EL VIA CRUSIS DE CERRO CORA


Bernardino Caballero, El Auténtico, Libro Primero, de nuestro director

La llegada al sitio del holocausto

El día 8 de febrero de 1870 llega la columna de fantasmas de carne y hueso al lugar elegido por su conductor para librar la batalla final por la dignidad de la patria. Cubiertos de harapos han traspuesto la larga picada del Chiriguelo en medio de lluvias torrenciales, por terrenos por momentos pantanosos y en algunos trechos pisando afiladas rocas que hieren los pies al extremo de manar sangre, la poca que mantiene el cuerpo vivo de aquellas tropas fatigadas al extremo infinito, siguiendo los pasos de su empecinado conductor, el presidente de la República del Paraguay.

Hacen lo propio los jefes y oficiales ya casi sin distintivos, confundidos con sus soldados y sirvientes, unidos en el dolor y la fe como una masa uniforme sabedora de haber sabido cumplir con su deber. El largo trecho iniciado en Zanja Hú ha dejado en el camino a 5.000 hombres. Mil corazones entregan sus vidas en las varias escaramuzas libradas con el invasor por esas latitudes, mientras otros o siguen su misma suerte como consecuencia de sus heridas o perecen de hambre o por enfermedades. Otros se rinden lealmente al enemigo en el campo de batalla ya sin armas ni municiones. Pero un considerable número de paraguayos pierde la fidelidad y deserta premeditadamente como el jefe de la escuadra, capitán Romualdo Núñez, el cual por lo menos evita colaborar contra su patria como un postrer consuelo a su débil espíritu. Los menos, no solo abandonan su barco y a su timonel a punto de zozobrar, sino que se ofrecen a los invasores para servirles de baqueanos y así ayudar a encontrar a la presa que tan afanosamente buscan.

El médico Cirilo Solalinde y el teniente coronel Silvestre Carmona (el otro del mismo apellido), aprovechándose ambos de la confianza del Mariscal, se pierden en la espesura hasta dar con unas patrullas enemigas a quienes informan del paradero elegido por aquel para librar su defensa final. Silvestre Carmona días antes de tomar tal determinación recibió un injusto maltrato verbal por parte del coronel Juan Francisco López Linch. Quizá a ello obedezca su actitud dado que su foja de servicios constituye un ejemplo para muchos. Desde Itapirú hasta Cerro Corá se condujo con honor batiéndose en casi todas las batallas de la guerra. Esto prueba el estado calamitoso en que se hallan nuestra últimas huestes. El temperamento humano llega a extremos insoportables y un mal paso es dado como una reacción sin detenerse a pensar en las consecuencias.. Respecto al médico Solalinde es bueno recordar su pronta intervención cuando el Mariscal a punto estuvo de morir de cólera en Paso Pucú tras intentar beber agua cruda en su desesperación. El salto felino del galeno arrebatándole violentamente la jarra a tiempo le salvó la vida en aquella oportunidad mientras por su acto aparentemente atrevido era recriminado por el Obispo Palacios allí presente en el dormitorio quizá más bien deseoso éste que su jefe se fuera de este mundo cuanto antes como más tarde se confirmo cuando el prelado se vio arrastrado en la conspiración. Los informes dado por estos desertores cambian el curso de los acontecimientos o más bien apuran el final de tantos sufrimientos. (Resquín, obra citada. Este autor lo responsabiliza a Panchito de la deserción de Carmona y al médico lo llama “Solalinde y comparsa” porque son varios otros entre médicos, practicantes, jefes, oficiales y soldados, fugados aunque Solalinde no se prestará para acompañarlos de baqueano a los invasores e inventa una enfermedad.Centurión, obra citada)

Gracias a ello, Cámara se entera, no sin sorpresa de su parte, que el punto elegido se llama ¡Cerro Corá! y no Dorados como creía. Por eso cambia en parte sus planes. Ya no reforzará la columna que enfila hacia Dorados sino que concentrará sus tropas en el paso del Aquidabán mientras ordena a Bentos Martins dirigirse al paso del Chiriguelo. El príncipe ha sido declarado poco menos que insano por su delirio de regresar a Río de Janeiro, lo que produce la furia de su suegro, Parahnos y el propio Cámara quienes en adelante no lo hacen participar más de la campaña dejándolo solo en Rosario sin órdenes, partes ni cartas. (Correspondencia Parahnos – Cámara – Muriban – Pedro II. Hace 100 años)

Arrecia el hambre

López, a resguardo de solo dos entradas posibles, establece su cuartel general entre el Aquidabán y un pequeño brazo de éste llamado Aquidabán Niguí. Deja una pequeña fuerza en los pasos citados. A unos trescientos metros se encuentra la carreta de su madre y hermanas. La carpa y carreta de Caballero, doña Melchora y su hijas se hallan cercanas a él. Todo está dispuesto para esperar al enemigo. Pero a partir del 10 de febrero el hambre arrecia en el campamento. Cada día se mata un animal flaco para dar de comer a casi 500 personas. A los últimos le toca el cuero que hervido durante muchas horas se pone tierno y adquiere un ligero sabor a jamón. Pero los soldados, ya desesperados por el hambre, al recibir sus correspondientes lonjas, no están dispuestos a esperar tanto tiempo, razón por la cual las tiran al fuego logrando con ello achicharrar sus raciones hasta convertirlas en una masa quemada y dura imposible de masticar y menos digerir. (Centurión, obra citada.)

El mayor Julián Lara es enviado para patrullar la zona adyacente y procurar algún ganado perdido por el Aquidabán. Para apreciar el espíritu de esta tropa elegida por López para cumplir tal tarea, le cedemos la palabra a un poeta soldado integrante de la misma: “Elegidos entre los mejores rifleros que aún quedan como escoltas del Mariscal, somos de los pocos leales que el plomo de los combates, las penurias de una interminable campaña o la intriga en los campamentos han respetado hasta ahora, restos de un formidable ejército tendido ya, por siempre, en innúmeros campos de batalla; de los pocos abnegados que hace cinco años tenemos por almohada la municionera donde guardamos con la avaricia del árabe errante en el desierto, para hacerla estallar entonando la canción de la muerte, nuestra compañera inseparable: la pólvora”(Yatebo y otros ensayos. Soldado Adriano Aguiar. Edición con prólogo de Francisco Pérez Maricevich)

El que se va acomodando en su lugar de honor en Cerro Corá siente una íntima satisfacción consigo mismo. Este suicidio colectivo asombra al mundo y al propio invasor recordando la campaña desde el cuadrilátero hasta Cerro Corá: “Esta es la nota que se levanta en las selvas del Aquidabán, en los vestigios de esas trincheras colosales”. “He aquí la razón de que solo el esfuerzo del Paraguay se puede calificar de grandioso y sublime”. (Joaquín Nabuco. )

