ISRAEL Y EL SIONISMO (Parte Segunda)


Escribe Federico Narváez arza

Privado de su fuerza por la pérfida Dalila, que le había cortado el cabello mientras dormía, Sansón el Hebreo cae en manos de los Filisteos –de cuyo nombre se deriva Palestina– quienes le revientan los ojos. Un día, habiéndole ya crecido el pelo, lo mandan a llamar para que los divierta: “Luego Sansón palpó las dos columnas centrales que sostenían el templo y se apoyó contra ellas, la mano derecha sobre una y la izquierda sobre la otra. Y gritó: ‘¡Muera yo junto con los filisteos!’. Luego empujó con toda su fuerza, y el templo se vino abajo sobre los jefes y sobre toda la gente que estaba allí. Fueron muchos más los que Sansón mató al morir que los que había matado mientras vivía”. Contado en la Biblia, este famoso episodio se desarrolla en Gaza, Capital de los filisteos, pueblo enemigo de los hebreos.

Desde siempre, Gaza fue un cruce de rutas comerciales entre Europa y Asia, entre Medio Oriente y África. Por la ciudad y el territorio estuvieron, desde la Antigüedad, en el centro de las rivalidades entre las potencias de la época, del Egipto faraónico al Imperio Bizantino pasando por Roma”(Alain Gresh: “La larga historia de Gaza”; Le Monde Diplomatique; Agosto de 2014). Puerta de Palestina, eratan fácil ganarla como perderla” escribe Jean-Pierre Filiu en su libro Histoire de Gaza (Fayard, París, 2012), el más profundo consagrado a este territorio.

Los portavoces anti-árabes y sionistas han tratado de demostrar incluso que el Pueblo Palestino nunca existió como tal: así, en nuestro medio el periodista radial judío Raúl Melamed dedicó, hace unos años, por Radio Ñandutí, varias audiciones intentándolo, y otro con más solvencia intelectual que él, el escritor judío-argentino Marcos Aguinis expresó: El vocablo Palestina no existía. No es mencionado ni una vez en la Biblia ni en ningún otro documento de la antigüedad. Adriano era el Emperador de turno cuando se puso fin a la rebelión de Simeón Bar Kojba; El Emperador lucubró cómo poner fin a las reivindicaciones de los judíos por su querida Judea y su venerada Jerusalén. Primero les prohibió visitar Jerusalén, convertida en una guarnición militar, y pronto cambió el nombre a la ciudad por el de Aelia Capitolina. Al mismo tiempo, cambió la denominación de Judea o Israel por Palestina. ¡En ese momento apareció Palestina por primera vez! ¡Era el siglo II d.C.! ¿De dónde se obtuvo el vocablo? Fue otra ofensa Romana. Palestina se escribía en latín Phalistina y hacía referencia a los Filisteos, que la Biblia menciona desde Josué hasta David. (Breve Historia de Israel y Palestina”; Edit. “El Medio”; España, 2008). Como vemos, a pesar de su virulencia anti-palestina, Aguinis tuvo que reconocer la presencia inmemorial del pueblo Filisteo.

Y, en verdad, los Palestinos son los descendientes directos de los antiguos Filisteos mencionados en la Biblia, pobladores originarios de Canaán, que les fuera arrebatada por los Judíos por ser la “tierra prometida” por Jehová. Y la conquista fue llevada a cabo a sangre y fuego, sin dejar sobrevivientes en las ciudades conquistadas, según la orden perentoria del Dios de los judíos, como sucedió con Jericó, donde fueron muertos hombres, mujeres y niños por el general Josué. Filisteo, en el idioma árabe, se dice Efalestine (غير مثقف ) y Palestina Falestín (فلسطين )(Diario Falistinouna “Nuestra Palestina”, publicado en Beirut entre 1959 y 1964).

