ÉPOCAS Y PERSONAJES


Una página que rescata hechos y personajes de la historia tanto de nuestro país como de otros. En algunos casos reflejan folklóricas nostalgias pero a la vez nos señalan interesantes novedades que pueden servir de ejemplo para corregir conductas. Proseguimos con el último capítulo del libro inédito de nuestro director titulado LOS HEREDEROS DE LA ESPADA. Proseguimos con los genocidas del Paraguay, Gastón de Orleáns, a lo cual se agrega el evangelio del domingo 20 de septiembre.

                                         

Gastón de Orleans (continuación)

 

El príncipe al recibir el informe de Coronado, le hace fiesta a la vez que  abona sus servicios. Inmediatamente informa la destrucción de la fundición y de la matanza, en carta particular a su suegro,  hasta hoy oculta por Itamaraty. Se supone la gran satisfacción del monarca. Estas noticias son las que le pedía a Caxias. El suceso ocurre el 13 de mayo de 1869. Qué paradoja, un uruguayo es quien reinicia el genocidio luego del retiro del marqués. A Coronado no le dedicamos un subtítulo pues se trata un forajido vulgar e insignificante. Solo mencionamos el hecho para ver si los uruguayos se despiertan y cambian el nombre de la ciudad o pueblo que lleva el nombre de un sujeto tan indigno de la patria de José Gervasio Artigas. Entre tanto relato de sangre, el príncipe se entusiasma y ordena tomar la Villa de San Pedro e Ibytimí. Las tropas entran en el pueblo el 21 de mayo sin mayores contratiempos.

“La gente inerme presume, por tratarse de civiles en su mayoría mujeres, niños y ancianos, que serán respetados en sus bienes y personas. Así parece al principio, pero al día siguiente comienza el saqueo, las violaciones y los asesinatos despiadados. Pasan al degüello alegremente como si se tratara de un juego. Un calco de la entrada en Asunción, cuando hasta los templos y cementerios fueron profanados”. (Bernardino Caballero. Obra citada.)

Un oficial brasilero que más tarde llegará a general, Dionisio Serqueira, no podrá ocultar los hechos. Pero por su baja graduación se encuentra imposibilitado de cambiar los acontecimientos. Su testimonio, a pesar de su esfuerzo por suavizar sus palabras, constituye un aporte que rebate al Diario do Ejército, siempre mentiroso y manipulador al extremo que no se da por enterado de la matanza.  El informe, hasta hoy bien guardado, le llega al emperador por conducto de su fiel ejecutor de órdenes de extermino, su yerno el príncipe, convertido en el Ángel de la Muerte del siglo XIX.  El 22 sucede igual cosa con Areguá y Patiño Cué. El 23, a las tres de la tarde, cae Itauguá. Aquí la población  escapa a la mañana, informada por los espías de López de los robos y asesinatos. El 25 toman Tacuaral, Pirayú y Cerro León. Llega el Príncipe en las cercanías. Ordena matar pero no encuentran un alma. Ordena robar pero no hallan nada de valor. Se ha iniciado la guerra de exterminio. El 26 toman Paraguarí. Allí encuentran una dotación de 51 soldados a la orden de un oficial. Luego de un intercambio de disparos 41 de ellos deciden rendirse al ver la enorme masa de soldados enemigos. Pero 10 de ellos deciden pelear hasta morir. (Bernardino Caballero. Obra citada.)