El Mariscal resuelve salvar la vida de Caballero

El 13 de febrero, Lara envía sus primeros informes en los cuales se reporta la inexistencia de ganado vacuno alguno por los lugares por donde anda patrullando, conforme a las órdenes recibidas. Esto produce un gran desasosiego en el campamento paraguayo. Entonces el hombre de cuidado, informado igualmente que el invasor no tardará en llegar, resuelve llamarlo en la tarde de ese día a su amigo Caballero para comisionarlo a la localidad de Miranda en búsqueda de ganado. (Esta es la fecha exacta, cotejadas las obras de Oleary, Centurión, Aveiro, Resquín y Maiz)

Cedemos la palabra a Oleary, quien recibe tales datos del propio protagonista: “Una tarde en que brama el sol y un calor húmedo y sofocante ahoga la respiración, invita el Mariscal al Centauro a recorrer el campamento y a visitar a los enfermos, tendidos bajo ranchos improvisados de follaje. Por todas partes salen a recibirles las aclamaciones, pero, por todas partes, también se les presentan los cuadros más horrendos, espectáculos dignos del infierno del Dante. El espectro del hambre llena la extensión de Cerro Corá. Todo se había comido, desde los morriones de cuero hasta raíces, langostas y frutas venenosas. La inacción toca a sus últimos límites. Se muere lentamente en un morir espantoso, entre dolores sin alivio y sin consuelo. Al obscurecer regresan con el pecho oprimido”.

El hombre de cuidado ya en su cuartel le ofrece asiento ante una rústica mesa y comienza a hablar:

– Mi amigo, he pensado que solo usted puede poner fin a tanta necesidad porque lo sé capaz de burlar al enemigo.

– Señor, yo solo cumplo sus órdenes, le responde Caballero.

– Lo sé. Por eso lo quiero enviar a traernos el rápido socorro para nuestra gente. Usted bien sabe que el mayor Gaspar Silva ha ido a Dorados en busca de reses que allí sí hay. Quizá las trae ya, y es posible que con su ayuda, esperándolo en Miranda, puedan juntos llegarse hasta aquí con ese ganado antes de que nuestros compañeros fallezcan de hambre.

Caballero hace cuentas. Son 150 o más kilómetros de ida y vuelta a recorrer, y eso contando con que Silva se halle en el lugar señalado. De lo contrario, él debe internarse a Dorados partiendo de la base que a Silva o lo mataron o se encuentra extraviado. Además el camino no es en línea recta. Con mucha suerte puede cubrir 10 kilómetros por día abriendo nuevos piques desconocidos por el enemigo, una tarea por demás titánica para gente que no prueba una buena ración desde hace días. Sabe igualmente como López que Solalinde y Carmona ya han informado el paradero del campamento. En dos semanas más todo habrá concluido. No entiende entonces el motivo de enviarlo a él justamente a tan lejanos parajes, sabiendo de la imposibilidad física de cumplir tal cometido antes de la llegada del enemigo en Cerro Corá. (Oleary, obra citada.)

“No sabe que le aleja de la muerte para que regrese a la vida, que no va a internarse en los bosques persiguiendo una quimera, que parte hacia el porvenir, donde le esperan laureles victoriosos en las batallas incruentas de la paz, en una lucha, no menos dura, por el resurgimiento nacional” . (Oleary, obra citada)

– Señor, yo quiero quedarme a su lado. Bien puede ir algún otro tan capaz para cumplir su encargo, responde Caballero.

– Mi amigo, no se preocupe usted. Doña Melchora y sus hermanitas estarán a mi cuidado como si fueran ellas la familia que nunca tuve. Yo las protegeré.

– Lo tengo comprobado, señor, el modo con que V. E. las trata y estima.

– Entonces….. vaya usted tranquilo mi amigo. Lleve a los hombres que en el mejor estado se encuentren y de su más absoluta confianza.

– Así lo haré, señor, responde emocionado el general no sin antes comprobar que su jefe se halla tan afectado como él.

Seguidamente se dirige a la carpa de su madre a relatarle la noticia de su partida. Tanto ella como sus hermanas se desesperan. Tiene noticias del acercamiento de los brasileros. En el campamento las informaciones corren de boca en boca como un noticioso informativo. Ya la prudencia ha sido dejada de lado y el propio Mariscal no lleva en cuenta tales cosas ensimismado como está cada día que pasa, pensando en su hora final.

– No se preocupe, madre. El Mariscal me dio su promesa. El las cuidará a todas ustedes y no permitirá que les suceda nada malo. Confíen. Yo volveré, les prometo.

Inmediatamente comienza a seleccionar a sus hombres. Entre jefes, oficiales y tropa suman un poco más de 40 efectivos. Así, todo se halla dispuesto para la partida.

Una emotiva despedida

Al obscurecer del 14 de febrero de 1870, el general Bernardino Caballero se dirige a la carpa del Mariscal. A pocos pasos se detiene y baja de su montado mientras sus subordinados aguardan algo más alejados. El hombre de cuidado aguarda ansioso la última cita con él. Nunca más lo verá en este mundo tan lleno de sufrimientos. Solo alguien hecho de hierro como el Mariscal puede soportar tan estoicamente una escena como la que lo espera. (La hora es la tarde del 14. Centurión, obra citada y como está comprobado en otros documentos y sucesos que se producirán más tarde en Miranda y Dorados antes del 21 de febrero, fecha registrada por Oleary como la de su partida.)

Y bien, mi querido amigo, veo que está listo para partir.

– Así es, señor, vengo para despedirme de V. E., responde Caballero.

– General de División don Bernardino Caballero y Maestre de la Orden Nacional del Mérito, quiero significarle todo mi cariño y respeto como mi subordinado, pero aún más, como el mejor amigo que tuve a lo largo de esta guerra.

– Señor, no se cómo expresarle mis sentimientos y el gran afecto y respeto que tengo hacia su persona, responde con voz apenas audible el general, después de escuchar tales palabras.

– Mi querido amigo, yo también estoy emocionado. Por eso quiero darle un fuerte abrazo y desearle mucho éxito en su misión.

El hombre de cuidado avanza hacia a su amigo abriendo los brazos mientras éste hace lo propio. Los dos titanes se estrechan fuertemente y así quedan durante unos breves segundos. Segundos pletóricos de emoción, vibración y pasión por la causa de la patria amada. Nunca antes el hombre de cuidado abrazó a nadie que no fueran su padre o su madre en contadas ocasiones, o a su mujer e hijos. Jamás lo hizo con sus hermanos de sangre. Pero ahora lo hace gustoso y emocionado con el verdadero hermano que nunca tuvo.

