EL MISTERIO DEL PALACIO DE GOBIERNO QUIZÁ SUPERE AL CUARTO AMARILLO DEL NOVELISTA (2)


Por Osvaldo Bergonzi

(1) A principios de julio de 1927, el ministro Belisario Rivarola echaba pestes y culebras contra la pretensión de dirigentes y afiliados a la ANR de festejar el centenario del nacimiento del mariscal Francisco Solano López. El primer misterio era conocer que pensaba del hecho el primer mandatario, Eligio Ayala, desde el palacio del acusado, Francisco Solano López, donde firmaba decretos y gobernaba a su patria.

Se hablaba en voz baja por temor a acaloradas discusiones con final peligroso pues se trataba de un nombre maldito igual a Juan Manuel de Rosas en Argentina. Además, y esto si que es serio, pesaba sobre el Mariscal un decreto presidencial que lo declaraba fuera de la ley de Dios y de los hombres suscripto, meras casualidades, por un tío del ofuscado ministro del interior, Belisario Rivarola.

Como un reguero de pólvora el caso circula raudamente por la ciudad madre de ciudades. Ni el mismo defensor del máximo héroe en 1902 se anima a estampar su nombre en sus primeros escarceos sino por medio de un seudónimo, POMPEYO GONZÁLEZ. En consecuencia, el sorpresivo debate del referido año (1902) entre Pompeyo y el saltimbanqui explota con furia y se esparce a lo largo y ancho del territorio de la república del Paraguay.

En el colegio nacional, el saltimbanqui, Cecilio Báez,  le enseñaba  a Pompeyo a amar ese nombre sagrado para la nación paraguaya. Pero, de pronto, en el año referido de 1902, se pliega a la historia contada por los vencedores una vez enterado que el propio presidente de la Argentina, Julio Argentino Roca, dirige en persona con su condiscípulo, “el paraguayo”, Benigno Ferreira, un golpe de Estado contra el gobierno del presidente colorado, Juan Antonio Escurra (1904.)

Y el avezado saltimbanqui. profesor de historia, se hallaba en la mira de Benigno Ferreira para ocupar altos cargos, incluso hasta el de presidente de la nación que finalmente asume en 1905, y será el mismo que decrete tres días de duelo por el fallecimiento el 19 de enero de 1906 del general exterminador de paraguayos, Bartolomé Mitre, con bandera a media asta. Y pensar que una colonia paraguaya lleva su nombre. Benigno Ferreira asumirá el 25 de noviembre de ese año conforme a la constitución vigente de 1870 dictada por el enemigo. (Bernardino Caballero El Auténtico, El Político y El Estadista, hasta hoy inédito.)

Entre tanto, el presidente Eligio Ayala como en las vísperas sicilianas medita acerca del entuerto que tanto enardece a acusadores y defensores. No obstante, le suenan como una campanilla de alerta las últimas palabras del causante de su problema a resolver, “Muero con mi patria”. Debe asumir una postura evidentemente política . Pero omitiendo por precaución la mención del ignominioso decreto. Pero a la par ignorando que él ocupa un predio y una edificación heredada legítimamente por testamento y mandada edificar por el acusado. Finalmente Eligio Ayala autoriza la conmemoración y el propio presidente se adhiere a ella lo cual lo enaltece.

(2) A partir de 1927, Eligio Ayala, por adherirse a los 100 años del natalicio del Mariscal López. no dejó de aparecer en las efemérides patrias de los voceros  PATRIA y LA UNIÓN.

En 1917 fallece Enrique Solano López sin haber reclamado derechos como su abuela y tías respecto a sus propiedades en la Santísima Trinidad, hoy barrio de Asunción. Sin embargo, él, era heredero universal de su padre EL MARISCAL quien recibió por herencia numerosas y valiosas propiedades testadas por su padrino de bautismo y abuelastro,  Don Lázaro Rojas, uno de los hombres más ricos del Paraguay. Entre tales propiedades, se halla el palacio de gobierno, incluso las fincas aledañas construidas  al este de la calle Juan E. O´Leary hasta chocar con los terrenos de la añosa Escuela Militar, hoy parte del Congreso Nacional.

La propiedad como las demás fue otorgada por testamento ológrafo el cual se halla hasta hoy intacto en la nueva encuadernación del Archivo Nacional y  microfilmado por quien esto escribe previa aprobación de la UNESCO quien donó los fondos para el efecto. El contrato lo suscribió el entonces presidente interino del Banco Central, doctor Arnildo Meza Páez (sigue fuerte como un lapacho) con el director de este medio en 1974.

El director del archivo nacional, doctor Hipólito Sánchez Quell, por la extrema confianza a mi persona y a mi padre, me iba entregado los materiales en la medida en que yo entregaba los filmes al Banco Central, institución esta que los conserva tal cual los recibió en´rollos de películas de 33 metros de la Mitsubishi Shohi Kaisha. En 1980 finalizo la tarea.  

