BERNARDINO CABALLERO EL AUTÉNTICO, LIBRO SEGUNDO, PARTE DEL EPÍLOGO FINAL


Hemos visto a lo largo de la vida de nuestro héroe aspectos insondables. La poca o casi ninguna fuente documental suya propia nos descubre a un hombre de una prudencia asombrosa o  un natural instinto  de conservación ante los avatares de la existencia tanto en el campo de batalla durante más de 5 años como en las cenagosas aguas de la política por más de 40 años. Por otra parte, pecan algunos al darle suma importancia a sus mensajes al congreso. Tales documentos prueban sin duda su gigantesca obra de gobierno. De eso nadie duda ya hoy día. En igual sentido el de haber puesto fin a una anarquía de 5 años posteriores a la finalización de la guerra. Tales documentos prueban que Bernardino Caballero fue un  repoblador de su país y un magnifico reconstructor que hizo renacer al Paraguay de sus cenizas como el ave Fénix. Pero tales testimonios no nos revelan al personaje en su interior, en sus sentimientos. En suma, al auténtico general Bernardino Caballero, propósito al que nos hemos propuesto al finalizar los dos libros sobre su azarosa y fulgurante vida. El primero de ellos, por eso, no mereció un verdadero epílogo, un análisis final, pues faltaba el último condimento que sin él (Caballero) hubiera logrado sin duda un lugar honorable en la historia por sus épicas jornadas que lo tuvieron a Caballero en jefe de las fuerzas nacionales como  José Eduvigis Díaz en la memorable victoria de Curupayty. Pero nunca el sitial de honor que hoy ocupa en los anales de nuestra sufrida historia.

A Caballero hay que intentar forjarlo tal cual fue desde sus primeros años en las praderas de Ybycui en compañía de sus padres y de sus hermanas, particularmente su madre. Principalmente con ella y las demás mujeres de la casa, el joven Bernardino, valora, la tierra y la vida natural en arduas jornadas laborales para sostener su hogar dado la ausencia prematura de su padre. Sitios propios para la ganadería lo son hasta hoy esas tierras junto a las de Paraguarí, Acahay y Carapegua. La comunicación es personal y el guaraní prevalece en la gente aun en aquellas personas de aspecto anglosajón que sorprenderán más tarde al ministro residente de los Estados Unidos. Este, escuchará con curiosidad cuando se enfrascan a hablar corrido en una lengua indígena, único pueblo que lo hace por estas latitudes, sin distinción de clase social, color de piel,  ojos o cabellos. Es posible que tal detalle explique la gran resistencia ofrecida al enemigo, hasta casi sucumbir de no ser por el sacrificio final sin cuento de su valiente conductor el 1 de marzo de 1870. El nuevo Leónidas, de esta parte del mundo con su heroica muerte había sellado el destino el destino de su patria llamando la atención del mundo y así evitar su polonización como establecía el tratado secreto.. Es posible, igualmente, que los ingredientes  genéticos con el viejo mundo hayan forjado a lo largo de más de 300 años una nueva raza bilingüe en la América Hispana, caso único entre todas las demás naciones. Por otra parte, su forzado carácter isleño dado su aislamiento por causa de su mediterraneidad hizo del paraguayo un ciudadano desconfiado del exterior, cosa que persiste en la actualidad.

Los valores de la tierra guaraní con sus notables ingredientes de raza, patria, idioma, costumbre y religión penetran en el corazón del joven de Ybycui. Gran observador como todos sus coterráneos, quizá su agudeza se proyecte más allá de la media normal, su talento natural desarrollado en él para descifrar el talante de quienes le rodean, algo que le faltó hasta a su propio maestro, el Mariscal. Y por supuesto, ver el porvenir antes que los hechos sucedan como lo expresa nuestro insigne prologuista en el libro primero de su biografía en su calidad de guerrero. Con casi 25 años le sorprende la guerra, todo un hombre hecho y derecho.  Y como vimos en el libro primero, su familia constituye para él un timbre de honor, nada menos que se sabe descendiente directo de gobernadores. Pero a la vez abraza su idioma natal el que le permite comunicarse con todos y cada uno de sus compatriotas.  Su natural parquedad y sencillez le permite penetrar en lo más profundo de las personas. Sabía escuchar y atender los sentimientos de sus paisanos como nadie otro hubo en el Paraguay de su tiempo. Tal quizá el distintivo para llegar hasta donde llegó.