– Mi querido amigo, vaya tranquilo que yo tendré el honor de cuidar a su querida madre y a sus hermanitas, le dice el Mariscal.

– Gracias, señor – contesta cuadrándose y replicando – Hasta la vista, Mariscal Presidente.

– Hasta la vista, general.

Quedan observándose un instante ambos hombres mientras Caballero monta su caballo y les ordena a sus compañeros que lo sigan. Se detiene unos minutos en la carpa de Doña Melchora. La madre con sus hijas y su sobrino Facundo lo aguardan asustadas y tristes porque suponen la tragedia por venir y no saben si el invasor sabrá comportarse respetando sus vidas. Al propio tiempo temen la muerte del hijo y hermano sabiendo la peligrosa misión que lleva de internarse en el campo enemigo. Caballero les dice a su madre y a sus hermanas:

– Madre, manténganse juntas y hagan todo cuanto el Mariscal disponga puesto que acabo de despedirme de él y me repitió su promesa de protegerlas.

La familia se confunde en un prolongado abrazo entre los sollozos de las mujeres. Al general se le hace un nudo en la garganta y solo atina a decirles que confíen; él volverá. (Extractado de la versión de Oleary y Centurión principalmente)

Caballero y Escobar: un encuentro nocturno

Cae la noche cuando parte. Un profundo silencio reina en el campamento. Algunos camaradas sabiendo de su misión salvadora le desean éxito. Poco después se pierden en la espesura. A las nueve de la noche, Caballero, al llegar en la mitad del trayecto de la picada del Chiriguelo, siente un alto de la guardia de prevención. El sargento de guardia conoce igualmente su misión y lo reconoce al instante, diciéndole:

– Mi general, le espera mi Coronel Escobar. Me ordenó que le avise cuando pase por aquí.

– Yo también quiero saludarlo. Lléveme junto él.

Caballero lo encuentra escribiendo a su amigo Escobar quien al verlo se levanta a recibirlo tras dejar un gran tronco rústicamente aserrado y convertido en improvisado escritorio. El encuentro es cálido. Ambos se entendieron desde un principio cuando se conocieron, y poco más tarde se hicieron muy amigos. El visitante lo encuentra muy preocupado a su anfitrión quien al saludarlo le ofrece lo poco que tiene para la cena. Además, le ordena a su ayudante que se retire, así como a la guardia cercana a su haraposa tienda. Es evidente su deseo de conversar en privado con su amigo. Sus movimientos y la expresión en el rostro denotan en él una gran tribulación. En voz baja y mirando a todas partes, le dice a Caballero.

– No sabe cuánto me alegro de verlo, mi general. Ha sucedido una desgracia y no tengo con quién consultar.

– De que se trata Escobar, le requiere el general, también en voz baja.

– Ha muerto Venancio López, o peor, lo han matado. Ahora se da cuenta mi general por qué estoy tan preocupado. ¿Qué le digo a su hermano, el Mariscal?

– Caramba, Escobar, esa si que es una mala noticia.

Seguidamente le relata todo el suceso. Aconteció durante la marcha de Venancio por el Chiriguelo en un estado calamitoso bajo la conducción del alférez Manuel Zarza, quien compadecido de él lo trataba con cierta deferencia pero haciendo cumplir las órdenes de su hermano de traerlo vivo a Cerro Corá. De cuando en cuando recibía del cuartel general un atado de arroz y raciones de carne lo cual le permitía al citado oficial mantenerlo con las fuerzas suficientes para proseguir su camino. Pero el Mayor Gauto era implacable y lo hacía castigar cuando se sentaba para descansar. Venancio poseía un rotoso poncho con unos flecos colgando que habían sido sus pantalones, conforme le informó a Zarza. Este siempre aparecía con atados de arroz y la carne que le mandaban para mantenerlo. Lo ayudaba a levantarse para andar a lo sumo diez o veinte cuadras por día. Y cuando se alejaba por cualquier motivo de su lado, el otrora coronel y jefe de la plaza de Asunción le imploraba diciendo: “Me va a abandonar, mi alférez”. Este le prometía siempre que volvería. Y ni bien regresaba le mostraba las provisiones diciéndole: “Voy a prepararle una magnífica vianda para que se fortalezca”. Varias veces le dijo a Zarza que su vida pendía de un hilo y que tenía un gran secreto que contarle para que los traslade a S. E. El alférez siempre le respondía que él no podía hablar de esas cosas y que cuando llegaran a Cerro Corá podía contarle a su hermano su secreto. Así anduvieron hasta que en un descuido vino a controlar su marcha un Alférez apellidado Ramírez. Este lo increpa por negarse a levantar tras darle un fuerte planazo con la espada. Entonces Venancio hace un esfuerzo supremo hasta lograr ponerse en píe con mucho esfuerzo. Pero tratando de proseguir desfallece de nuevo, bamboleándose y perdiendo el equilibrio vuelve a caer. Ramírez, enfurecido, lo sigue castigando y finalmente le da un golpe de filo. Ahí nomás quedó muerto Venancio. (Versión del Alferez Manuel Zarza)

– Qué sucedió con Ramírez, coronel. Pregunta Caballero.

– Cuando se dio cuenta de su obra se mando a mudar, responde Escobar

– Y no lo encontró más, supongo.

– Así es, mi general, envié varias patrullas pero todo ha sido en vano. Se esfumó en la espesura de la selva. Lo ocurrido está explicado en detalles. Acérquese por favor, quiero mostrarle el parte que voy a despacharle al Mariscal.

Caballero se acomoda, y a la luz de una mortecina luz lee el extenso pliego detenidamente conforme se lo pide su amigo Escobar. De pronto, tras leer y releer el documento, se detiene en un pasaje del mismo y levanta la cabeza.

– Y bien, mi general, que le parece.

– Su informe es impecable, responde Caballero.

Escobar suspira aliviado. Menos mal que su amigo tan ducho en la correspondencia con el hombre de cuidado, le ha dado su visto bueno. Ahora puede despacharlo.

– Me alivia escucharlo decir eso, mi general.

– Un momento, Escobar, le repito, es impecable. Pero le faltan dos letras, señalándole Caballero con el dedo una palabra.

– Allí se lee coronel, indica sorprendido Escobar.