Aquí me detengo para destacar un hecho casi insólito. Mi despachante de Aduanas, amigo mío desde la tierna infancia, recientemente fallecido y muy llorado por quienes tuvimos el gusto de gozar de su amistad, Manuel Andrada Nogués, me llama muy asustado. – Osvaldo, me parece que metiste la pata e  hiciste un pésimo negocio con tu sueño de microfilmar el archivo al no calcular tus costos. – !!!Qué!!!, le respondí.  – Nada de qué, el vista de aduana fijo más de un  millón de guaraníes a tu factura comercial y consular, te espero, porque tengo gente. Por esa época su oficina quedaba en Alberdi, en un tercer piso, creo. Allí llegue con el Jesús en la boca. – Osvaldo, cálmate, le expliqué tu caso al vista y me dijo que solo el director podía modificar la liquidación. Me adelantó que se trataba de una persona muy correcta y que me escucharía. Me dio el numero del expediente y me lancé hacia la aduana.

Ni bien que hube llegado, pregunté donde se encontraba el despacho del director. – Allí, me dijo un mocetón, una puerta abierta de par en par. – Siii, es allí me confirmó el señor Salustro, también despachante. Al llegar al umbral observé a por los menos 20 personas sentadas entre la cuatro paredes esperando su turno. a mi me dieron el mío. Serían las 8 de la mañana. Aquí me espera un plantón de 4 horas, supuse. Pero cual no fue mi sorpresa al verlo accionar al director. – ¿Como se llama el director?, le pregunté a uno que se sentaba a mi lado. – Salvador Bogado, me dijo en voz baja y mientras yo auscultaba el ambiente cuando de pronto, escuche. – Tiene razón, el señor, usted se equivocó, sea más profesional, mi hijo, escuché de boca del tal Bogado. Me pregunté entonces. ¿De donde lo sacaron a esta mosca blanca?

Iba liquidando los casos con una gran velocidad y conocimiento del derecho aduanero. En ese momento me acordé de un amigo de mi suegro y de mi padre,  el doctor Chilo Codas Thompson, radiólogo. Ni bien me indicó Bogado, una vez que lo hiciera llamar al vista de aduana por el número de mi expediente, tras indicarme que  que me sentara, me preguntó. – ¿Cuál es su problema, joven? – Mi problema, señor director, es que el vista que se halla a su lado cree que las películas que yo importo son para sacar fotos en San Bernardino a parejas de recién casados, y sin embargo, son como las placas radiográficas para la salud del pueblo, y en mi caso, para la salud de la republica del Paraguay, de preservar su historia, mostrándole las tomas de los documentos con un Reader Printer llevado por mi a duras penas hasta allí.

El vista luego de recibir la mirada ceñuda del director, cambió de colores como el camaleón. – Este joven tiene razón, pues, mi hijo, examine bien primero las mercaderías, consulte, y ahora, rehaga la liquidación como placas radiográficas a la par de estampar su firma con el ítem al cual debía corresponder. – El que sigue, escuché su voz al salir.  Ni bien encontré un teléfono le llamé a mi despachante. – Luli, así le llamábamos sus amigos, adivina a cuanto alcanza mi nueva liquidación. – A cuanto. – A 87.000 guaraníes con la firma del director, del señor, Salvador Bogado. – Sos un campeón, ahora salgo para ahí y te aviso.

Esta digresión la hago en homenaje al mas honrado despachante de aduanas de la republica del Paraguay que conocí en mi vida y al más honrado director de Aduanas en su historia. Con razón, a pesar de ejercer el cargo durante el gobierno de Stroessner, los concejales de todos los partidos y movimientos, votaron  para que una calle de Asunción lleve el nombre de este  ilustre paraguayo que llegaba a su oficina en taxi, SALVADOR BOGADO, afiliado a la ANR para servir a sus compatriotas sin distingos de colores y no para llenarse los bolsillos como aquellos que tienen como ropero un piolín y luego exhiben su fortuna mal habida sin pudor ni honor republicano. El homenaje va igualmente dirigido al doctor Arnildo Meza Páez quien hizo descender los precios respecto a la primera parte de los trabajos otorgados a un extranjero, al extremo que la UNESCO, comunicó que sobraron fondos de la donación.

Ahora podemos proseguir con el misterio respecto a los verdaderos dueños del Palacio de Gobierno. Ni bien fallece en 1857 Don Lázaro, su ahijado queda dueño de una inmensa fortuna. En 1842 cuando su padre es llamado por el Capitán Mariano Roque Alonzo está a punto de cumplir 15 años el 24 de Julio del año citado. Por orden de su padre había recibido una esmerada educación dada la notable contracción a los estudios, increíble para un mocetón de su edad, cosa observada tanto por su progenitor como su padrino.

Falsa constituye la especie maliciosa esparcida por nuestros genocidas los aliados, por la maldad propia de los mediocres y por un ministro residente de los Estados Unidos cambiado en 1868 por traidor y reemplazado por un héroe de la guerra civil americana,  el honorable general, Martín Mc Mahón. Los muy malhablados, malévolos y pícaros querían desmerecer a la bravura del jefe del  Paraguay afirmando que Don Lázaro Rojas,  de edad más que provecta, fue el padre de nuestro máximo héroe, muerto como un soberano varón con la palabra de la patria en sus labios y no como sus enemigos, el uno asesinado (el caso de Venancio Flores) otro de diarrea (Pedro II)  y el último, con mirada idiota en sus últimos años de 1906 por causa de la senectud, castigo divino  para los hombres pequeños que se creen por encima de la ley de Dios(Mitre).

Nota: Por esa época (1973) 8.000 guaraníes estaban fijados para el salario mínimo. A valores actuales aboné 20 millones de guaraníes aproximadamente. Pero si la liquidación era como me anunció Luli debí pagar como 400 millones de guaraníes, hasta hoy una fortuna.

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