Vayamos ahora a Ibytimí. Aquí este autor se detiene para dar un testimonio de carácter familiar transmitido de generación en generación. El ataque a esta localidad ponía a su vez en jaque a Acahay e Ybycuí. Su bisabuela, Natividad Peña, de 15 años con sus hermanas, se hallan a mediados de junio cerca de la medianoche con su madre doña Francisca Molina de Peña en Acahay. A ésta, nombrada sargenta por López, se le ordena evacuar el pueblo. Las noticias del príncipe de la muerte causan pavor entre las mujeres, niños y ancianos. El  joven oficial  le informa a ella que los Cambá (Negros) se encuentran a tan solo 5 kilómetros. No hay tiempo que perder, “Pua é, pua é, cambá kuera oyeuta nde memby kuera, ha nde avei”, le alerta el oficial. (Apúrese, apúrese, los negros les van a violar a sus hijas y a usted también.), y agrega que a los ancianos y niños “ro yucata” (Los van a matar), agrega. Entonces Francisca se dirige a la iglesia y le despierta al cura. El frío era atroz y se anunciaba helada. El cura pregunta. – ¿Qué sucede, Doña Francisca? La señora le explica y le muestra la orden a la par que le pide al oficial y al sacerdote para que suban al campanario y hagan doblar las viejas campanas de hierro pues las de bronce fueron a parar hace tiempo entre otras tantas a La Rosada para vaciar cañones con este metal. Francisca y sus hijas quedan en el atrio en tanto en una carreta yase su anciano esposo enfermo de gravedad. El pueblo se despierta ansioso. Francisca y el oficial le instan a salir con lo puesto inmediatamente. Ella cuenta con más de 10 carretas cargadas de carne seca, sal, poroto, maíz y mandioca dado que días atrás, desde el cuartel de López, le habían anunciado la medida con la especial guarda del secreto al efecto de no alarmar a la población. Los sube a los niños y ancianos. Otras familias con similar medio de transporte hacen los propio mientras las mujeres marchan en mulas, caballos o a pie. En el camino fallece el marido de Francisca, Don José de la Peña, arruinado por las donaciones de ganado al ejército. Ella lo baja y lo llama al cura para cavar la fosa con una pala que tiene en una de las carretas. El oficial se presenta y le arrebata la pala al cura,  “Ndoi Katui ayapo Koa, Doña Francisca, che disculpa, apete a hecha petei, cambá” (No puede hacer esto, Doña Francisca, discúlpeme, muy cerca de aquí vi un negro.) Vanas fueron las suplicas de la esposa e hijas. El anciano queda tumbado en tierra con la melena blanca traída y llevada por el viento pampero del sur, mientras desde la carreta su familia lo observa y llora desconsoladamente hasta que su silueta se pierde y desaparece en la distancia. Tal el relato del Mayor anglo paraguayo Carlos Oliver Peña, nieto de Doña Francisca, en el mismo lugar de los hechos, cosa corroborada por otros miembros de esta familia. En el Centro Paraguayo japonés de Asunción se halla una biblioteca donada por el bisnieto del Capitán Julián Insfran, con folletos no muy hurgados todavía con cortas testimonios de los niños de entonces, además de ex combatientes. A propósito uno de  aquellos niños huérfanos como tantos otros fue a recalar a la Argentina y llegó a ser Ministro de marina del General Justo. Se trata del Almirante Manuel Tomás Domecq García.

Pero prosigamos, pues el príncipe nos espera con otros hechos dignos de mención. Comisiona a su favorito:  “Mena Barreto sigue el camino trazado de llegar hasta Villa Rica por el camino Sapucai – Ybytimi, pero una vez llegado en esta última localidad es conminado por D´Eu a retirarse llevando consigo a toda la población civil, principalmente mujeres y niños que suman 11.000 personas, así como el producto del robo”. (Bernardino Caballero. Obra citada.)