Un detalle que remarcamos a raíz de ciertos comentarios poco afortunados de uno de sus descendientes por la vía del único hijo que se hizo liberal, constituye el color de la piel, el cabello y los ojos azules de Bernardino Caballero.  Personas con tales fisonomías no fueron abundantes pero tampoco escasas y provienen de un fenómeno sucedido en la época colonial. La expulsión de los jesuitas a mediados del siglo XVIII fue el final de un prolongado enfrentamiento entre españoles aliados a franciscanos contra los jesuitas. No nos referiremos a sus causas ni entraremos en detalles pues existe suficiente bibliografía acerca de estos hechos. Simplemente diremos que los sucesivos monarcas españoles debieron abordar tales reyertas para poner fin a la anarquía reinante que, por momentos, solo se tomaba un resuello, y seguidamente,  las peleas proseguían con más furia.  Fue así que a finales del siglo XVII el Santo Padre dio con la solución. A partir de ahí los reyes de España no solo nombrarían altos funcionarios a aquellos nacidos en suelos hispanos de su dilatado imperio sino a lo más granado del catolicismo de todos los tiempos como siempre lo fuera y lo es Polonia como Irlanda. A los irlandeses se los nombra, a los hijosdalgo de aquella isla terrible que hizo temblar hasta a los propios ingleses para conseguir luego de siglos de titánicas luchas su tan ansiada libertad. Varios de ellos vinieron con altos cargos. Y en ellos en lo sucesivo el monarca español podía confiar, aun más  que sus exaltados paisanos siempre tan individualistas,  pendencieros y proclives a esparcir intrigas y rumores maledicentes.

Por estas latitudes el rey designa a un gobernador apellidado Morfi. No se escribe así sino Morphy. Igualmente elige a cuatro hermanos de una honorable familia católica, apostólica, romana, los O’Higins. En su largo viaje dos de ellos quedan en Asunción y los otros dos prosiguen viaje a Chile donde uno ocupa un alto cargo. Más tarde, un descendiente paraguayo, Fulgencio Yegros, y uno chileno, Bernardo O’Higins resultan libertadores de Paraguay y Chile respectivamente. Hemos dado tan solo dos nombres y hay mucho más para comentar. Pero escapa al propósito de este epílogo aunque explica que la sangre vikinga y anglosajona circuló por estos lares y el fenómeno Caballero no es un hecho aislado. Bien, le hemos complacido a nuestro gratuito ofensor con esta explicación.

Prosigamos. Iniciada la guerra, Caballero, se apresta a combatir como lo vimos en el libro primero. Fue toda una escuela de un batallar sin sosiego bajo las órdenes de un hombre exigente como el Mariscal, de  cuidado, como lo habíamos apodado durante el relato de aquella contienda.  El aprendizaje castrense le servirá en la pos guerra para llegar al poder. Pero una vez allí, ya montado en el peor de los potros salvajes como constituye la administración de pasiones humanas, deberá recordar las recomendaciones de su maestro y de sus apreciados camaradas, el padre Fidel Maíz  y los coroneles Escobar y Centurión. Recordemos que el propio Mariscal recomienda a los redactores de El Semanario, que den a entender acerca de la posibilidad del pasaje de Curupayty y Humaitá por la flota del imperio y que ello no entrañaba peligro alguno pues ya estaba previsto el modo de la defensa. Así mismo, le recomienda al propio Caballero que calle cuando la conspiración hacía meses que se hallaba en pleno proceso. Comenzó a desarrollarse   en diciembre de 1867 y finalizó el 10 de julio de 1868 con la denuncia en que ese día se vio obligado a hacer el propio Mariscal en su cuartel de Paso Pucú. Entendió muy bien el alumno. El efecto político de saberse el pueblo acorralado en dos frentes había que evitar a todo trance. Por eso les recomienda el silencio a sus leales y  los envía de vuelta a los conspiradores a la capital cuando las primeras investigaciones en el campamento de  EL CEIBO, frente a la desembocadura del río Tebicuary, actual territorio de la provincia de Formosa, Argentina, territorio despojado al Paraguay. En dicho campamento improvisado escucha Caballero la filípica del Mariscal a su hermano Benigno cuando, lo compara con los propios macacos, apelativo peyorativo empleado por nuestro presidente para referirse al enemigo así se trate de brasileros, argentinos o uruguayos. Tantas cosas iba aprendiendo el alumno de su profesor que las iba fijando en su memoria. Pero quien oía con atención a su jefe tenía un genio inigualable, la prudencia y su capacidad para escuchar a todos y cada uno de sus camaradas, cualidades ya destacadas al principio de este epílogo. 

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