EL MARTIROLOGIO DEL AQUIDABANIGUI


Martirologio en el Aquidabaniguí El 1 de marzo...

             Luis Veron

El 1 de marzo de 1870 llegó a su término la guerra que el Paraguay sostuvo con la alianza del Brasil, la Argentina y el Uruguay, entre 1865 y 1870 y que sólo culminó con el aleve asesinato del presidente paraguayo a orillas del río Aquidabaniguí. Un tema siempre en discusión.
Un lustro duró la tragedia americana conocida como Guerra de la Triple Alianza o Guerra del Paraguay y que recién culminó con la muerte del presidente paraguayo y generalísimo de su ejército –o lo que quedaba de él–, cuando se llevó a cabo la postrera batalla de Cerro Corá.
Aún hoy, a poco más de 140 años de aquel dramático hecho, ese episodio americano es motivo de polémica y, cada tanto, por los motivos que fueran, las heridas dan muestras de difícil cicatrización.
Recordando aquel suceso y metiendo el dedo en la llaga, presentamos algunos testimonios de primera mano de origen brasileño de lo que sucedió aquella mañana del 1 de marzo de 1870 en el Amambay.
¿Qué pasó a orillas del Aquidabaniguí?
El 8 de febrero de 1870, los restos del ejército nacional comandados por el mariscal Francisco Solano López, llegaron al lugar denominado Cerro Corá.
Allí acamparon, a orillas del rumoroso arroyo Aquidabaniguí, en medio de un hermoso paisaje rodeado de serranías, razón de su toponimia: Cerro Corá.
Para tener una acabada idea de lo que ocurrió en ese lugar, en aquellos dramáticos momentos de nuestra historia nacional, recurramos a la memoria y a los testimonios de importantes testigos y protagonistas.
Un general y un obispo
El General Patricio Escobar, héroe de la Guerra de la Triple Alianza, sobreviviente de la batalla de Cerro Corá y ex presidente de la República (1886–1890), mantenía una sólida amistad con monseñor Juan Sinforiano Bogarín, obispo del Paraguay (1893–1949). En sus conversaciones repetía al ilustre prelado su deseo de acompañarle en sus giras pastorales, en la zona de Cerro Corá, para rememorar su época de luchas y visitar los lugares que le recuerden los sucesos de la guerra.
Un día convinieron realizar dicha gira, para lo cual previamente monseñor Bogarín remitió al general una carta en la que le decía: “Comunícole que Da. Constancia de Agüero me pondrá en la Villa dos mulas o yeguas mansas para carga y por toda la vuelta. El señor Quevedo estuvo en la Curia y por desgracia no me encontró pero aseguró a mi Secretario que me facilitará lo que necesite. Yo pienso pedirle caballos para trasladarme de Bella Vista a la Villa (Concepción), de regreso, más para mi traslado de la Villa a Aramburu no consigo aún caballos; cuento con los suyos; no obstante, si consigo, le comunicaré antes del 10 del corriente. Estoy resuelto, salvo fuerza mayor, a salir el 17 y partir de la Villa el 21 debiendo trabajar 2 o 3 días en Paso Mbutú.
“Deseo saber el nombre y apellido y el cuerpo a que pertenece, del soldado que conoce aquellos lugares y de quien me habló, afín de pedir al Ministerio por él. Salúdole con mi estima de siempre.
“Juan Sinforiano Bogarín”.
Con respecto del viaje que realizaron a Cerro Corá, monseñor Bogarín escribió un interesante relato que tituló Anécdota histórica de Cerro Corá, que transcribimos a continuación:
“Antes de describir mi viaje a Punta Porá –hoy Pedro Juan Caballero– que lo hice en junio de 1906, quiero dejar constancia de las conversaciones que años antes, he tenido con el General Patricio Escobar, hoy finado (había fallecido en abril de 1912).
“En más de una ocasión, me pedía el nombrado general que, si alguna vez tuviese que irme a Punta Porá, le avisase a tiempo para acompañarme hasta Cerro Corá, donde cayó prisionero al terminar la guerra –1864 a 1870– y deseaba volverlo a ver antes de morir a la vez que mostrarme la sepultura del mariscal Francisco Solano López.
“A esto yo le replicaba diciendo que de aquel entonces a la fecha de nuestra conversación, han transcurrido cerca de 50 años, que todo habrá cambiado allá; lo que era entonces campo sería hoy monte… motivo por el cual me parecía que le sería casi imposible hallar aquella sepultura. A este mi pesimismo contestaba que él se había fijado bien donde fue sepultado el Mariscal: en medio mismo de dos árboles que tendrían de diámetro de 4 a 5 pulgadas y distantes uno de otro, unas 8 ó 10 varas, y que si existen dichos árboles, esperaba encontrar el lugar y mostrármelo.
“Continuaba yo mis giras pastorales por los pueblos de la República, cuando me resolví misionar en aquel lejano pueblo de Punta del Porá; avisé al general comunicándole el tiempo de mi próxima visita a aquel apartado departamento y él fue a esperarme en su estancia ganadera de Aramburucué
“Llegado a la nombrada estancia, misioné allí durante tres días, al cabo de los cuales emprendí viaje para Cerro Corá, junto con el general y los sacerdotes que me acompañaban, quienes fueron: el Dr. Narciso Palacios y José Natalicio Rojas, llegando al histórico lugar nombrado el día 1º de junio a las 12.35 p.m., hospedándonos en un rancho, depósito de alambres custodiado por un brasilero de nombre Ovidio Freire.
