LA VUELTA DEL SOLDADO


Extractado de  BERNARDINO CABALLERO EL AUTÉNTICO, EL POLÍTICO Y EL ESTADISTA, LIBRO SEGUNDO de la autoría de nuestro director que será editado  posiblemente el 20 de mayo de 2011.

CAPÍTULO PRIMERO

El viaje de regreso

Corre mediados de octubre de 1870. La ciudad de Río de Janeiro va perdiéndose a la vista de los febriles viajeros paraguayos que regresan a su patria en tanto el vapor “SAN JOSÉ” con sus bodegas bien cargadas de carbón apura velas y calderas. Cuando cesa el viento quedan las calderas. Pero cuando ambas funcionan suben los nudos. El oleaje marino que otrora los perturbara con tantos tumbos y cabriolas de mástiles traídos y llevados por los caprichos de ráfagas irreverentes ahora los tienen sin cuidado pues la expectativa es tanta que esos nimios detalles más bien pronostican un pronto arribo al puerto de Nuestra Señora de la Asunción. Sueños y esperanzas se entrecruzan con negros nubarrones dado que las noticias del Paraguay no son nada alentadoras. El mismo personaje que ahora gobierna, Cirilo Antonio Rivarola, fue quien en su calidad de triunviro pidió al Brasil la ida de los viajeros. Absurdo jamás visto en el mundo. Nunca se adquiere calidad de prisionero de guerra luego de la finalización de una contienda bélica. En el caso que nos ocupa el 1 de marzo de 1870 marca la fecha que puso punto final a la guerra contra la Triple Alianza. Ese día a las 11 de la mañana con el asesinato alevoso del mariscal Francisco Solano López, espada en mano, defendiéndose hasta exhalar su último aliento con la palabra PATRIA en sus labios provocó la repulsa del mundo como en su momento lo hizo la noticia de la existencia del tratado secreto para hacer desaparecer de la faz de la tierra al Paraguay. Pero a la vez, tales sucesos garantizarán para siempre nuestra independencia. El itinerario por la libertad se inicia el 15 de mayo de 1811 y concluye el 1 de marzo de 1870. El país ha sido destruido. Solo 5.000 hombres quedan relamiéndose sus heridas y preguntándose quizá, cómo fue posible sobrevivir. De la estimación del Coronel Du Craty de 700.000 habitantes, solo 180.000 mujeres niños y ancianos permanecieron en pie. Si tomamos en cuenta el censo realizado por Félix de Azara a fines del siglo XVIII y admitiendo una duplicación cada 30 años por crecimiento vegetativo la cifra se aproxima notablemente. (No hubo censo al finalizar la guerra pero son estos los valores estimado por diversos escritores.)

Ha quedado atrás la Isla de Santa Catalina donde el buque cargó carbón para proseguir su marcha hacia el próximo puerto, la ciudad de Montevideo. La corta espera sirvió para estirar las piernas luego de la andanza por un mar bravío. Por esas latitudes sucumbieron numerosos bergantines españoles y portugueses. Entre ellos uno de la expedición de Juan Díaz de Solís (1523) que llevaba a bordo a un marino de nombre, Alejo García, descubridor por tierra del Paraguay y parte del Brasil y la Argentina. Los viajeros quedaron cuatro días en el puerto de Santa Catalina, desde el 15 de octubre al 19 del mismo mes de 1870. Además de un alto funcionario de la administración del Mariscal López y dos jefes del ejército, viajan igualmente 300 individuos de tropa tomados prisioneros durante la guerra. (Escritos Históricos. José Falcón, diario de viaje de los prisioneros de guerra.) En Montevideo aguarda ansioso el ex cónsul paraguayo durante el gobierno de Francisco Solano López, Juan José Brizuela, hasta que se declaró la guerra. Es el mismo que lo acompañara a éste en su famoso viaje en 1853 rumbo al viejo mundo en aquella notable embajada extraordinaria de oropel como ningún otro país sudamericano realizara hasta entonces. Es concuñado con uno de los viajeros, capitán José Falcón, notable hombre de Estado de los dos López. Fue canciller del primero y ministro del segundo hasta el final de la guerra. Organizador del Archivo Nacional y gran conocedor de nuestros derechos territoriales. Fue Fiscal de sangre en los famosos juicios iniciados en San Fernando y finalizados en Lomas Valentinas. Un caso curioso el de él, fue admirado y respetado por uno de sus procesados. (Jorge Masterman. Siete años de Aventuras en el Paraguay.) Llegó hasta Cerro Corá junto a su jefe. Allí cayó muerto uno de sus hijos, de la misma edad que Juan Francisco López Linch. Ahora lleva un diario de viaje desde su salida de Asunción en mayo de 1870 en calidad de prisionero.