– Debe decir ex coronel, porque el 18 de diciembre del año pasado un tribunal lo degradó antes de imponerle la sentencia de muerte que después fue conmutada por el Mariscal, le señala Caballero

– Pero…..qué error estuve a punto de cometer. Muchas gracias mi general. (Victor Franco. “El General Patricio Escobar. Biográfia)

Los amigos cenan juntos la escasa ración compartida por ambos y poco después, tras la despedida y el deseo mutuo de suerte, el viajero prosigue su marcha. Que salgan los dos vivos de la dramática aventura a punto de llegar a su término, es todo un albur. Sin embargo, ambos se volverán a encontrar, y en qué circunstancias. Pero eso ellos aún no lo saben.

Venció penurias y fatigas . El último discurso

Mientras Cámara ya bien informado se encamina a Cerro Corá, el Mariscal López distingue a su bravos jefes, oficiales, clases y soldados llegados hasta allí, la última trinchera. Impone una medalla mediante decreto descriptivo en todos sus detalles. Siempre tan puntilloso en la forma aun en el minuto postrero. Establece la medida, los diversos metales a emplearse y los dibujos e incrustaciones para cada una de sus categorías así como el lema, contenido en todas ellas en calidad de denominador común.

Anverso circular superior: “Venció penurias y fatigas”. Reverso superior circular: “El Mariscal López”. En el centro del reverso: “Campaña de Amambay 1870”. En el reverso inferior: “Una cadena de sierras”. Los más curioso resulta el artículo 8º en que se encomienda la ejecución del decreto, es decir, la confección de las medallas, al ministro Luis Caminos.

Reúne a los últimos 341 hombres que permanecen con vida. Les habla de la patria y del porqué de tal gratificación a los que venciendo todas las dificultades, las más adversas posibles, finalmente realizaron el recorrido completo de la campaña de Amambay hasta llegar al punto geográfico elegido para dar cumplimiento al juramento de vencer o morir.

El 28 de febrero por la noche, nos relata el padre Maíz, el Mariscal sube sobre un roca, y ante un silencio expectante, habla: “Si vosotros me habéis seguido hasta este final momento, es que sabíais que yo, vuestro jefe, sucumbiría con el último de vosotros, en el último campo de batalla. Ese momento está por llegar. Sabed que el vencedor es el que muere por una causa bella y no aquel que queda con vida en el escenario de la lucha. Seremos vilipendiados por una generación surgida del desastre, que llevará la derrota en el alma y en la sangre como un veneno: El odio del vencedor.

Pero otras generaciones que vendrán después, y nos harán justicia, aclamando la grandeza de nuestra inmolación. Yo seré más escarnecido que vosotros. Seré puesto fuera de la ley de Dios y de los hombres. Seré hundido bajo el peso de montañas de ignominia. Pero me llegará también mi día, y volveré a surgir de los abismos de la calumnia, para ir creciendo, todos los días, a los ojos de nuestros compatriotas, para ser lo que fatalmente tendré que ser en nuestra historia” (Nota del autor: Esta versión no constituye una novedad. Es la misma respuesta dada a Washburn y a otros)

Maíz, un hombre ilustrado, no precisamente cultor de López sino un crítico, se rinde ante la majestad de este discurso final digno de un monarca griego. Por eso toma nota y gracias a ello el mismo quedó para la historia. Preso por contestatario al régimen de López, se pone al servicio de éste ni bien encuentra un hueco por donde colarse. Se declara un hombre débil y por tal motivo pretende minimizar su participación en los famosos juicios de San Fernando. Pero en esta ocasión el clérigo nos deja este testimonio fantástico ya recogido por varios autores.

Por otra parte, es bueno destacar que el Mariscal en ese momento de su famosa alocución ya sabe de la existencia del decreto que lo declara a él fuera de la ley de Dios y de los hombres, suscripto por hombres pequeños, rendidos ante las mieles del invasor. Quizá por eso vislumbra mejor todo cuanto vaticina. Sin duda alguna su testimonio de lucha y entrega por su patria configura un hecho único en la historia de la humanidad.

Bernardino Caballero escapa de una emboscada

Entre tanto, Bernardino Caballero, tras nueve días de penosa odisea, el 23 de febrero logra llegar a la colonia Miranda. Pero no lo encuentra a Silva. Entonces con sus hombres se dirigen a la estancia Ferreira, distante 10 kilómetros de allí, suponiendo encontrar reses. Pero nada hay allí que no fuera el bochornoso calor reinante, sumado a una humedad propia de tal latitud, a 20º grados al sur del Ecuador. Por los altos pastizales la visibilidad queda reducida a la nada de modo que decide regresar a Miranda. Una vez allí, por fin se encuentra con Silva tan perdido como él en la tarea de encontrar ganado sea como sea. No escapa a su sentimiento que su madre y sus hermanas pueden estar a punto de perecer de inanición por la falta de alimentos. Deben encontrar ganado de alguna manera. Pero en la marcha desde la estancia citada, quizá por los pastizales altos, no se percata de la llegada de una fuerte vanguardia del Coronel Bentos Martins que de pronto se encuentra en un cañaveral con su pequeña columna. Cae un prisionero de su columna que les indica la senda donde se encuentra el general Bernardino Caballero. El Coronel, al escuchar ese nombre ya famoso por las publicaciones de los diarios de su país y de América, obliga al soldado tomado a conducirlos al lugar donde se encuentra el jefe paraguayo y los oficiales y plazas que lo acompañan. A raíz de ello la sorpresa es total. A media mañana del día, 24 de febrero, luego de realizar previamente los reconocimientos de las sendas, los brasileros cargan de sorpresa. Caen seis oficiales y seis soldados prisioneros. Pero Caballero escapa por los cañaverales con sus demás compañeros tras dejar todo sus bagajes. Una calamidad imprevista lo deja al amparo de la suerte. Así y todo se dirige a Dorados, la última esperanza de vida, no ya para llegar a Cerro corá con el ganado sino para salvar a los pocos que lo acompañan. Una vez llegados penosamente a ese lugar, ya sin armas, pues los soldados dejaron tirado en el camino sus fusiles por no poderlos cargar, encuentran al fin la esperanza de vida. Pero el ganado no es de aquellos comunes de las estancias sino el yegüerizo o Sagua á, al decir de los paraguayos, es decir, en estado salvaje. Apenas pueden con ellos. Merced al gran filo de sus espadas, pueden dar cuenta de algunos de esos salvajes animales, no sin antes sufrir sus furiosas envestidas. En ese momento preciso se salvan de morir. Allí quedan a reponer fuerzas por varios días. No existen documentos de uno u otro lado. Pero podemos deducir que esto ocurre a fines de febrero, en vísperas del holocausto o quizá después. Caballero desespera. Piensa en su madre y sus hermanas. ¿Será que el enemigo respetará sus vidas y su honor? Igualmente piensa en el Mariscal. ¿Las protegerá como le prometió? Al fin y al cabo qué podrá hacer él frente a esa masa enorme de efectivos que en esos momentos ya deben estar a punto de alcanzarlo si ya no llegaron a Cerro Corá, matando sin piedad como tienen por costumbre. Esto lo aflige enormemente. (Unica fuente, Diario do Ejército y los propios relatos de Caballero a Oleary, obra citada)

