálogo escalofriante que narra con todo detalle Tucídides. Los argumentos que aducían los Melios representaban lo que se podría llamar la opinión tradicional y religiosa, aquella que reza que las causas justas y razonables deben triunfar y prevalecer, porque así lo quieren los Dioses. Tucídides llama a esta concepción la concepción tradicional y religiosa. La otra, la mantenida por los Atenienses, es la “concepción realista”, o la lógica del Poder. Los Atenienses dicen a los Melios que el único Derecho válido es el del Poder: los fuertes lo imponen a los débiles; esto es así, siempre ha sido así y siempre lo será en el futuro. A esta concepción la llama Tucídides la concepción humana”. Veamos cómo argumentaban los Atenienses: «Porque nosotros no os molestaremos con excusas de valor aparente o bien haciendo valer nuestro derecho al poderío que poseemos, porque hemos rechazado a los Persas, o bien afirmando que, si os atacamos ahora, es por el daño que nos habéis hecho; ni pronunciaremos largos discursos, que no serían creídos Vosotros sabéis, como nosotros sabemos, que, tal como suceden las cosas en el mundo, el Derecho es un tema del que tratan sólo los que son iguales entre sí por su Poder, en tanto que los fuertes imponen su Poder, tocándoles a los débiles padecer lo que deben padecer… Así creemos que sucede entre los Dioses, y respecto de los hombres sabemos que, a causa de una Ley necesaria de su naturaleza, ejercen el Poder cuando pueden. No hemos sido nosotros los primeros en establecer esta Ley ni los primeros en obedecerla, una vez establecida. En vigor la hemos encontrado y en vigor la dejaremos después de utilizarla. Sólo la usamos, en el entendimiento de que vosotros y cualquier otro pueblo, de poseer el mismo Poder que el nuestro, haríais lo mismo.» (Tucídides, 5,89 y 5,105,2).

Estas pasmosas palabras dijeron los Embajadores Atenienses a los Embajadores Melios.

Afirma Wilhelm Nestle (“Historia del espíritu griego”: pág. 173; Ariel; Barcelona, 1975): «La Ley de la Fuerza, que no se somete a ningún Derecho supuestamente ideal, es el fundamento de la Política y de la Historia. Podemos sentirlo como cruel y brutal; pero es así, y el que crea poder rebelarse contra ello será aplastado. Así se presenta la realidad a los ojos de aquel que, como Tucídides, tiene valor suficiente para atender a su deseo de saber y de seriedad, y la contempla sin prejuicios, sin permitir que ilusiones y sugestiones le enturbien la mirada. Este diálogo es clave para la comprensión de la obra histórica de Tucídides; según la intención de su autor es propiamente la clave que permite comprender la Historia en general».

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