En el vapor “SAN JOSÉ” existe un ambiente muy distendido. No viaja Juan Crisóstomo Centurión pues sus condiscípulos ingleses pidieron por él al Forein Office para que regresara a Inglaterra bajo cuenta de ellos a tratarse sus delicadas heridas sufridas en los maxilares durante el breve combate del 1 de marzo de 1870 en Cerro Corá. Se hallan abordo solamente, el Comandante Palacios, Bernardino Caballero y José Falcón. El coronel Silvestre Aveiro, el de igual clase, Juan Crisóstomo Centurión, coronel Silvestre Carmona, el capellán mayor de tercera clase, padre Fidel Maíz, los Tenientes Coroneles Silvero y Palacios, el Mayor Lara y el Teniente Maíz quedaron en Río de Janeiro. De los 9 viajeros originales salvo el caso de Centurión ya referido, y Resquín, como se verá, solo tres regresan en el “SAN JOSÉ” además de la tropa. (Anotación aclaratoria del 16 de octubre de 1870. José Falcón. Obra citada.) Fidel Maíz, también fiscal de sangre al igual que Falcón tendrá muchos trastornos dado que el tribunal a su cargo sentenció a muerte al Obispo diocesano del Paraguay, Manuel Antonio Palacios. Pero llama la atención que no se encuentre abordo, Francisco Isidoro Resquín, cuya famosa tabla de sangre de los ajusticiados, llevada día a día, cayó en poder de los aliados en Ita Ybaté. Resquín logró esquivar la prisión mediante su colaboración con el entonces triunviro Cirilo Rivarola. La excusa se produjo en Humaitá de donde partieron los “prisioneros”. Se lee en el diario de Falcón, anotación del 14 de mayo de 1870. Se recibe una orden superior que “Agregó que debía quedar únicamente el General Resquín, para marchar en otra ocasión a causa de la indisposición que sufría él y una hija suya virulenta recién convaleciente.” (José Falcón, obra citada.) La tal nueva ocasión nunca se produjo. Esta constituye la prueba que el Brasil no reclamó la prisión de los viajeros sino el propio gobierno provisorio de Asunción quizá temeroso por la alta calidad intelectual y militar de los que se negaron a colaborar con él.

José María de Silva Paranhos, Barón de Río Branco, hombre de Estado del Imperio que le resolvió muchos problemas al emperador Pedro II desde la guerra contra Manuel de Rosas, es otro de los que viaja con ellos, muy satisfecho por haber hecho buenas migas con su nuevo amigo, Bernardino Caballero, general de división del ejército paraguayo y hombre fiel hasta el final con su gobierno. Es evidente que el Brasil desea acercarse a los leales y no a los llamados legionarios que lucharon contra su patria. Esos han sido solamente sus cómplices a quienes se los puede comprar por dinero, en cambio, los hombres patriotas que defendieron su país en la guerra, se supone que lo serán igualmente en los tiempos de paz. Los diarios del mundo lo citan a Caballero. Y en la sociedad carioca cayó muy bien y fue muy respetado. La propia prensa brasilera se puso de su lado. Consideró injusto su cautiverio por haber culminado la guerra. Tuvo varias entrevistas con el emperador quien pudo comprobar que se hallaba frente a un hombre de palabra. La paz, supuso el soberano, se podrá construir con tal clase de caudillo, querido y respetado por sus compatriotas, y no con quienes, a más de desconocidos por su prolongada ausencia del país, son repudiados por el pueblo paraguayo.

Durante su estadía en Río de Janeiro alternó con lo mejor de la sociedad carioca llevado de la mano de José María de Silva Paranhos con quien no solo compartió reuniones de salón sino otra clase de francachelas. Siempre se murmuró que Caballero dejó descendencia en el Brasil. Una figura apuesta y varonil como él despierta admiración en el sexo opuesto. Más se parecía a un inglés o a un alemán. (Ver Bernardino Caballero, El Auténtico, El Soldado, Libro Primero, de este autor.)