La resistencia de López consolida la independencia

La lucha tenaz destruye las aspiraciones aliadas contenidas en el tratado secreto. Colombia y Perú se manifiestan contrarios a cualquier cercenamiento del territorio nacional. Los EE. UU., incluso con la interferencia del Imperio y algunos funcionarios y congresistas venales que bloquean el envío de un nuevo ministro residente al Paraguay cerca del gobierno del Mariscal, se oponen al festín de la alianza con advertencias de intervención. De pronto, los coaligados quedan maniatados ante la opinión pública internacional. Si bien no sucede al momento una intervención, son presionados a respetar el territorio paraguayo. En cierto modo, López, con su bravura y tenacidad, consigue sus propósitos a través de su resolución a ultranza. El vencedor, como él piensa, no es el que queda en el campo con vida sino aquel que muere defendiendo una causa justa. La guerra se hubiera venido de todos modos, de manera que con el sacrificio suyo finaliza la lucha por la independencia del Paraguay, cosa no muy bien consolidada todavía debido a las apetencias del Imperio y la Argentina. El uno en la región oriental, y el otro en la occidental, lo cual hubiera reducido casi a la nada la soberanía territorial paraguaya. Las naciones de Europa presionan paralelamente. En cierto sentido los invasores son ahora los sancionados mientras la presa todavía se sostiene en las selvas del Amambay en espera de su hora.

Doña Melchora de Caballero es llamada por el Mariscal

La noche del 28 de febrero, el Mariscal la hace llamar a Doña Melchora Melgarejo de Caballero. Sabe que al día siguiente entrarán los invasores a Cerro Corá y que los 341 defensores nada podrán hacer para impedirlo. Al propio tiempo tiene muy en cuenta la promesa dada a su hijo, el general, de que protegería a su familia igual que a su mujer y a sus propios hijos. La anciana se acerca a su carpa y es invitada a entrar. El Mariscal la recibe con mucho cariño y le ofrece un asiento.

– Doña Melchora, ha llegado la hora final. Mañana yo no existiré. Pero le he hecho una promesa a mi amigo Bernardino que ahora la quiero cumplir, le dice el Mariscal, mientras observa lágrimas en los ojos de la visitante.

– Señor Presidente, yo estoy en este campamento gracias a su buena voluntad. La causa de V.E. y de mi hijo es la mía, contesta la señora.

– Lo sé y mucho aprecio. Pero ahora yo quiero recomendarle algo muy importante. Aquí tengo un trozo de tela que reservé para usted. Aquí guardará todas las cosas de valor de su familia y las enterrará. Después se ira hacia los montes con sus hijas y mi familia, señalándole la zona por donde no habrá tropas enemigas.

– Señor, así lo haré.

– Si no logran escapar aguarde allí y cuando vea a un jefe brasilero de alta graduación diga que usted es la madre del general Bernardino Caballero. La respetarán porque su hijo ya es conocido internacionalmente y no se arriesgarán a proceder contra usted y sus hijas como quizá lo hagan con otros.

El Mariscal la toma fuerte de los brazos y se despide de ella. Es otro momento de gran emoción. Ambos saben que nunca más se volverán a ver. Doña Melchora sigue al pie de la letra la recomendación del Mariscal y entierra sus pertenecias de valor con las de su hijo. Pero sus hijas se niegan a dejar sus libras esterlinas en la espesura de la selva y se las llevan consigo. Más tarde serán respetadas en sus vidas y en su honor como vaticinó el hombre de cuidado pero no su pequeño tesoro que será objeto de saqueo. (Versión recogida por Oleary de Doña Basilia Caballero de Bareiro 42 años más tarde de los sucesos en el dormitorio de su hermano moribundo.)

1 de marzo de 1870

Está por despuntar el alba en Cerro Corá cuando llegan dos mujeres al campamento. La primera informa que el enemigo llegó y se apoderó de un reducto defensivo del arroyo Tacuaras, distante 5 kilómetros, lo cual deja expedito el camino del paso del Aquidabán. La segunda confirma la versión de la primera. El Mariscal reúne a sus jefes y oficiales consultándoles el curso de acción a seguir. Nadie emite sonido pero Aveiro le dice que ellos están para cumplir sus órdenes. El Mariscal entonces les anuncia su decisión de resistir allí mismo. “Peleemos todos juntos hasta morir”. (Aveiro, obra citada) Envía al Comandante Solís a defender el paso pero pronto recibe la noticia de su muerte y de casi toda su tropa. El enemigo avanza con Cámara a la cabeza, único director de la guerra luego de la defección del Conde D´Eu, declarado incapaz por Paranhos y por los jefes brasileros. El otro cuerpo no llega a tiempo en el Chiriguelo para el ataque simultáneo por el frente y por la retaguardia, pero aún así la desproporción es tan grande que igual se deciden a arrollar al Mariscal, sabedores por los desertores Carmona y Villamayor, que los acompañan como baqueanos vestidos con uniformes brasileros, de la poca gente con que cuenta.

Al promediar la mañana, los brasileros ya están sobre el paso del Aquidabán. Aquí los espera con sus pocos cañones y tropas el coronel Ángel Moreno. Se traba el combate pero la desproporción es tan enorme que aquello, entre la observación, la colocación de cañones y la ocupación de los flancos y el ataque mismo, dura menos de una hora, no porque no lo pudieran hacer en algunos minutos sino por el temor de una emboscada, la obsesión del General Cámara. La “cautela” brasilera hace honor a sus antecedentes, siempre tan criticada por la prensa argentina que la cataloga de “la cobardía brasilera”.

Mientras tanto en el cuartel general, el Mariscal espera con no más de 150 hombres, ministros, jefes, oficiales, clases, soldados, civiles y clérigos. Allí se encuentra la nación en armas: El vicepresidente Francisco Sánchez, el ministro de Guerra, Luis Caminos, los generales Resquín y Delgado, el coronel José María Aguiar, y los sacerdotes Román y Maiz, entre otros.

