ÉPOCAS Y PERSONAJES


Una página que rescata hechos y personajes de la historia tanto de nuestro país como de otros. En algunos casos reflejan folklóricas nostalgias pero a la vez nos señalan interesantes novedades que pueden servir de ejemplo para corregir conductas. En este número abordamos anécdotas del pasado.

  UN ALFEREZ LE INSULTA AL MARICAL LÓPEZ

27 de agosto de 1869

 

  El Mariscal se halla parado y con el seño fruncido en el patio del Colegio de San Estanislao el 27 de agosto de 1869. El temor reverencial hacia su persona es imponente entre la tropa. Pero este día se descubre la segunda conspiración contra su vida luego de los sucesos de San Fernando. Le traen al Alférez, Luis Aquino, uno de los implicados  ante su presencia. Se entabla entre ellos el siguiente diálogo:

–         ¡Y bien Aquino…..! ¿Con que me ha querido matar…?

–         Si señor, por varios motivos le he querido matar; ya hemos perdido nuestra patria, y si aún seguimos hasta aquí debe comprender que es solo para acompañar a su persona. Sin embargo, de día en día, V.E. va siendo más tirano.

–         ¡Ah…! ¿con que eso es así…? Pero no ha tenido suerte.

–         Verdad señor: V.E. nos ganó la delantera; pero no ha de faltar otro que tenga mejor suerte y logre matarle.

 

 Los no pocos testigos presentes quedan estupefactos, entre ellos, el entonces Mayor Crisóstomo Centurión. Escena con matices de tragedia griega que cala hondo en el espíritu del ya reducido ejército de la epopeya. El mismo Mariscal se sorprende de la franqueza del oficial que con espontánea confesión se coloca el dogal al cuello. Aquino complica a otros  que son ejecutados de inmediato en el mismo patio del Colegio, y unos días después él muere de inanición en Capiíbary. 

 

 

EUSEBIO  AYALA

EN POLÍTICA HAY QUE SABER ESPERAR

 

 La revolución de 1922 parece cosa de nunca acabar. Ya estamos en 1923 mientras los rebeldes del Coronel Adolfo Chirife siguen persistiendo. El Presidente provisional, Eusebio Ayala, desea convertirse en mandatario constitucional en 1924, pero para ello debe postularse como candidato. Entiende que debe trabajar su candidatura y no considera ético hacerlo desde el cargo que ocupa. Entonces renuncia. Asume en su lugar Eligio Ayala. Don Eusebio, entre tanto, reúne a los caudillos de su Partido de los diversos lugares del país y les pide apoyo.

 Pero en ese momento Eligio logra lo que no pudo conseguir su antecesor, vence a los rebeldes. Chirife muere en Ytakyry solo y olvidado mientras varios de sus compañeros caen, se hieren o son prisioneros  en la agónica envestida final a la capital. Los más previsores escapan al extranjero.

 Eusebio se percata que Eligio le roba la gloria, no precisamente con premeditación sino por obra de las circunstancias. Quiérase o no las palmas de la victoria  se las lleva él. Ahí se percata de su error. Su apresuramiento constituye la causa. Eligio igualmente se da cuenta de su inmejorable posición que sin tener que hacer esfuerzo o campaña alguna refulge solo al son de las campanas de la victoria.

 Entonces Eusebio reúne a los suyos en su residencia de San Bernardino y les dice:

–         Señores, me apresuré y en política hay que saber esperar el momento oportuno. Lamento mucho pero retiro mi candidatura. Es el momento de Eligio.

Al oír estas palabras, uno de los caudillos, muy ofuscado le replica:

–         Pero Doctor Ayala, nosotros ya trabajamos meses… ¿ que le vamos a decir a nuestros dirigentes?

–         Los siento mi hijo pero en política hay que saber esperar el momento.

 Pasan los años. Eligio Ayala  finaliza su mandato constitucional (1924 – 1928). El 15 de agosto de 1932 debe finalizar el perído de su sucesor, Dr. José P. Guggiari, mientras Eusebio Ayala se encuentra cumpliendo funciones diplomáticas en Francia en calidad de Ministro residente. A principio del año en cuestión se acerca la fecha de la Convención del Partido Liberal para la elección de candidato a Presidente para el siguiente período 1932-1936. El Partido colorado no participará por falta de garantías debido a  la inexistencia de un código electoral consensuado, de modo que el candidato electo en la Convención liberal será el próximo Presidente. En suma,  arco libre sin arquero para el candidato liberal. Se reúne la Asamblea, y cuando todo se presenta favorable para Luis A. Riart, presunto seguro ganador, aparece de improviso la candidatura del ausente Ministro residente  en París.

  Eusebio Ayala termina imponiéndose. No obstante, se hace circular las especie que el millonario Carlos Sosa, amigo de Ayala, con la compra de dos aperos de plata y una opípara cena en el Unión Club tiene mucho ver en la victoria.

 El Presidente electo se embarca para Asunción y llega en Abril de 1932. En la explanada del puerto se apiñan sus seguidores, entre ellos, aquel caudillo que en su casa de San Bernardino se enojó tanto con él por el retiro de su candidatura. Al recibir su saludo, Ayala le recuerda con una sonrisita:

–         Ve mi hijo, que en política hay que saber esperar el momento. Se percató  por fin que en 1824 nada pudimos hacer y ahora, yo ausente del país, fui electo.

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