LA APUESTA DEL DESORDEN


Escribe Federico Narváez Arza

Las inquietantes perspectivas enumeradas en trabajos anteriores pueden ocultar realidades muy diferentes, como ya hemos tenido oportunidad de subrayarlo en aquellos. Resulta entonces indispensable calificarlas con mayor precisión, si es posible. Ahora bien, ocurre que, tanto en las crisis de ingobernabilidad interna como en los conflictos intrapartidarios, la evolución psicológica y técnica crea condiciones muy apremiantes que, en la mayoría de los casos, parecen capaces de imponer un estilo nuevo, muy diferente de las crisis y de los conflictos precedentes.

     El fenómeno central que actualmente se observa es el desarrollo de la “disuasión moral”, es decir de poderosas inhibiciones tendientes a limitar estrechamente el campo del empleo de la fuerza como ocurrió con el “golpe manu militari” de Rodríguez contra la victoria de Argaña en Diciembre de 1992. Este fenómeno proviene, sin duda, de una reacción contra los excesos que la “Militancia Combatiente Stronista” en Agosto de 1987 y “Wasmosy-Seifart” en Diciembre/92 hasta Marzo de 1993, mostraron entonces y que a su vez demostraron a la ciudadanía, que el empleo de la fuerza hasta sus consecuencias extremas es fundamentalmente inmoral y no conduce a la victoria decisiva a largo plazo en la práctica. Ha resultado de ello una conciencia más neta de la necesidad de rescatar un cierto “democratismo” aún en las crisis más graves. Esta tendencia, que podría desaparecer otra vez en el paroxismo de la lucha, está reforzada hoy por la existencia de la presencia Internacional del Bloque Latinoamericano que no puede ser soslayada y cuyas consecuencias catastróficas para el transgresor de los principios democráticos se hallan siempre presentes e incitan a la mayor prudencia. En suma, todo transcurre como si la evolución democrática hubiese logrado una cierta mutación moral, según la cual el empleo de procedimientos considerados como “normales” hace unas décadas en nuestros países, estuviera ahora interdicto.

     Pero tenemos un largo camino por delante hasta que las crisis generales y los conflictos colaterales se desenvuelvan de un modo realmente democrático. Ahora la coerción se ejerce preferentemente por medios indirectos, mucho más sutiles o insidiosos, “con florete despuntado” pero sin ninguna caballerosidad. El condicionamiento psicológico (el “Poder Psico-social” que menciona el Dr. Rachid), que antes se alcanzaba por el empleo de la fuerza brutal, lisa y llana, ahora se concreta mediante acciones que se cubren de una gran hipocresía. Si la “sangre” corre poco, al menos durante las elecciones y los tumultos pre-eleccionarios, los sufrimientos individuales por la frustración del fraude o la impotencia económica perduran y toma el lugar de las antiguas prepotencias. Por eso, el fenómeno de la “disuasión moral” tiende a imprimir a las crisis, tanto internas como extra-partidarias, un estilo particular que es importante analizar.

     El problema del “Golpe de Estado suave” (el desplazamiento de un Gobierno sin el empleo de la fuerza) es menos simple de lo que imaginan los teóricos y los políticos que lo ansían. El éxito de un “Golpe de Estado suave” descansa en definitiva en la adhesión de la masa. La caída de un Gobierno desprestigiado (como sucedió con Lugo, y en el plano Partidario del sucesor improvisado de Duarte Frutos) será aceptada pasivamente, pero la instauración de un nuevo Régimen que sea inquietante por sus excesos o por exigencias difíciles de soportar, originará resistencias muy peligrosas. La ocupación del Poder Gubernamental corre el riesgo de no tener sino una influencia pasajera. La preparación psicológica del pueblo es, pues, esencial. Toda preparación psicológica exige una acción prolongada, como debería hacerlo el “Gobierno Cartes”, pero en la actualidad ya se ha realizado casi en todas partes o está en vías de serlo por la maduración producida por una prensa (radial, escrita y televisiva) en su mayoría contestataria, agudamente crítica y progresista, y por el movimiento de ideas de los intelectuales, los caudillos y la juventud. Sólo es preciso explotar esa maduración con la prédica constante y hechos extraordinarios. Remontándonos a algún hecho histórico recordemos que la experiencia de Mayo de  1968 en Francia (el famoso “Mayo Francés”) ha demostrado que era posible y fácil ocasionar a los Poderes Públicos la pérdida de su prestigio tradicional y por ese medio atraer a numerosos simpatizantes hasta ese momento neutrales. El método empleado y que se reveló muy eficaz, consistió en provocar de continuo, y en disuadir a las autoridades de llevar a cabo una represión, con una propaganda bien orquestada. Como vemos, en consecuencia, la “disuasión moral” es poderosa; las acciones contra un Gobierno, Nacional o Partidario, parecen destinadas a desarrollarse dentro de un gran control recíproco, pero en la atmósfera apasionada y falsa que permiten los medios modernos de difusión.

      En conclusión: sensibilidad de la opinión pública, fragilidad de la economía, inhibición y falta de “muñeca política” de los Gobernantes, maquiavelismo de los opositores,  arsenal eventual de ideas nuevas; todo concurre a otorgar a las crisis interiores un carácter de “violencia contenida” así como la necesidad de acciones maduramente sopesadas y ajustadas para alcanzar el resultado psicológico deseado: la adhesión o la pasividad de las masas. Bajo una apariencia romántica destinada a apasionar a la opinión pública, es un juego muy estricto y calculado el que deben llevar a cabo las organizaciones y élites restringidas que manipulan acontecimientos aparentemente fortuitos. En la vereda de enfrente, el Gobierno estará atrapado en un dilema difícil: romper brutalmente con los Opositores o ver desmoronarse su prestigio. No es posible cometer una sola falta. La prudencia le ordena ante todo “ver cómo vienen las cosas”; pero el movimiento se extiende y termina por crear situaciones irreversibles. Se lamentará entonces no haber actuado duramente desde el comienzo, o mejor aún preventivamente (como por ej. en el caso actual, con Galaverna), pues en el fenómeno psicológico de la rebelión, el control sobre los acontecimientos se pierde muy temprano. En nuestro caso Nacional y Partidario, los Opositores rebeldes del comienzo pueden ser las primeras víctimas: sus sueños no se realizarán, pero pueden alcanzar en cambio su primer objetivo: poner fuego a la pólvora y destruir el Régimen existente. Más tarde, a través de numerosas pruebas, otros equipos llegarán a organizar el desorden y a construir un régimen estable. Y esa puede ser la tarea de la “Tercera Vía”.

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