Las afirmaciones de Aguinis consignadas más arriba, fueron contestadas por el escritor judío anti-sionista Dr. Raul Schnabel en un artículo titulado Las mentiras de Marcos Aguinis, el 9 de octubre de 2008, en Artepolítica, que es un blog colectivo, agregando: “Dice Aguinis sobre el concepto de antisemitismo: …Su etimología remite a un hijo de Noé llamado Sem, antepasado mítico de todos los pueblos de Medio Oriente, pero se sabe que se refiere exclusivamente a los judíos…’ Miente Aguinis: El Diccionario de la Real Academia dice respecto del vocablo SEMITA: ‘Según tradición bíblica, descendiente de Sem, dícese de los árabes, hebreos y otros pueblos’. Más amplia la Enciclopedia Gran Omeba agrega que se trata de los pueblos caucásicos: hebreos, fenicios, babilonios, asirios y árabes. Es decir aquellos que viven hoy en Palestina, Siria, Líbano, Irak y otros territorios del Medio Oriente”.

Hecho este prolegómeno, pasaremos a ocuparnos de analizar la historia moderna de Israel y la ideología del Sionismo que es el nervio-motor que guía la política y actitud israelí hacia sus vecinos Árabes.

El Sionismo fue sin duda una gran Revolución, como pocas veces hubo en la historia: envió gente de un país a otro, completamente distinto; transfirió a personas de una clase social a otra, generalmente a una mucho más baja; cambió su lenguaje, su ambiente, su cultura; interrumpió totalmente sus vidas anteriores y las obligó a construir una nueva. Una revolución como ésta es muy rara en la historia de la humanidad. Buscando un precedente algo similar, deberíamos recordar las primeras Cruzadas o el viaje de los Padres Peregrinos a Norteamérica. Para poder comprender al Sionismo se debe saber cuándo y dónde nació: fue, oficialmente, al final del siglo XIX, y ha sido creación de un gran hombre, Teodoro Herzl, un periodista Vienés. Él trató de encontrar una salida a los sufrimientos de los Judíos en Europa. Cuando ejercía el periodismo en Francia, quedó muy impresionado por los ataques antisemitas durante el juicio a Dreyfus; y se convenció de que los judíos nunca encontrarían un lugar dentro de la comunidad europea y que, entonces, tenían que tratar de formar una Nación propia. De esta manera, podemos afirmar que el Sionismo resultó un producto directo del espíritu y la ideología del Nacionalismo Europeo del siglo XIX. Herzl decidió proveer a los judíos de los atributos inherentes a ese espíritu e ideología, artificialmente: primero dándoles un sentido de Nacionalidad y luego un Territorio donde pudieran desarrollar una existencia nacional.

La verdadera historia del Sionismo comienza con un pequeño libro escrito por Herzl que apareció en Febrero de 1896; se titulaba Der Judenstaat (El Estado Judío) y en el cual delinea minuciosamente el panorama del futuro Estado Judío: contiene Capítulos como: “Residencia de los trabajadores”, “Adquisición de tierra”, “Trabajadores no especializados”; describe cómo debe ser la bandera; dice cómo debe ser financiado el proyecto y muchas otras cuestiones. Pero en el libro no había una sola referencia al hecho de que Palestina estaba habitada por los Árabes. Es que cuando Herzl soñó con ese Estado por construir, no pensó en ningún País en particular; lo que hizo fue diseñar un bosquejo sobre un Hogar Nacional que podría establecerse en cualquier parte, como por ej. en Argentina, Canadá, Uganda… Solamente durante la etapa final de la escritura del libro Herzl se convenció de que la idea de Palestina daría el impulso emocional al proyecto del Estado Judío, algo que recién aceptó plenamente en el Primer Congreso Sionista de 1897, en Basilea (Suiza). En su segundo libro, Altneuland (La Vieja-Nueva Tierra) aparece un caballero árabe perfectamente encantado de vivir en una comunidad judía y felicitando a los judíos por su determinación de garantizar a los nativos una total igualdad, después de todo lo que ellos mismos sufrieron afuera. Teodoro Herzl murió de un ataque cardíaco el 3 de Junio de 1904, a los 44 años de edad. El Sionismo, su invención, fue el último Movimiento Nacionalista nacido dentro de la cultura Occidental. El famoso escritor judeo-germano Max Nordau se convirtió en la figura más renombrada del Movimiento luego de la muerte de Herzl. Y hasta la Primera Guerra Mundial, que creó una situación completamente nueva, la actitud árabe fue indecisa; pero es cierto que no hubo oposición abierta, clara y cortante a la colonización e inmigración judías, ni por medios políticos ni por resistencia armada; esto sucedió mucho más tarde. Por lo tanto parece que hasta la Primera Gran Guerra existía una posibilidad definida de efectuar la conjunción de los Nacionalismos Árabe y Judío en un gran Movimiento; posibilidad que nunca se probó y que ni siquiera se exploró seriamente. Herzl murió sin conseguir sus ambiciones en Palestina, ni en Sinaí o Uganda; el “barco” judío se mantuvo en calma hasta que estalló la gran tormenta: la Primera Guerra Mundial convirtió al Sionismo en una fuerza dentro de la Política Mundial. Y el 2 de Noviembre de 1917 los sionistas consiguieron el objetivo por el cual habían luchado desde el primer día del Movimiento: consiguieron su Garantía.