“Hecha una ligera comida, montamos todos a caballo y nos dirigimos al lugar buscado. Llegados allí, el general detuvo su montado, quedó un momento pensando –como haciendo una reminiscencia– dirigió la mirada a su rededor y vio los dos árboles –a que más de una vez se refería mucho antes del viaje– que son de curupay–itá, distante uno de otro, unas 10 varas y teniendo cada uno de 17 a 18 pulgadas de diámetro. El general dijo: “De aquí al Paso–tuyá del río Aquidabánnigui habrá de setecientos a ochocientos metros; lo que verificamos de visu y lo encontramos a esa distancia.
“Perfectamente orientado el general Escobar, me dijo: “Monseñor, yo voy a ponerme aquí de rodillas para jurarle que en medio de estos dos árboles está la sepultura del Mariscal López”. Yo le contesté que no había necesidad de tal juramento, que me bastaba su categórica afirmación.
“A pocas varas del árbol, que quedaba al oeste del otro, había unas tres o cinco plantas de tala –juasy–y– lugar en que estaba la carpa de mando del mariscal y que muerto él –fue ocupada por el jefe brasilero, quien lo era el general Cámara. Me mostró el montículo –distante del lugar donde nos encontrábamos, unas 150 varas –al pie del cual había sido él (Escobar) colocado– siendo entonces coronel, promovido a general después de la guerra, acompañado de sus pocos soldados famélicos y conservando, allí mismo sus fusiles empabellonados.
“Me dijo más: ‘Prisionero yo, el general Cámara me hizo llamar y me preguntó si conocía al general Roa, le contesté que sí y que mucho lo estimaba; entonces me inquirió si no tenía inconveniente en ir a buscarlo y traerlo ante él a lo que yo contesté que con mucho gusto lo haría’. Y continúa el general Escobar: ‘Momentos después, se me trae un caballo ensillado y se me pasa una espada brasilera para ceñirme’, a esto dije que ‘no pudiendo llevar esa arma, iría sin ella’; se me pregunta el por qué, y yo contesté: ‘porque he jurado no tomar arma enemiga contra mi patria’. Dicho esto, ‘se me mandó entre mis soldados prisioneros y recién entonces fueron recogidos por fuerzas brasileras nuestros fusiles empabellonados’.
“Continúa el general Escobar: ‘Inmediatamente a mi negativa, hizo llamar al mayor Medina, vecino de Limpio, ya prisionero, quien –sin dificultad alguna– aceptó caballo y espada brasilera y –acompañado de un pelotón de soldados brasileños– se dirigió hacia la boca de la picada del Chirigüelo y, poco tiempo después, se oyó una descarga de fusilería y entonces me dije: Han matado al General Roa’”.
“Toda esta referencia me hizo el general Escobar durante nuestra ida de Aramburucué a Cerro Corá. Y dijo más: que, cuando estaban acampados cerca de la laguna de Capiivary las tropas del general Roa y la carretería a cargo del entonces coronel Escobar, un día aquél llamó a éste y le leyó la orden que acababa de recibir del Mariscal –quien se encontraba en Cerro Corá– mandando que hiciera atar sobre el pértigo de una carreta al mayor limpeño y lo condujera ante él para dársele el castigo merecido. ¿Cuál era su delito? Las familias que acompañaban al Ejército se habían quejado porque dicho mayor las había saqueado abriendo sus cajas e incautándose de sus alhajas, lo que había llegado a conocimiento del mariscal.
“Viendo el general Roa que, si cumplía la orden superior recibida, el referido mayor moriría martirizado antes de llegar donde estaba el mariscal. Hizo llamar al coronel Escobar –que era su íntimo amigo y confidente le expuso el caso y éste le dijo que, según su manera de ver, podía mandar al mayor preso y bien custodiado, detrás de una carreta, y que cuando salga de la picada del Chirigüelo –distante una legua larga de Cerro Corá–, se le atará al pértigo. Así resolvieron hacer.
“Pero, es el caso que cuando las carretas salían de la nombrada picada, fue atacado Cerro Corá por fuerzas brasileras y muerto el mariscal López, lo que, como era natural, causó una gran confusión. En este entrevero se escaparía y correría el mayor limpeño, de quien ya hemos hablado.
“El general Escobar me confesó que siempre ha creído que el aludido mayor habría sido el causante de la muerte del general Roa, y más lo confirmó lo que va a continuación. Me dijo el general Escobar que en cierta ocasión le visitó el mayor y, hablando ambos de episodios de aquella guerra, aquél preguntó a éste si alguna vez, se ha recordado del general Roa, y le contestó que si, entonces dijo: Cada vez que lo recuerde, rece por su alma, pues a él le debe Ud. la vida. Le relató la orden del Mariscal que había recibido de Roa para su prisión. Cuando el mayor oyó tan patético relato, ‘Ví, dice el General Escobar, que dos gruesas lagrimas se desprendían de sus ojos, y entonces me confirmó más en mi creencia de que él fue causante de la muerte del General Roa’”.
“Téngase en cuenta que –después de 30 años– estoy escribiendo esta anécdota, por eso me he olvidado constatar en su debido lugar, lo que sigue: Me dijo el General Escobar que a unos pasos de la carpa de López, fue muerto su hijo Pancho, de 18 años de edad, y coronel; que a una cuadra de allí, estando el vicepresidente Sánchez entre algunas carretas, se le intimó rendición, y él –sacando su espada– dijo: ‘un paraguayo no se rinde’ y entonces lo balearon, ignorando Escobar donde enterraron a estos dos. Como los soldados brasileros apenas enterraron la mitad del cuerpo de López, se presentó madame Lynch ante el general Cámara pidiendo permiso para hacerlo sepultar y –habiéndosele concedido la gracia solicitada– hizo cavar en el mismo lugar una fosa de una vara de profundidad y lo enterró”.