Así, pronto se halló rodeado de un grupo de amigos que lo llenaron de atenciones. Caballero era la clase de hombres para ingresar a la masonería por derecho propio como en su momento lo fue José de San Martín y tantos otros líderes sudamericanos. En el siglo XIX esta extraña organización enfrentada con la Santa Sede dominaba el mundo. De este modo, nuestro personaje ingresa a la orden con un alto rango. (Ver Bernardino Caballero, El Gran Iniciado. Saúl Zaputovich 2005)

La documentación – del citado autor – impresa en forma facsimilar es irrefutable. Fue su padrino José María de Silva Paranhos, Barón de Río Branco. Al propio tiempo la masonería le abonaba su sueldo de general de división. De manera que tales emolumentos los recibió de sus “hermanos masones” y no del gobierno brasilero como muchos suponían.

El viaje prosigue. Se avista el puerto de Montevideo. El buque atraca en la rada. Y aquí se confirma lo antedicho. Para entonces Caballero ostentaba otro rango respecto de sus compañeros de viaje. “Después de cuatro días de permanencia en la ciudad, hoy a las once me embarqué nuevamente para seguir viaje a Asunción, debiendo pasar por Buenos Aires. El Ministro Paranhos queda en Montevideo con su familia. También quedan el General Caballero y el Mayor Godoy, para ir con el señor Paranhos”(Anotación del 26 de octubre de 1870. José Falcón, obra citada.)

Llama la atención que José Falcón nada nos dice respecto a su concuñado, Juan José Brizuela, residente en la capital oriental con su esposa, hermana de Juan Bautista Gill, futuro presidente el Paraguay. Falcón gracias a su notable capacidad y a este parentesco con la opulenta familia Gill volverá a ser canciller. Tanto él como Brizuela son personas mucho mayores que Bernardino Caballero, particularmente el primero nacido en 1810 y el segundo, aproximadamente de la edad del Mariscal (Ver memorias de Silvia Cordal de Soteras primeramente y de Villamil más tarde.)

José Falcón arriba a Asunción el 9 de noviembre de 1870 según sus anotaciones de viaje en tanto Caballero lo hace el 16 de diciembre del mismo año. Un mes anduvo dando vueltas. Quedó con Río Branco en Montevideo. Suponemos que el brasilero se reunió con Juan José Brizuela, hombre siempre muy bien informado de los asuntos políticos del del río de la plata. Además eran viejos conocidos. Brizuela lo eludió a su concuñado pues éste nada menciona acerca de él. Caballero debió participar igualmente de esas reuniones. Al propio tiempo, Paranhos  lo fue presentando a su nuevo amigo a los “hermanos masones” uruguayos y argentinos a quienes conoció en sus misiones diplomática de 1852 y 1864 y con quienes cultiva una permanente amistad. A la vez debió presionar al gobierno paraguayo a través de la legación brasilera en Asunción respecto de Caballero pues como se verá, Cirilo Antonio Rivarola cambia de actitud en esta época y lo recibe al legendario viajero con los brazos abiertos. Pero estas cosas no le impresionan a quien vivió glorias y  miserias. A quien convivió con las pasiones humanas en los momentos trágicos de mayor prueba como son el hambre, la peste y la desesperación. Participó hasta el final del holocausto junto al Mariscal por tanto sabe de memoria lo que piensan personajes de la talla de Cirilo Antonio Rivarola.

One Response to LA VUELTA DEL SOLDADO

  1. Antonio Ferreira dice:

    Director: Apreciado Osvaldo, excelente el anticipo que nos haces.
    Pero lo extraornidario para mi es tu capacidad de relato, el giro del lenguaje que utilizas.
    Es el tipo de libro que atrapa desde el vamos, y te condena de leerlo de una sola vez; no existe sueño ni descanso para el mismo.
    Alentando la terminación del mismo en la brevedad posible,te agradezco el exquisito anticipo de lo que se viene.
    Director aclaro que mi peor enemigo, es la lisonja.
    Felicitaciones por las fiestas y un fuerte abrazo Colorado.

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