Se han escrito muchos libros sobre la “Declaración Balfour”, donde el Gobierno de Su Majestad prometía “establecer un Hogar Nacional” en Palestina para los judíos. Jamás nada causó más amargura en el Mundo Árabe que esta declaración. Los árabes todavía lo ven como un pérfido acto de traición, una ruptura de las promesas que les habían dado al mismo tiempo a ellos. De la “Declaración de Balfour” surge directamente la convicción profunda de que Israel es el producto del Colonialismo y una creación de los Imperialistas, lo que es un error de criterio: si Inglaterra usó al Sionismo para sus fines coloniales, ella fue también usada por los sionistas para sus propios fines. Y los frutos que Inglaterra recogió de este Pacto fueron transitorios; en cambio, los que consiguió el Sionismo son permanentes. La forma final que tomaron las relaciones entre el Sionismo y los Árabes deriva de la “Declaración Balfour”: los árabes veían las grandes masas de colonizadores extranjeros “invadiendo” su país (la tercera Aliá) llenos de energía y estableciendo kibutzim en todo el territorio. Lo vieron como un nuevo Régimen Colonial presidido por un Alto Comisionado Judío enviado por Gran Bretaña, y por primera vez tomaron las armas como pueblo, comenzando una serie de enfrentamientos, para defenderse de los cuales el Ishuv (como era llamado el “Estado Judío dentro de un Estado”) preparó su primera Organización Militar de magnitud, la Haganá (defensa).

El Líder indiscutible en esa época era el Doctor Jaim Weizmann quien apoyaba decididamente a los Británicos; con la victoria inglesa y la “declaración Balfour” conseguida, el eminente científico se convirtió en el gran Patriarca del Sionismo. El Líder que surgía por la otra parte era el Emir Faisal, uno de los Príncipes hashemitas que luchó contra los Turcos en el desierto árabe; y se iniciaron una serie de encuentros entre ellos con la idea de enfrentar a la Conferencia de Paz con el hecho consumado de un acuerdo Judeo-Árabe porque, teóricamente, en aquella época era posible que los Líderes Sionistas se aliaran con el Movimiento Nacional Árabe. Pero dichos Líderes –que finalmente se habían trasladado a Palestina– no estaban preparados para una idea semejante. No obstante, se mantuvo el contacto con Faisal para quien la idea de que los judíos eran verdaderos miembros de la familia Semita era tan fuerte, que, aunque parezca increíble hoy en día, en un mensaje se disculpó por no poder tomar parte en una Conferencia Sionista, y en una carta al Líder Judeo-Americano Félix Frankfurter a comienzos de 1919 decía: Sabemos que los árabes y los judíos son parientes raciales… Haremos todo lo que podamos para apoyar la aceptación de las propuestas Sionistas en la Conferencia de Paz, y recibiremos de todo corazón el regreso de los Judíos a su hogar. El movimiento judío es nacional y no imperialista, nuestro movimiento también lo es, y hay lugar para ambos. En realidad, no creo que ninguno de nosotros tenga la posibilidad de alcanzar el triunfo sin la ayuda del otro”. De todas maneras, el acuerdo nunca se materializó; pero los Sionistas no se desanimaron demasiado por esta circunstancia porque sus reclamos fueron aceptados en el Acuerdo de Paz de San Remo en Abril de 1920 y los incluyeron en los documentos que establecían el Mandato Británico en Palestina ratificados por la Liga de las Naciones en 1922. Es evidente que los Sionistas se sentían más bien aliviados al no tener que tratar con el fenómeno poco conocido del Nacionalismo Árabe y contentos de volver a entablar negociaciones con los Británicos. Pero nos hemos detenido en este episodio por ser una indicación de lo que pudo haber sucedido.