“Continúa la narración del general Escobar. Me mostró el lugar mismo en que se entregó por prisionero refiriéndome las circunstancias que rodearon al hecho, y es como sigue: Encargado de la conducción de las carretas, en que venían documentos de guerra, enfermos… y en medio de la picada de Chirigüelo, vio en el monte, a unas varas del camino a una señorita, (cuyo nombre y apellido me contó, pero los he olvidado) a quien fue a verla y le pregunta él por qué no seguía en la comitiva, a lo que ella respondió llorosa diciendo: que su mamá no podía ya caminar por habérsele desollado las plantas de los pies, y que por eso, quedaba allí para atenderla. Entonces el coronel Escobar reunió a los pocos soldados que tenía y se adelantó con ellos para prestar auxilio a los que estaban en Cerro Corá. Algunas cuadras antes de llegar topó con un capitán brasilero que conducía como cien soldados, quien le ordenó se rindiera porque López había muerto y la guerra estaba terminada.
“El Coronel Escobar le dijo que: si López ha muerto la guerra estaba terminada, pero que el no se entregaría si no se le comunicaba por escrito la muerte del mariscal; a esto el capitán brasilero saca su revólver para tirarle, cuando se presentó entre los dos contendientes aquella misma señorita –cuya madre con los pies desollados venía en la carreta– y dice al capitán ‘Señor, no mate a este hombre –se refería a Escobar– que es nuestro salvador’.
“Al ver sorprendido el capitán la actitud enérgica y decidida de la señorita, preguntó quién era ese jefe, a lo que éste contestó: ‘Yo soy el coronel Escobar’; al oír esto, aquél preguntó: ‘¿Es Ud, el coronel Escobar?’ Y cuando éste le dijo sí, sacó del bolsillo de su chaqueta una tarjeta y se la entregó. En dicha tarjeta decía un alto jefe brasilero: ‘Cuando encuentren al coronel Escobar trátenlo con toda consideración’. Donde estará esta tarjeta? El general Escobar me dijo que la tenía entre la colección de sus papeles; ¿en manos de quién estará hoy? ¡Dios lo sepa!
“El capitán brasilero –atento a la exigencia y ley de la guerra– mandó ante el comando a un soldado en busca de la orden escrita o sea la constancia escrita de la muerte de López, y recién entonces el coronel Escobar se dio por prisionero con su poca y debilitada tropa.
“Dormimos sobre nuestra calcha, al día siguiente 2 de junio de 1906 ensillados los montados, me despedí del General Escobar –quien regresaba a Aramburucué para seguir viaje a Punta Porá– y me dijo: ‘Mi Obispo, algunas cuadras más allá del arroyo Chirigüelo, a la izquierda del camino si éste no se ha cambiado, habrá una planta de donde salen tres ramas, si la encuentra, rece un responso por el alma de Venancio López –hermano del Mariscal– quien murió allí’. Efectivamente, a poca distancia, después de pasar el citado arroyo, encontré la planta –guayayví– con tres ramas salidas de un mismo tronco; allí me detuve rezamos junto con mis sacerdotes, responso por el alma del finado”.
“Aquí terminó el relato que me hizo el general Patricio Escobar y del viaje que hicimos hasta Cerro Corá. Yo no pongo en duda toda la anécdota que me refirió, pues, me consta conocerlo bien –que era hombre muy observador y veraz en relatos históricos”.
Juan Sinforiano Bogarín, Obispo. Asunción, septiembre de 1936.
Ahora veamos, según testimonios de primera mano de origen brasileño, realmente, qué ocurrió aquel 1 de marzo de 1870, en el Amambay.
No fue Chico Diabo
“El 1° de marzo de 1870, en las riberas del Aquidabán, el mariscal Francisco Solano López fue muerto por un lanzazo de Chico Diabo (José Francisco Lacerda)”. Esta es la versión oficial, pero hay testimonios que la contradicen. Los testigos oculares de la muerte de López niegan que éste haya sido muerto por un lanzazo de José Francisco Lacerda.