El jefe de la mayoría, Juan Crisóstomo Centurión, recibe la orden de ver lo sucedido en el paso que se encuentra a unos 700 metros del lugar en donde se encuentra el presidente del Paraguay. Al rato vuelve y sin desmontar frente a su superior por exigirlo la premura del tiempo, le dice “El enemigo ha traspuesto el Paso”. Entonces López dando algunos pasos al frente, grita: “A las armas todos”. (Centurión, obra citada)

La muerte del Mariscal

Al ver aparecer a la distancia dichas fuerzas, López se coloca en posición y ordena tirar a la vanguardia enemiga que ya avanza para atacar. Esta es repelida y retrocede. (Resquín, obra citada)

El jefe de la misma, Coronel Silva Tabares, se presenta y ordena a su caballería a incorporarse así como a los rifleros. (Oleary, obra citada) La distancia entre ambas fuerzas es de aproximadamente 400 metros y el reloj marca las 10 de la mañana. El termómetro llega a 30º y la humedad, propia y constante del lugar, duplica el índice de incomodidad. Pero ninguno de los presentes siente calor sino el ardor propio de quienes saben que esta es la última batalla. Al frente se hallan miles de soldados enemigos con sus carabinas cargadas y acompañados de su numerosa caballería riograndense.

Los esperan 150 harapientos paraguayos con su Capitán General a la cabeza. Monta éste un caballo bayo medio flacón. Viste blusa celeste, pantalón azul oscuro con tiras bordadas de hilos de oro, larga bota guerrera, sombrero panamá y en la mano la espada levantada con puño de oro ostentando en su plano el lema “Vencer o Morir”. El momento es solemne. Durante unos minutos los brasileros permanecen indecisos. (Oleary, obra citada)

En esos momentos de perplejidad, el coronel Juan C. Centurión se pone al frente desplegando a la tropa mientras se le acercan el Mariscal y su hijo Panchito. Empieza la lucha. Llueven los proyectiles disparados por los invasores mientras la caballería enemiga inicia su galope. Centurión recibe un impacto de bala en la cara que le lleva la dentadura inferior y parte de la legua mientras su montado recibe otro en un lugar vital muriendo al instante. El herido busca refugio en el monte cercano.

– Quién es ese que sale, grita el Mariscal.

– Es el Coronel Centurión, gravemente herido, le responde Panchito. (Centurión, obra citada)

La masacre es total. Uno a uno van cayendo como si se tratara de una competencia de tiro al blanco, mientras los paraguayos armados de sables, cuchillos y lanzas no pueden evitar ser batidos tan despiadadamente sin ni siquiera poderse defender antes de entregar su último suspiro.

Entonces López al ver todo perdido pega una media vuelta y dirigiéndose al galope con su hijo hacia el cuartel general, le dice a éste:

– Ve inmediatamente junto a tu madre y tus hermanitos a proteger su carreta. El General Resquín conducirá la partida de ustedes.

– Pero, papá, yo quiero pelear a tu lado, le responde el hijo.

– Es una orden coronel, vaya y cumpla inmediatamente.

– Sí papá, así lo haré, intentando tocarlo a su progenitor como un último saludo de despedida. (Resquín, obra citada.)

El desorden es completo. Corren de un lado a otro en medio de una polvareda sirvientas, ayudantes carreteros y soldados perseguidos por el enemigo, mientras otros aprovechan el momento de desconcierto para ser los primeros en saquear las carretas supuestamente repletas de oro y plata, según la información brindada por los desertores. Gritos, llantos, disparos y aullidos de dolor se confunden en medio de aquella tragedia.

El Mariscal, una vez dispuesta su última orden al General Resquín y al ver al enemigo, una media docenas de jinetes dirigiéndose hacia él, busca un atajo por el arroyuelo adonde acostumbraba ir a pescar con sus hijos, el Aquidabán niguí. En este preciso instante los demás testigos oculares como Centurión y Resquín han desaparecido de la escena. El uno, herido, deambula por los montes y el otro, a punto de ser capturado, conduciendo las carretas de la madre y hermanas de López, la de Doña Melchora y su familia y la de la señora Elisa Linch y sus hijos menores. Un último intento para salvar sus vidas, conforme a la orden recibida.

Cedámosle entonces la palabra al testigo que queda en el campo, a Silvestre Aveiro para que nos aclare lo que sucede ya que todavía continúa en el fragor: “Cuando retrocedíamos, ya casi dispersos del lado del Aquidabán y pasamos hacia el Chiriguelo, yendo yo como a treinta o cuarenta varas tras el Mariscal, y a mayor distancia, el Capitán Cabrera, que es el trompa de órdenes, y otro varios atrás que van desgranándose para tomar el monte. Seis son los enemigos de caballería, inclusive el cabo que encabeza, armado de lanza, marchando al galope tendido a flanco izquierdo nuestro y en una ensenada que forma el arroyo, pudiendo cortar la retirada a López a quien intiman rendición”.

– No me rindo, les grita un López enfurecido a los seis jinetes brasileros. Hay unos segundos de gran tensión. (Versión recogida por Resquín de otros testigos, obra citada, dado que Aveiro no rescata la contestación del Mariscal.)

– Mariscal, rendíos que tenéis segura vuestra vida y vuestros intereses.

– Tirad, miserables. Muero con mi patria, les contesta él, cambiándose las mismas palabras una y otra vez. (Versión del alférez Ignacio Ibarra, testigo ocular quien lo ayudará unos minutos después.)

Prosigamos con Aveiro:

“En estas circunstancias, el Capitán Arguello (Francisco) y el Alférez Chamorro, caballerizo éste de López, que andan también montados, van galopando a la altura que llevan los brasileros y en el punto que paran se traban en pelea a sables retirándose los dos muy mal heridos a algunos pasos de los enemigos, entre quienes también hay heridos”

Es evidente que en este momento, Aveiro, que se encuentra de a pie, gana el bosquecillo ubicado entre el arroyuelo y la ensenada donde se traba el duelo entre Arguello y Chamorro con los seis jinetes bajo la mirada furiosa de López. Estos finalmente mueren pero Aveiro, ya dentro del bosque, se entera más tarde de este hecho por referencia de terceros. Entre tanto, López va siendo embretado por los jinetes. Aveiro se acerca en la boca del monte y observa escondido la escena. Prosigamos entonces con él:

“Los que le intimaron rendición, se acercan a López, el cabo por un lado y un soldado por el otro, con ademán de tomarle de los brazos y éste (López), que lleva su espadín desenvainado, quiere tirar de punta al cabo, quien ladea el golpe al mismo tiempo de pegarle un lanzazo en el bajo vientre y el otro (el soldado) a su vez le da un hachazo en la sien derecha perdiendo su sombrero de paja (el panamá).