Este robo de mujeres coincide con la fecha del relato de la familia Peña. Estamos a mediados de junio. El hecho se produce a raíz que a los soldados ya no les gusta matar a gente indefensa. Entonces el príncipe idea un plan de exterminio masculino para repoblar el Paraguay con oficiales brasileros y así hacer desaparecer a una raza maldita que tantos pesares le ocasionan a su suegro. En realidad, en lugar de organizar planes de repoblación para el Paraguay lo que le debiera preocupar a Gastón  de Orleáns es preñar a su esposa para darle un heredero al Brasil. Algunos oficiales brasileros ya se resisten a continuar asesinando aunque proceden a los robos y a las violaciones, pero hasta ahí nomás. ¡Que consuelo!  No obstante, el comandante, Juan Manuel Mena Barreto, sujeto siempre sediento de sangre, ordena el fusilamiento de seis personas tomadas al azar como advertencia a los demás si persisten en su negativa de proseguir la marcha. Ante esta demostración, las mujeres acceden al pedido. Por esta vez  y por tal motivo vuelven a matar. Pero por lo antedicho respecto al plan de repoblación, en adelante se muestran más benévolos con sus víctimas.  (Centurión, obra citada)

En tanto Bernardino Caballero rescata 6.000 mujeres de aquella columna de 11.000 en la batalla de Sapucai mi o Diarte. El príncipe, en Paraguari, se pega un susto  pues a su Juan Manuel lo viene corriendo, Eduardo Vera, un capitán de caballería paraguayo  cuyo cuerpo esta especializado en seccionar cabezas de un solo golpe con los formidables corvos, permanentemente afilados para cumplir tan temible tarea que provoca un gran terror dado que en el momento del degüello los elegidos continúan unos segundos cabalgando mientras las arterias y venas lanzan chorros de sangre. Por su inferioridad numérica, de esto se ha valido López para sembrar el pánico en el enemigo y así detenerlo por casi 5 años. Los brasileros galopan despavoridos pues se trata de esclavos en su mayoría sacados de las barracas a cambio de su libertad. Esta clase de tropas ha ridiculizado a la alianza. Pero no hubo otra alternativa pues tanto en la Argentina como en el Brasil la gente blanca se resiste a ir a la guerra. En esos países la opinión pública clama por la paz y ya no están dispuestos a entregar a sus hijos que, sino caen en las batallas, las pestes o la disentería se los lleva al otro mundo. Los paraguayos se percatan de ello y proceden a esta práctica nacida con el famoso Capitán Bado quien enseñó el procedimiento como si se tratara de una academia de altos estudios. Los hacía practicar a sus jinetes horas y horas hasta convertirlos en auténticos cazadores de cabezas. El entonces teniente Dionisio Serqueira los vio actuar en el Chaco en abril de 1868, y escribió en sus memorias que en esos casos era imposible detener a la soldadesca. Ahora Mena Barreto se acaricia el cuello en tanto azota a su caballo para llegar a salvo a Paraguari mientras Gastón desde allí envía refuerzos en su socorro. El capitán Eduardo Vera al frente de unos 500 hombres al galope, al ver que una masa de 5.000 hombres le sale al paso para proteger a los desbandados negros, se detiene, pero no se marcha inmediatamente. Aun así no lo hostigan sino que se conforman con llevar la tropa a salvo al cuartel general. Esta victoria será la última que hará reír a López. A Caballero le valdrá su ascenso a general de división unos meses después y a Vera la obtención de su grado de mayor.

EVANGELIO DEL DOMINGO 20 DE SEPTIEMBRE

Jesús atravesaba la Galilea junto con sus discípulos y no quería que nadie lo supiera, porque enseñaba y les decía:”El Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los hombres; lo matarán y tres días despues de su muerte, resucitará”. Pero los discípulos no comprendían esto y temían hacerle preguntas. Llegaron a Cafarnaún y, una vez que estuvieron en la casa, les preguntó: “¿De qué hablaban en el camino?” Ellos callaban, porque habían estado discutiendo sobre quien era el más grande. Entonces, sentándose, llamó a los Doce y les dijo: “El que quiere ser el primero, debe hacerse el último de todos y el servidor de todos”. Después, tomando a un niño, lo puso en medio de ellos y, abrazándolo les dijo: “El que recibe a uno de estos pequeños en mi Nombre, me recibe a mí, y el que me recibe, no es a mí al que recibe, sino a Aquél que me ha enviádo”.

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