Por ejemplo, la declaración del mayor José Portes de Lima Franco, secretario del general Cámara, hecha la profesor Francisco Assis Cintra, el 20 de mayo de 1920 en Sao Paulo, refiere que “el 1° de marzo de 1870 yo formaba parte del Estado Mayor del general Cámara, como su amanuense, y, con el mismo general, asistí a la muerte del Dictador, que murió por heridas de bala y no por un lanzazo. Cayendo junto a la zanja del Aquidabán; fue López alcanzado por el Estado Mayor de Cámara y nosotros, los de ese Estado Mayor, verificamos que el Dictador estaba herido de bala. Entonces, aproximándose, dijo el general al mariscal paraguayo: ‘– Entregue su espada. Yo, general que comando estas fuerzas, le garantizo su vida’. A lo que respondió el mariscal: ‘–¡Muero por mi patria!’ y lanzando un golpe de espada, ésta tocó la fusta del general Cámara, que se encontraba cerca. Entonces, dijo el general: ‘–Desarmen a ese hombre y tráiganlo a las tiendas’. En ese momento, un soldado se aproximó a López y lo hirió nuevamente, diciendo: ‘–¡Incluso usted, mi general tiene contemplaciones para con este hombre!’, y, de esta forma, López cayó al suelo herido de muerte. Posteriormente, su cadáver fue saqueado y colocado boca arriba, siendo cercado por media docena de oficiales. Un alférez del norte se aproximó rápidamente al cadáver y con un facón cortó la oreja izquierda del mariscal paraguayo, diciendo: ‘–¡Fue una promesa que hice en mi tierra, llevar la oreja de López!’. El acto mereció la reprobación de todos los presentes. Luego que López murió, llegó el coronel Jóca Tavares y señalando la herida que el mariscal tenía en el vientre, dijo a unos médicos que hasta allí llegaron: ‘–¿No es una herida de lanza?’. Respondiéndosele: ‘–Parece’. Los médicos apenas observaron el cadáver, sin examinarlo. Verifiqué luego la herida. Era de bala. Llegando la madre y las hermanas de López, aquella se mostró muy conmovida e inconsolable, al tiempo que una hermana suya decía, sin signo alguno de piedad: ‘–¡No llores madre, que este hombre no supo ser ni hijo ni hermano!’. Madama Lynch, obsequiándome un paquete de habanos que tenía en su carruaje, y sabiendo que el general Cámara me había encargado la misión de enterrar el cadáver de López, me pidió encarecidamente que enterrase juntos a padre e hijo (López y el coronel Panchito). Atendí a su pedido, ordenando que la fosa fuera abierta por paraguayos y asistí al entierro de ambos. Al día siguiente, cuando nos marchábamos a Concepción, el coronel Jóca Tavares dijo en el Estado Mayor: ‘–Quien mató a López fue mi trompetista mayor, Chico Diabo. Le había prometido un ciento de Reis en dinero, pero le daré eso en ganado, para que no gaste muy de prisa’. El general Cámara y el mayor José Simeäo se volvieron hacia Jóca Tavares, pero no dijeron nada, a pesar de saber que López no había sido muerto por Chico Diabo, porque el coronel Jóca era violento, impulsivo y muy temido. Era un valiente militar. Días después, José Simeäo fue el encargado de redactar el relatorio o parte oficial para que el general Cámara lo firme. Escrito en tiras de papel, lo copié y lo entregué, siendo firmado por el general, con fecha de 13 de marzo de 1870. Así, como testigo ocular de la muerte de López, afirmo bajo mi fe de veterano de la patria y de hombre de bien, que Chico Diabo (José Francisco Lacerda) no fue el ultimador de López, que pereció victimado por un tiro y no por lanzazo”.
Fue Joao Soares
Según el testimonio del ayudante Franklin Menna Machado, hecha el 26 de mayo de 1920 y publicado en el Jornal do Comercio, de la ciudad de Pelotas, “–Atacando el paso del Aquidabán y tomando a la fuerza, pudimos felizmente, llegar al campamento de López. El dictador, en ese instante, habiendo sido encontrado por el coronel Joao Silva y su Estado Mayor, trató entonces de huir, escuchándose de todos los lados gritos de ‘–¡Ahí va López!’. El general Cámara ordenó perseguir implacablemente a López; entonces, yo y el teniente Alfredo Miranda Pinheiro da Cunha, también ayudante del general, y dos plazas más, uno de ellos Francisco Lacerda, nos adelantamos en la dirección que suponíamos conducía a López. Llegando a cierto lugar, vimos –a una cierta distancia, cerca del bosque– a López caminando y sin sombrero, y acompañado de dos ayudantes. Más tarde, él y sus ayudantes se dirigieron hacia la tienda del Aquidabán–mbigüí. Bajando a dicho barranco, López se volvió con sus ayudantes y, con la espada en guardia, nos enfrentó. En este instante dirigí al grupo que estaba a diez paso más o menos, un disparo de revolver, que hirió a López gravemente en el vientre, zona que se tiñó inmediatamente de sangre; volví a disparar, verificando que también había alcanzado a López en el vientre. En ese momento, el tirano cayó de rodillas, pero empuñando todavía la espada. Uno de sus ayudantes huye y el otro cae muerto por una bala disparada por el soldado Joao Soares (un plaza que nos acompañaba, hijo de esta ciudad y habitante de la costa de Pelotas). En ese ínterin, llega el general Cámara e intima a López a rendirse, diciéndole que garantiza su vida y que él es el comandante de aquellas fuerzas; López respondió que no se rendía y que iba a morir por su patria. Ordenó, entonces, el general Cámara a un soldado del 9° Batallón de Infantería que lo desarmara. El Dictador hizo movimiento con intenciones de herir al general Cámara; acto seguido, dicho soldado le sacó la espada y López cayó a tierra, agonizante. En ese momento, otra bala disparada por el nombrado soldado (Joao Soares) llegó a herir a López en el hombro”.
Este testimonio está confirmado por una declaración hecha 21 de abril de 1870 en Concepción por otro sobreviviente, el alférez Etelvino José Dos Santos, escribiente del Estado Mayor y perteneciente 19º Cuerpo Provisorio de Caballería de Guardias Nacionales.
Por su parte, el soldado Joao Soares, el 4 de abril de 1870 en Concepción, testificó que acompañó “al teniente Franklin Menna Machado en la persecución al tirano del Paraguay, y que ví al mismo teniente herir mortalmente en el vientre al mariscal y que, cuando disparé un tiro de mi arma al hombro mismo del mariscal, en la barranca del Aquidabán, éste ya se encontraba herido de muerte por el teniente Franklin. Testifico además que el cabo Francisco Lacerda, que nos acompañaba, al ver a López entrar en el monte, me ordenó ir a dar parte al coronel Jóca y galopó en dirección a aquel coronel, que en el campo dirigía la caballería. Cuando el cabo Lacerda llegó junto al coronel Jóca Tavares, el tirano ya había muerto, no asistiendo a su muerte”.