Aveiro, al afirmar que en ese momento aparecen Chamorro y Arguello, a quienes ya los había declarado muertos por referencias de terceros, entra nuevamente en algunas imprecisiones pero que en nada hacen variar los hechos. Sigamos entonces su relato con el Mariscal ya herido luego del encuentro con el cabo y el soldado: “Los brasileros después del combate y como a diez varas frente a López están formados, pero sin intentar ya agresión y cuando llego cerca de él, se encuentra enfurecidísimo diciendo en alta voz: – ¡Maten a esos diablos macacos!, mátenlos, mátenlos a los macacos. Se conserva a caballo, en un bayo. Llego ante él y tocándole el muslo le digo en guaraní”.

– Sígame, señor, para salvarle.

– ¿Es usted Aveiro?

(Nota del autor: Lo que sigue es la versión de Aveiro. Para ser entendida mejor, se le han hecho correcciones de forma, y particularmente en los tiempos del verbo que en nada cambian el sentido y el espíritu de la narración. Por haber sufrido estas correcciones no le ponemos comillas ni cursiva.)

Prosigue el testigo ocular respecto de los últimos momentos del Mariscal:

Dobla su caballo y me sigue. Yo había llegado allí sumamente fatigado y sin comer, aunque llevo una espada filosa no tengo aliento para cortar las ramas, entonces le hago el camino con empujones del cuerpo siguiendo las huellas o las picadas que los soldados habían abierto en busca de frutas, y como a diez varas del arroyo (Aquidabán niguí.) En una pendiente hacia el este, me caigo y el caballo pasa sobre mí, felizmente sin pisarme y enseguida se cae también López, llevando la cabeza hacia la bajada. Me levanto enseguida, con lo que López me alarga la mano haciendo ademán de que lo levante. Como es pesado, aunque trato de levantarlo, me faltan fuerzas. Entonces procuro darle vuelta hacia el lado de la altura del barranco (estaba en sentido contrario a punto de resbalarse y caer de cabeza estrellándose en el arroyo). En ese momento llega Cabrera que viene tras de mí y con él ensayamos levantarlo pero tampoco podemos, presentándose en ese momento el joven Ibarra (Ignacio) con quien lo alzamos trayéndolo del brazo hacia el arroyo, pero antes de bajarlo Cabrera me dice: – Si quiere voy a traer la gente que hay en esa rinconada, señalando hacia el sur, donde continuaban más descargas y tiroteos. Y como yo no sabía después del retroceso la distribución de las fuerzas, le doy crédito, diciéndole en guaraní que fuera a traerla en la brevedad posible, con lo que se marcha para no volver. Le llevamos entonces a López con Ibarra al arroyo que es muy resbaladizo, y que corre sobre piedras, hasta la orilla opuesta, en donde procuramos levantarlo sobre la barranquera que da hasta el fondo y no pudiendo conseguir nos dice el Mariscal: – Vean si no hay una parte más baja. Mientras tanto, se queda sostenido sobre una palmera derribada que encontramos allí y que atraviesa un ángulo del arroyo y nos separamos de él. Cuando me retiro unos ocho pasos empiezan a salir los infantes brasileros e inmediatamente nos hacen fuego.

Aquí termina la relación corregida de Aveiro. Ahora confrontemos con la versión de Ignacio Ibarra que a partir de la llegada al barranco nos ofrece algunas novedades no consignadas por Aveiro.

“Aveiro y Cabrera y yo únicos que hasta ese momento le siguen, lo alzamos de los brazos y lo volvemos en actitud de andar, pero al dar dos o tres pasos queda enteramente imposibilitado de mantenerse en pie. Los tres individuos lo acomodamos entonces sobre el mismo barranco donde quiere alcanzar y allí presa de las emociones y no menos de las heridas que acaba de recibir, queda solo aguardando la muerte.” (Se supone que Ibarra en este momento se marcha para buscar un lugar más bajo con Aveiro por orden del Mariscal como este lo afirma)

“Entre tanto la fusilería enemiga tala el montecillo con sus vivas e incesantes descargas. Antes aún que penetrase el enemigo hasta él (Cuando Ibarra y Aveiro recién iban el sitio más bajo para pasar la barranca) el alférez Victoriano Silva, ayudante del ministro Luis Caminos, …se aproxima a ofrecerle su compañía, pero él la rehusa y lo despide entregándole como recuerdo un látigo que lleva en la otra mano”.

Es evidente que Centurión, en ese momento herido de gravedad, recoge más tarde la versión de Ibarra. Hasta aquí los testigos oculares del lado paraguayo.

Llegan pues los primeros brasileros gritando y disparando, cuyo jefe es el Coronel Silva Tavares. Pero se adelanta el General Cámara e ingresa al monte no sin antes escuchar de boca del cabo Francisco Lacerda que López entró herido “lanceado en la barriga”. El propio Tavares reclamará tal proeza por ser un integrante de su cuerpo.

– Ríndase, Mariscal, que le garantizo la vida, le intima Cámara.

– No me rindo. Muero por mi patria.

Entonces le ordena a un soldado desarmarlo y éste se trenza con la víctima y perdiendo López su espada, se sumerge y poco después exhala su último suspiro. Esta es la versión mentirosa de Cámara que hubiese corrido si él no hubiera enviado un apresurado parte en el cual confirma el asesinato que más tarde lo recoge en detalles, confrontando con otros documentos exclusivamente del lado brasilero, un historiador alemán. Veamos que nos dice el teutón en el momento de la zambullida:

“un soldado de caballería le dio el tiro mortal con una carabina cuya boca puso sobre su pecho” (Schneider)

Tal testimonio igualmente surge de la autopsia practicada por brasileros que constata dicho disparo en la espina dorsal (el pecho.) En cuanto a si el Mariscal dice antes de morir “muero por mi patria” o “muero con mi patria”, nos inclinamos por esta última frase por ser la más apropiada, teniendo en cuenta el momento y el conocimiento de la víctima que un gobierno títere, traidor y entregado a la alianza está dispuesto a entregarlo todo. No obstante, hasta hoy es motivo de controversia aunque sin mayor significación.

Lo cierto es que Cámara a partir de ese momento se pasa la vida dando explicaciones y aclamando la muerte de López a quien lo considerará siempre un valiente por el modo como entregó su vida. Con el nombre de su patria en los labios.

De todo lo antedicho se deduce lo siguiente: Cámara ordena un alto el fuego que es cumplido en todo el campamento. El silencio es sobrecogedor.

– Ríndase Mariscal que le garantizo la vida, le dice.

– Nunca, muero con mi patria. Le responde altivo López.

