EL PARAGUAY QUE FELIZMENTE DESTRUIMOS


Por Osvaldo Bergonzi

La estación del ferrocarril bullía de viajeros y curiosos a más de carreteros, maleteros y vendedoras de aloja, chipas, butifarras y pasteles de todos los tamaños y aromas. La mayoría de la gente caminaba descalza. Quizá por eso los indios bolivianos del altiplano nos habían apodado durante la guerra del Chaco, Pata Pilas (Pies pelados.)

Mi padre viajaba a Encarnación por razones de trabajo pues tanto en esa ciudad como en Posadas (Argentina) tenía clientes a quienes debía entregar planos de proyectos para construcciones. Ante mi insistencia aceptó llevarme en calidad de ayudante con la previa promesa de comportarme bien.

Ni bien colocamos nuestros equipajes en nuestras literas en los llamados Coches – Cama nos dirigimos al comedor para tomar un refrigerio. La marcha arrancó cansina pues su recorrido pasaba por barrios de Asunción hasta Trinidad. Pero no había que preocuparse pues contados eran los vehículos que circulaban por la ciudad. Más peligrosos eran los perros o niños atolondrados que circulaban con sus pandorgas cerca de las vías o jugando allí temerariamente al fútbol con pelotas de trapo.

Ni bien dejamos la capital, un páramo de ranchos desperdigados a lo largo del trayecto se abrió a mis ojos infantiles. Solo las paradas en las estaciones hacían barruntar un pasado de esplendor. En tanto dentro del tren vivíamos en una burbuja de gran lujo mientras que a lo largo del camino reinaba la miseria y la necesidad. – Todas estas estaciones las construyó Don Carlos, me dijo mi padre. Ese nombre siempre escuché con mucho respeto en mi hogar.

En cada parada atropellaban los vendedores con los mismos productos ofrecidos en Asunción. Así arribamos a mi querida Paraguari, la ciudad de mis amores de mi primera infancia donde me crié y malcrié. Ni bien el tren se detuvo divisé a unos chicos de mi edad pudiendo reconocerlos al instante. En esa ciudad el tren se quedaba como una media hora debido a las numerosas encomiendas de nuestra capital y a la estiva de mucha carga con destino a la Argentina.

Pude descender para saludar a mis amigos ante la atenta mirada de mi padre. Me convidaron chipas, aloja y mantecados que a mí me resultó un manjar. Nos despedimos con la promesa de volvernos a ver. El tren prosigue su marcha con destino a Villarrica con previas paradas intermedias de menor cuantía. Cae la noche y de pronto todo se vuelve oscuro. Abrí la ventanilla y le pregunté a mi padre. – ¿Nadie vive por aquí? – Si, viven, indicándome una lejana vela titilando. Me fije mejor y habían otras que como luciérnagas aparecían de tanto en tanto. – Hay mucha miseria, ¿verdad?, me dijo mi padre – y agregó – No olvides que el Paraguay sufrió una guerra de extermino y otra hace poco nomás con Bolivia, me señaló.

En el tren circulaba gente muy bien vestida que contrastaba con el exterior. La cena se servía temprano ni bien caía el sol. Cuatro platos a más del postre. Una gaseosa, el Bidú, parecida a la coca cola, me resultó muy novedosa. Antes de la media noche llegamos al río Tebicuary. Ahí comenzó la batahola. – To mombo puae katu mita kuera, pude escuchar el grito de un señor con cara de patibulario. Les ordenaba a otros más jóvenes metidos hasta la cintura en el río muñidos con piolas. Debían enlazarlas a la chata que iba a llevarnos a la otra costa de Villa Florida antes que la corriente la ladeara, de ahí el “to mombo puae”. Y se ladeó nomás y vuelta a repetir el operativo. – Ani re japo upeicha piango tekaka, le dijo a otro que no atrapó la piola. – Che ndavevei, ejapo nde, che jaguema. El lenguaje era gráfico y brutal. Los pasajeros argentinos no entendían pero se reían del espectáculo grotesco que tenían a la vista. Sentí vergüenza. Pude observar sus sonrisas burlonas. Eran los resabios del argentinismo rampante de tiempos idos.

Cada vagón debía realizar estas peligrosas maniobras. Una vez alineadas las chatas comenzaban a tirar de costa a costa con unas piolas más gruesas a las que llamaban, maromas, hoy un una voz convertida en un arcaísmo hace tiempo en desuso. Se comentaba en el vagón que algunos coches cayeron al agua, con muertos y heridos. Por eso había que aguardar horas y hasta días cuando el río estaba picado

Finalmente proseguimos viaje hasta llegar a Encarnación pocos después de despuntar el alba. Allí nos esperaba otro cruce aunque algo mejor pero no menos peligroso pues una cosa es el caudal del Tebicuary y otro el Paraná. Previamente dejamos nuestros equipajes en nuestra habitación del hotel Repka.

Hoy día desaparecieron los ranchos de pajas y luciérnagas a lo largo y a lo ancho de las rutas del Paraguay. Ya no existen chatas, maromas ni voces altisonantes. Hoy hay luz eléctrica y puentes. Se viaja en forma confortable de día o de noche sin el Jesús en la boca. Ese Paraguay fue destruido por el Partido colorado.

One Response to EL PARAGUAY QUE FELIZMENTE DESTRUIMOS

  1. Antonio Ferreira dice:

    Osvaldo: Excelente relato graficado, felicitaciones y adelante. Mis abuelos compraban algodón y traían a Villa Florida un millón de kilos por cosecha: Una carreta de tres yuntas cargaba como mucho mil kilos; hace el calculo.
    Fuerte abrazo
    antonio f.

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