Otras versiones
Según el teniente Alfredo Miranda Pinheiro da Cunha, en declaración hecha en Paysandú el 31 de marzo de 1870, cuando llegaron al campamento paraguayo de Cerro Corá y persiguieron al general paraguayo, “–Los animales no podían seguir avanzando. López se apeó rápidamente, se quitó la camisa y desapareció entre los árboles. Entretanto, llegando más gente, Simeäo dijo al general Cámara, que se aproximaba al galope ‘–López está allí!’–. El general hizo un gesto de duda, se apeó y entró al monte. Tras éste corría el Aquidabán, casi un arroyuelo. El tirano estaba dentro del agua, hasta las rodillas, intentando alcanzar la orilla opuesta; el compañero le extendía la mano. El general Cámara también se metió en el arroyo. ‘–Entrégate mariscal, ordenó, soy el general brasileño’. López dio un golpe en la dirección de Cámara y ya en tierra cayó de rodillas. ‘–¡Muero con la patria!’, exclamó. ‘–Desarmen a ese hombre’, ordenó Cámara. Un soldado del 9° de Infantería se abalanzó sobre él y lo tomó de los puños a pesar de su resistencia. En la lucha, López cayó dos veces dentro del agua y habiéndosele hundido la cabeza, volvió a salir buscando ansiosamente la respiración. En esos angustiosos instantes, un soldado de caballería vino corriendo y descargó sobre su flanco izquierdo un tiro a quemarropa, que le fue directo al corazón. López cayó, y gran cantidad de sangre corrió de su boca y nariz; sus pies quedaron sumergidos en el agua, el cuerpo extendido en la margen izquierda. Estaba sin gorro, de pantalones azules con galón de oro, camisa fina, chaleco, botas Millie. En el bolsillo del chaleco tenía un reloj de oro, que el general Cámara obsequió a uno de los museos de la Corte. En la tapa superior, se veían las tres letras iniciales de la firma F.S.L.; en la otra, los escudos de la República: el gorro frigio sobre un mástil, cuyo pie descansaba al lado del león de Castilla y las palabras: Paz y Justicia; en el anverso: República del Paraguay. En el bolsillo de la blusa había dos estilógrafos, un anillo de marfil con la habitual inscripción de vencer o morir, que el coronel Tavares recogió y ofreció a Su Alteza., además de algunos papeles en blanco”.
La declaración de otro protagonista de Cerro Corá, el mayor José Simeao de Oliveira, mencionado por Alfredo Miranda Pinheiro da Cunha, confirmando que el que mató al mariscal López fue el soldado Joao Soares, refiere que “– …dirigiendo la persecución al ex–Dictador Francisco Solano López, indiqué a un grupo del que formaba parte el alférez Franklin Menna Machado la dirección en que huía López y ese teniente, pero el teniente Alfredo Miranda Pinheiro da Cunha más un sargento y dos soldados, galoparon en dirección al mariscal, viendo yo que ellos disparaban sus armas sobre el fugitivo que, al ser alcanzado por el alférez Franklin, fue herido gravemente por él, como pude observar después de haber examinado el cadáver del ex–Dictador. Cuando llegó el general Cámara, el mariscal estaba gravemente herido por los tiros de revólver disparados por el alférez Franklin. Recibiendo orden de rendirse y desobedeciendo a tal orden, luchó con un soldado que intentaba desarmarlo, siendo herido más una vez con un tiro en la región clavicular izquierda, expirando en esa ocasión, siendo su último agresor el soldado Joao Soares”.
Cámara vs. D’Eu
Según el parte enviado por el general José Antonio Corrëa da Cámara, redactado el mismo día de la finalización de la guerra, dio cuenta lo siguiente:
“Campamento en la izquierda del Aquidabán, 1° de marzo de 1870.
“Ilustrísimo y Excelentísimo Señor:
“Escribo a V. E. desde el campamento de López en medio de la sierra. El tirano fue derrotado y no queriendo entregarse fue muerto al instante. Le intimé la orden de rendirse cuando ya estaba completamente derrotado y gravemente herido y, no queriendo, fue muerto.
“Doy los parabienes a V. E. por la terminación de la guerra, por el completo desagravio que ha tomado el Brasil del tirano del Paraguay. El general Resquín y otros jefes están presos.
Dios guarde a V. E.
José A. Correia da Cámara
Esta conforme
Alfredo de Escragnolla Tavares
Capitán
Al excelentísimo Mariscal de Campo Victorino José Carneiro Monteiro (Archivo Militar).
En correspondencias posteriores confirma que no fue Chico Diabo el asesino del mariscal López. Por ejemplo, en una carta a un periodista del diario La Nación de Buenos Aires, fechado el 4 de abril de 1870 refiere que López “procurando resistir, fue muerto. Y así las balas de nuestros soldados pusieron término a la vida de López”. Años después, seguía sosteniendo la misma versión. En una carta dirigida al consejero Schneider el 9 de marzo de 1883, decía: “El cabo Francisco Lacerda no fue quien ultimó al mariscal López. López murió por herida de bala recibida en el vientre y de esa exposición verídica nadie tiene derecho a dudar para creer en lo que dicen los mal informados”. Tres meses después, el 10 de junio de 1883, en una publicación periodística publicada por A Reforma, relataba que “Nunca revelé el nombre de quien hirió al mariscal López y negué que pudiese haber sido el cabo a las órdenes del Sr. Coronel Silva Tavares, porque no lo vi entre los soldados que perseguían al Dictador”.
El Ministerio de Guerra brasileño confirma las versiones contrarias a que fue Chico Diabo el asesino del mariscal. Según documentos del Ministerio de Guerra brasileño, fechados en 1871: “El último tiro disparado en las márgenes del río Aquidabán fue realizado por un soldado brasileño, que así puso término a la guerra de cinco años, la cual nos provocó y nos hizo el feroz dictador del Paraguay”.