El Mariscal sin inclinar nunca la cabeza permanece altivo a pesar de la gran pérdida de sangre. Su rostro pálido resalta en el improvisado tablado en medio de la selva. Ha encontrado por el fin el punto geográfico inmortal. En un momento dado le tira incluso un estoque a Cámara cuando éste se le acerca. (Centurión, obra citada.) Entonces el brasilero fastidiado le ordena a un soldado desarmarlo y maniatarlo pero sin resultado. Ambos se sumergen en el riachuelo sin cejar en su empeño, el uno para arrebatarle la espada y el otro para retenerla. El momento es de gran intensidad. El titán se resiste a rendirse mientras de sus labios solo se escucha una y otra vez, “muero con mi patria”. (Aveiro, obra citada.) Entonces el general brasilero le hace una seña de aprobación a otro soldado cuando lo ve acercarse al lugar mientras al mismo tiempo le apunta al pecho con su carabina al Presidente del Paraguay.

¡Resuena un disparo!

Luego, el silencio es imponente. La sangre comienza a brotar a gorgoteos, tiñendo las aguas del arroyo que prosiguen corriendo inmutables desde tiempos remotos. Cerca de allí su mujer y sus hijos al escuchar el estallido suponen la partida del amado. Su hijo Pancho parte con él al más allá luego de comportarse igualmente como un valiente. El telón a caído. La guerra ha terminado.

Bernardino Caballero es conducido prisionero al Brasil

Nada se sabe de Caballero. Su madre, antes de partir en esos días siguientes al holocausto con todos los recogidos vivos en Cerro Corá, pide por su hijo y avisa a los jefes brasileros que él no sabe nada de lo ocurrido ni ella si salió Bernardino con vida. Le comentan algunos que escapó de la emboscada referida conforme a la información que poseen y presumen que marcha para Cerró Cora. Pero ellos ya no tienen tropas por aquellos lugares luego de saberse el paradero de López. Eso la tranquiliza mucho a Doña Melchora y a sus hijas. Pero de cualquier modo quedará una dotación en el lugar para recibirlo en informarle de los sucesos acaecidos. Tal el respeto que inspira la figura del general paraguayo sobre quien no pesa acusación de haber hecho algo fuera de su deber de guerrero al servicio de su patria. No así con otros como el de igual grado, Francisco Isidoro Resquín, autor de la tabla de sangre de su puño y letra encontrada en Lomas Valentinas, aun cuando éste nada haya tiendo que ver con los procesos de San Fernando. Ni siquiera la familia del Mariscal ha dado malos datos de Bernardino Caballero, no así de Aveiro, Maíz y el propio Centurión quienes son conducidos maniatados y con el Sambenito de ser los mismísimos esbirros del Mariscal.

En otra parte, Caballero recién se repone con sus hombres de las fatigas y del hambre. A mediados de marzo presumen que todo ha terminado. Tres semanas después, el 8 de abril, regresa de su misión a Dorados. A orillas del Río Apa encuentra una dotación enemiga bajo las órdenes del mayor Francisco Marques Xavier que lo altea pero a la vez le envía a un oficial paraguayo a que vaya a conferenciar con él. Caballero se entera así de la suerte que corrió su amigo, el hombre de cuidado. Pero previsor y astuto, virtud adquirida a lo largo de cinco años de luchas y penurias, le pide que uno de sus acompañantes vaya a conferenciar con otros compatriotas suyos allí presentes para constatar lo sucedido. El oficial de parlamento lo trae consigo a uno de los integrantes de su expedición y los brasileros no oponen reparo alguno al pedido.

Entonces entrega al mayor brasilero las pocas armas que tiene y se pone a disposición con sus subordinados. Así, se suman a la otra columna que ya partió un mes atrás. Los brasileros no lo consideran un enemigo y marchan junto a él como camaradas. Ya no comanda el Conde D´Eu el ejército imperial. Hay instrucciones de arriba de tratarlo bien al general paraguayo. Es decir, no marcha como prisionero puesto que la guerra ha terminado.

Llega a Concepción y allí encuentra a su madre, a sus hermanas y a su sobrino Facundo. La alegría es general. La familia ha vuelto a reunirse sana y salva. Solo se lamenta la muerte de Julián, el mártir de la familia, degollado por haber defendido a su patria peleando lealmente en la fundición de hierro de Ybycuí, a cargo suyo.

Doña Melchora le comenta su entrevista con el hombre de cuidado el día antes de su inmolación y las instrucciones que le dio en la ocasión, de enterrar sus pertenencias y las demás indicaciones. Le exhibe sus monedas de oro y plata y sus condecoraciones salvadas merced a tal previsión, mientras sus hermanas, quejosas pero al mismo tiempo quejosas, le cuentan que ellas guardaron consigo sus alhajas y sus monedas y cuando el enemigo llegó, si bien las trató sin violencia alguna, se apoderó de sus joyas y de sus Carlos IV de oro y plata.

Bernardino, una vez atracado el buque en la bahía de la Asunción, se supone libre de dirigirse adonde quiera. Pero cual no es su sorpresa cuando un jefe brasilero le informa que debe ir primero junto a uno de los triunviros del “gobierno paraguayo”.

Se dirige a la Casa de los Gobernadores donde lo aguarda Cirilo Antonio Rivarola, quien lo recibe con alguna efusividad lo cual lo alerta de una celada. Muy pronto la misma queda al descubierto. Caballero puede hacer lo que se le antoje siempre y cuando apoye la candidatura de Rivarola para la presidencia de la república. El exhausto guerrero le replica:

– Yo no he venido aquí hacer política, sino a regresar a mi hogar en Ybycuí.

– Muy bien, pues entonces irá prisionero al Brasil, le responde el envalentonado triunviro.

Caballero nada puede hacer para impedirlo. Pero no está dispuesto a vender su porvenir. A esta altura de los acontecimientos sabe hasta dónde llega su prestigio. Los propios brasileros lo tratan conforme a sus antecedentes. De manera que acepta su destino y regresa nuevamente al buque que lo llevará prisionero de una guerra finalizada en el momento de la deposición de sus armas, por el solo capricho de un gobernante ambicioso, en ese momento al frente de los negocios públicos de su país. Se despide de los suyos y se embarca.

Todavía no lo sabe. Quizá lo barrunte. Pero en realidad viaja para encontrar su nueva vocación, la de político. Y porqué no, quizá llegue a convertirse en un estadista. Una vida guerrera ha quedado atrás. Mucha experiencia en el manejo de los hombres con sus aspiraciones y pasiones ha conseguido conocer y valorar. Tantas batallas lo marcaron para siempre En adelante, el guerrero sabrá manejar su nuevo destino.

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