Durante alrededor de veinte años las relaciones Anglo-Sionistas continuaron con muchos recelos: los Funcionarios Coloniales Británicos no se entendían con los Líderes judíos rusos y hallaron cierta afinidad con los Sheiks árabes. Éstos se rebelaron con creciente violencia cada tanto acusando a los Ingleses de entregar su tierra a los judíos; y los judíos acusaban a la Administración Colonial Inglesa de volverse atrás en sus promesas, al poner obstáculos a la concreción de las aspiraciones sionistas. El terrorismo judío extremista comenzó a atacar las instalaciones británicas. El Irgún Zvai Leumi (Organización Militar Nacional, en hebreo) y posteriormente el Ejército oficial sionista, la Haganá (Defensa) se unieron en la lucha contra el mandato Inglés hasta que éstos decidieron dejar el país. La lucha judía clandestina contra el régimen colonial inglés fue la primera Guerra de Liberación triunfante en el Medio Oriente. Este hecho contradice el concepto de que el Sionismo o el Estado de Israel fueron una creación satélite del Imperialismo y el Colonialismo. Y habiéndose convencido de que se había vuelto imposible toda futura colaboración entre Ingleses y Sionistas, éstos buscaron otro aliado extranjero, encontrándolo en el aún más poderoso Estados Unidos que desde la mitad de la década del cuarenta en adelante, se convirtió en el aliado principal del Sionismo.

En estas condiciones políticas, las Naciones Unidas resolvieron, en 1948, la partición de Palestina en un Estado Judío y en uno Árabe. Pero el Estado Árabe de Palestina nunca se materializó al caer víctima de las ambiciones e intrigas de los Estados Árabes vecinos. Es verdad incontrovertible que el Estado Judío de Israel se creó con intensa oposición y por la fuerza de las armas. Israel es el producto peculiar de un gran movimiento de liberación, que fue obligado a aliarse al Imperialismo por las circunstancias especiales de su concepción; sin embargo nunca fue un satélite. Una distorsión de los hechos puede conducir a un malentendido peligroso: es fácil sentir desprecio por un satélite y puede ser contraproducente cuando llegue la ocasión de demostrarlo; es también peligroso –dado que Israel no es un satélite– presumir su desaparición una vez que sus “amos” imperialistas pierdan su influencia en el Medio Oriente. Esto es una ilusión. Y el verdadero carácter de Israel debe ser reconocido si alguna vez se quiere romper el círculo vicioso árabe-israelí. El Sionismo fue un movimiento auténtico; nadie lo creó sino los propios sionistas; no hay dudas sobre esto, excepto la propaganda anti-sionista. Sin embargo, el problema permanece: ¿qué clase de movimiento fue el Sionismo en el contexto de la historia de Palestina? A esto trataremos de responder en la Parte Tercera de este estudio.

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