Por su parte, el general Francisco Alves de Nacimiento Pinto, teniente cuando los hechos de Cerro Corá, a pedido del profesor Francisco Assis Cintra declaró que estando en Concepción en ocasión de la muerte de López y del regreso de las tropas del general Cámara de Cerro Corá, escuché de los testigos que el Dictador había muerto por tiro y no por un lanzazo enviado por Chico Diabo”.
La versión de que fue Chico Diabo el autor del asesinato del mariscal López provino de una imprudencia del príncipe Gastón de Orleáns, conde D’Eu y generalísimo de las fuerzas aliadas: En un parte oficial, fechado en Rosario, el 13 de marzo de 1870, señaló que “Por comunicaciones verbales y otras sin carácter oficial, pasibles de error, constan los siguientes pormenores:… –El ex–Dictador, no queriendo atender a la orden de rendirse, fue muerto por un cabo del cuerpo 19° de Caballería, conocido por el nombre de Chico Diabo”.
Algún tiempo después, el conde D’Eu rectificó su versión y así se lo dijo a su hijo Luiz de Orleans y Braganza, quien publicó dicha información en su libro Sous le Croix du Sud./
Tres documentos sobre el martirologio del mariscal
Según cuenta el historiador R. Antonio Ramos, en el Archivo del Instituto Histórico y Geográfico Brasileño existen tres documentos sobre la muerte del Mariscal Francisco Solano López. Dos de ellos firmados por el general José Antonio Correa da Cámara, jefe de las fuerzas brasileñas en Cerro Corá, y el tercero por el Barón de Muritiba, ministro de guerra del Imperio.
Los dos primeros son los partes del general Correa da Cámara sobre la Batalla de Cerro Corá. El uno fechado el 1º de marzo de 1870 en el campamento de la izquierda del Aquidabán, comunicando la muerte del Mariscal López, en el cual decía que estando éste “completamente derrotado y gravemente herido” y no queriendo rendirse fue muerto a la vista del jefe brasileño.
Este documento fue redactado inmediatamente después de la muerte de López, expresaba la verdad y los sentimientos de Correa da Cámara como consecuencia del memorable suceso. Estaba escrito a lápiz y en papel común de diario. Su estado de conservación es más o menos satisfactorio. Como estaba doblado, algunos de sus bordes están ligeramente deteriorados, pero su lectura es todavía fácil.
El otro está fechado el 3 de marzo de 1870 en el “Campamento en marcha en arroyo Guazú”, también firmado por el general Correa da Cámara. En él se expresa: “El dictador expiró a mi vista, intimándole yo la orden de rendirse”. Luego da detalles de la acción del 1º de marzo, mencionando los muertos en la batalla, los prisioneros y la destrucción del archivo del Mariscal López.
Este documento ya está escrito con tinta en un papel cuadriculado, con buena caligrafía y su estado de conservación es mejor que el del parte del 1º de marzo. Su lectura, sin embargo, se encuentra dificultada por los parches puestos para evitar mayor deterioro de los bordes por haber asimismo estado doblado.
Los dos documentos están dirigidos al Mariscal Victorino José Carneiro Monteiro, comandante en jefe de las fuerzas brasileñas al norte del Manduvirá.
Con el tiempo dichos documentos quedaron en poder del historiador Dr. Claudio Ganns, bisnieto del vizconde Mauá, quien los donó al Instituto Histórico y Geográfico Brasileño. La carta con la cual los remitió, dice textualmente:
“Río de Janeiro, 14 de junio de 1946. Ilmo. Señor Embajador José Carlos de Macedo Soares, M. D. Presidente del Instituto Histórico Atentos cumplimientos. Tengo la honra de ofrecer, acompañando a ésta, dos importantes documentos manuscritos, relativos a uno de los puntos culminantes de nuestra historia: la terminación de la Guerra del Paraguay. Son ellos: a) el billete a lápiz, fechado el 1º de marzo de 1870, del Brigadier José Antonio Correira da Cámara, al Mariscal de Campo Victorino Carneiro Monteiro –firmado en el campamento a la izquierda de Aquidabán– dando la primera noticia de la muerte del mariscal Solano López, momentos antes ocurrida; b) la carta, fechada el 3 de marzo del mismo año, firmado en el campamento Arroyo Guazú, también del mismo Brigadier al referido Mariscal, dando detalles sobre ese histórico acontecimiento. Ambos documentos pertenecieron al fallecido senador Victorino Monteiro, hijo del destinatario, que, hace muchos años los ofreció a su secretario, el fallecido periodista Enrique Melo, redactor de ‘Patria’, que hace cerca de diez años nos ofreció. Copia del billete fue reproducida en la época, en aquel diario carioca, de donde la reprodujo en uno de sus libros el historiador paraguayo O’Leary, de cuya copia aquí se envía el original. También en el Instituto, el tenor de ellos fue reproducido en la tesis sobre ‘Misión Gral. Mitre al Brasil’, que el Sr. Paulo de Medeyros escribió para el congreso de Historia Nacional (reprod. En los respectivos Anaes, vol. 3º pag. 359), donde se lee que el documento original se encontraba en el archivo del Instituto Histórico. Se ve pues que la cita era autorizada por mi y que desde aquella época tenía ya el propósito de donar los importantes documentos para nuestros archivos. Los dos documentos y copia en papel transparente están acompañados de dos reproducciones fotostáticas hechas en el Ministerio de Relaciones Exteriores, donde quedó otra copia; otras dos fueron ofrecidas por mi a los ilustres escritores paraguayos Srs. Justo Pastor Benítez y Antonio Ramos. Creo que el Instituto recibirá esta oferta con el tradicional espíritu de celo y cariño por las cosas de nuestro pasado, que es la característica de esa ilustre corporación. Válgome de la oportunidad para reiterar a V.E. mis protestas de mejor aprecio y consideración. De V. S. ador. Ato. E obrdo. Claudio Ganns”.
El tercero de los documentos es una nota del Barón de Muritiba al consejero José María da Silva Paranhos, enviado especial del Imperio del Brasil al Paraguay, fechada el 4 de abril de 1870, en la cual se hacen consideraciones sobre la muerte del Mariscal López y otros aspectos derivados de ese suceso. El documento pertenece al Archivo del Barón de Río Branco, obrante en el archivo de Itamaratí. Copia del mismo fue sacada por el mayor Mario Barreto y donada al Instituto Histórico y Geográfico Brasileño a pedido del Dr. Max Fleiuss, Secretario Perpétuo de dicha corporación.
A continuación reproducimos la carta de Mario Barreto a Max Fleiuss remitiéndole la copia de la aludida carta del Barón de Muritiba.
Dice así:
“Río de Janeiro, 10 de junio de 1924
Excmo. Sr. Dr. Max Fleiuss
Cordiales Saludos
“En el curso de una de nuestras conversaciones en el Instituto sobre el magno asunto de la Historia Patria –la guerra del Paraguay– manifestasteis el deseo de poseer una copia, autenticada por mi, de una cara que el Barón de Muritiba escribió en 1870 al Consejero J. M. da Silva Paranhos, siendo entonces éste ministro y enviado plenipotenciario del Brasil en el Paraguay y aquél Ministro de Guerra del gabinete Cotegipe. (1)
Juzgasteis, como yo, de gran valor histórico la referida carta, por lo que me pedisteis que os proporcionase el placer de poseer el Instituto, de que sois el digno Secretario Perpetuo, una copia de esa carta, que, dado su carácter privado, sería puesta en clausura. (Lo subrayado es del texto).
Ante el patriótico pedido del historiador patrio, a quien ya tanto debe el Brasil, no podría dejar de atender rápidamente la tan gentil solicitud.
Por lo que ahora desobligándome de la promesa que os hice, pongo en vuestras manos la copia auténtica de la misiva del 4 de abril de 1870, firmada en esta Capital por el barón de Muritiba y dirigida al preclaro Consejero J. M. da Silva Paranhos.
“Sin más soy de V. Sa. Atento compatriota.
“Mario Barreto.
La nota del Barón de Muritiba dice lo siguiente:
“Río de Janeiro, 4 de abril de 1870.
“Ilmo. Y Excmo. C. de E. José María da Silva Paranhos.
“Acuso recibo de las cartas con que V. E. me obsequió el 14 y 15 del pasado y a ellas voy a responder.
“Con los oficios de S.A. me llegó el que dirigió el General Cámara a Victorino narrando los movimientos que dieron el resultado decisivo de la guerra en el gran hecho del 1º de marzo en Cerro Corá. Hice luego publicar todo con la mayor presteza, pero confieso a V. E. que con cierto recelo de ser aquel hecho anublado por alguna apariencia de exceso en cuanto a la muerte de López. En verdad el oficio de Cámara deja ver que el enemigo podía ser aprisionado sin la menor dificultad atendiendo al estado en que se hallaba. Faltan aún pormenores completos del gran acontecimiento y cuando Cámara tuviere de escribirlos sería de mucho provecho para entera gloria de él que hiciese desaparecer aquella nube sospechosa. V.E. puede guiarlo bien por ese camino y destruir así el arma con que nos quieren herir los descontentos y de que sin duda usarán los partidarios de López de los Estados Unidos y en Europa.
“Vea V. E. si consigue además este triunfo.
“El Emperador se admira de que Cámara no hiciese autenticar la muerte de López por medio de un examen en regla para ser debidamente publicado. Entiende él que esto aún puede tener lugar por saberse que fue sepultado en una choza próxima a su tienda después de habérsele sacado la levita y el chaleco de paño azul, dejando el cadáver con las botas y el pantalón también azul galoneado. Si V. E. piensa que es posible satisfacer el deseo de S. M., considero que no será malo. Si hubiere inconveniente basta enviarnos el examen, que consta haber hecho en el cadáver el Cirujano Costa Lobo, no se si por orden del General o de otro.
“S.M. me recomienda mucho esto y yo le pido e insto a V. E.
“Igualmente no consta aquí el fin que tuvieron el Archivo y papeles de López y si es exacto el rumor de haber sido destruidos por las mujeres y tal vez por la soldadesca. Lo mismo acontece con el bagaje del fallecido y de la gente de su séquito, cuya mención no se hace en los partes oficiales.
“Fueron bien merecidos los arcos triunfales levantados en honor de Cámara, Paranhos y otros, sin embargo, menos perecederos serán los que la historia de esta larga guerra les hace erigir.
“Antes de recibir la de V. E. Cámara ya estaba hecho Vizconde y Mariscal, puesto éste que desde la muerte de Lisboa le reservé en consecuencia de la fe que V. E. me infundió de ser él quien había de concluír gloriosamente la guerra. El digno Sr. Paranhos y Mesquita son también recompensados por sus eminentes servicios con el puesto de Brigadier, además de lo que han de tener. Silva Tavares nunca puede ser olvidado y como no es de línea tendrá las honras del puesto inmediato y creo que un título. Por igual motivo se procederá respecto de Bento Martins. Estamos de acuerdo en dar pensión a Cámara y a los otros beneméritos que de ese favor necesitaren.
“El ilustre Mariscal Victorino tendrá también un título con grandeza, como ya se resolvió y haremos lo mismo con Polydoro.
“Se dio a Cámara el de Pelotas por saberse que él lo desearía por haber sido el del Teniente General, su abuelo.
“Al Cabo Xico (Chico Diabo) no quiere el Emperador consentir que se le den las honras militares al menos en cuanto no desaparecieren las sospechas a que ya me referí.
“Aún no le hablé de la pensión de dicho cabo, pero él recordó la conveniencia de contentarlo con dinero. Oigo que en el Tesoro están depositados más de 20 contos, prometidos por diversos, a quien matase a López: no se si es verdad.
“Va por este vapor (Werneck) el indulto a los desertores en términos que se me parecen satisfactorios: trabaje V. E. para que él sea conocido por todos los interesados.
“Mucho estimé el reconocimiento de Cámara en cuanto a los relevantísimos servicios de V. E. que en efecto deben quedar con esto bien recompensados del olvido de S.A.
“En esta ocasión remito la exoneración pedida por el Príncipe del Comando del Ejército, y le repito lo que en otra dije sobre su substitución en el mismo Comando que será por poco tiempo atendiendo al pronto regreso de las fuerzas del Imperio, sobre lo que ahora renuevo las órdenes. En este asunto lo que hay sobre todo de importante es la conservación de nuestras fuerzas del Imperio, sobre todo de importante es la conservación de nuestras fuerzas en el Paraguay. V. E. ya está enterado de mi pensamiento y el del Sr. Itaborahy y pienso que el de todos los colegas como le expondrá el Sr. Cotegipe. La estipulación obligatoria para nosotros, en cualquier caso, es inadmisible: pero puede darse la facultativa, De la cual probablemente no haremos uso porque no deseamos nuevas complicaciones; eran sospechosas a todo el mundo las pretensiones respecto al engrandecimiento a costa de Paraguay o de cualquier otro vecino, y tampoco queremos ingerirnos en sus negocios domésticos.
“En mi V.E. debe apresurar mucho la conclusión del tratado preliminar y del definitivo si fuera posible, para que después de retirado nuestro material, sean igualmente retiradas nuestras fuerzas, como todo aconseja. Bien puede ser que esto no sea lo más prudente y entonces V.E. nos aconsejará el camino que cumple tomar. El emperador parece nutrir una opinión al principio se mostrase vacilante.
“Pedí a V. .E un Presidente para Matto Grosso y todavía V. E. no me respondió, probablemente porque mi carta se hallaba en viaje.
“Por El del Sr. Su hermano me parece divisar no estar él lejos de aceptar este encargo visto como se realiza su promoción y no es probable la conservación de nuestra fuerza en el Paraguay salvo por el tiempo necesario para las negociaciones y retirada de nuestro material, esto es, por dos o tres meses más.
“Juzgamos ya excusada la Intendencia del Ejército y estoy preparando unas instrucciones para que ella regrese quedando solamente una caja militar. Lo mismo me parece en cuanto a la Junta de Justicia, que en mi manera de pensar fue siempre inútil o por lo menos era dispensable atendiendo que los generales en jefe nunca cuidaron en dejar expedita la justicia militar. No mando orden positiva para que ésta deje el Ejército, por suponer que es una consecuencia de la general cuanto al regreso del Ejército, aún antes de que éste se torne completa. El Sr. Cotegipe llevó ayer para subir a la firma el Decreto de indulto y hasta esta hora (2 de la tarde) no lo devolvió ni me consta que él mismo descendiese de Petrópolis, Hago ahora un telegrama preguntando lo que hay y mando demorar el vapor hasta recibir la respuesta.
“Cada ves más obligado a V. E. por la extrema bondad con que me tiene honrado, reitero las protestas de subida estima como De V. E.
“Amº. affº. ob. cª. obe. S.
Barón de Muritiva
“P. S. El Príncipe mandó al emperador la espada de López, que tuve órden de colocar en el museo militar, donde ya se halla.
“Al remitir la copia de esta nota el mayor Mario Barreto decía que era un documento de “carácter privado” y que por consiguiente debía ser puesta en “clausura”. Por su parte Max Fleiuss en el margen de la primera página de dicha copia escribió: “Archívese, declarando en la cubierta que este documento es reservado. No puede ser permitida la lectura. Río, 13 – 6 – 24”. (Lo subrayado es del documento). Actualmente se han cancelado la “clausura” y la prohibición de la lectura que pesaba sobre la comunicación aludida. Ella está a la libre disposición de los investigadores y estudiosos.
Este documento es de una gran importancia para fijar la verdad sobre la muerte del Mariscal López. Esta nota que llegó a noticia de Correa da Cámara, ya Vizconde de Pelotas, provocó la que éste dirigió al ministro de guerra, Barón de Muritiba, desde Asunción, el 30 de abril de 1870, en la cual da una versión diferente sobre la muerte del Mariscal López que la que dio en su comunicación del 1º de marzo antes aludida. De acuerdo con los deseos de su gobierno, de esta vez, escribió su relato para su resguardo ante la historia en provecho de su “entera gloria” como decía el Barón de Muritiba a Paranhos. Pero la verdad estaba en su primera comunicación del mes de marzo.
1. En el margen de esta página se lee: “El gabinete de entonces –16 de julio de 1868– 29 de setiembre de 1870, no era presidido por el barón de Cotegipe, sino por el Vizconde de Itaborahi. Cotegipe era ministro de marina. M. FLEIUSS”.

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2 Responses to EL MARTIROLOGIO DEL AQUIDABANIGUI

  1. Espectacular el articulo y sus pruebas documentales!!!FELICITACIONES!!!

  2. Espectacular el articulo y sus pruebas documentales!!! FELICITACIONES!!!

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