PROCERES DEL NACIONALISMO REPUBLICANO


El prestigio institucional, el arrastre popular y la supremacía política del Partido Colorado, a despecho del episódico revés electoral del 2008, estriba en singular medida en el pensamiento y los hechos de fulgurantes intelectuales y políticos que, desde el último cuarto del Siglo XIX y hasta finales de la centuria pasada, lucieron sus talentos en la pluma y en la tribuna, en el foro y en la cátedra, en la diplomacia y en el gobierno, trincheras de la civilidad donde se debaten las ideas, se defienden las posiciones, se enseña con el ejemplo, se ilustra con el conocimiento y se labora por el bienestar colectivo.

 

Por Cándido Silva

 

 

En esos círculos de expresión ciudadana ocuparon sitiales prominentes hombres de la estatura de Bernardino Caballero, Patricio Escobar, Juan Crisóstomo Centurión, José Segundo Decoud, Blas Garay, Ignacio A. Pane, Enrique Solano López, Arsenio López Decoud, Antolín Irala, Antonio Sosa, Fulgencio R. Moreno, Manuel Domínguez y Ricardo Brugada.

 

A esas figuras estelares del firmamento republicano se suman Juan E. O’Leary, Eugenio A. Garay, Eduardo Fleitas, Eduardo López Moreira, Pedro P. Peña, Natalicio González, Carlos Miguel Jiménez, Delfín Chamorro, Víctor Morínigo, Teodoro S. Mongelós, Juan León Mallorquín, Juan Carlos Moreno González, Epifanio Méndez Fleitas, Luis María Argaña, Mario Halley Mora y tantos más que con imperecederos legados individuales inmortalizaron su tránsito por la historia.

 

Estadistas y dirigentes políticos, pensadores y literatos, historiadores y docentes, poetas y periodistas, juristas y profesionales independientes  amalgamaron pulcramente sus oficios con la médula de la doctrina nacionalista izada por el coloradismo, tenaz continuador de la majestuosa obra prologada por los Guaraníes, proseguida por el Mancebo de la tierra, sostenida por los Comuneros, solidificada por Francia y sellada con la ejecutoria de los López.

 

La vena patriótica de tantas celebridades rindieron proficuos y perennes resultados que engalanan los escaparates de una asociación política líder y depositaria leal de las aspiraciones superiores de un pueblo que derrotó la fatalidad personificada en el conquistador ibérico, el misionero jesuita, los genocidas de la triple alianza y el legionario liberal.

 

Algunos de los nombrados en párrafos precedentes ejercitaron simultánea o sucesivamente dos o más ministerios u oficios, descollando siempre y grabando su impronta en los anales de la paraguayidad. En este rumbo, bien vale remembrar sucintamente, en la semana del 122 aniversario del Partido Colorado, la carrera pública, la hoja de servicios y el aporte bibliográfico y documental de dos de los más reputados, escogidos al azar.

 

Ricardo Brugada: (1880 – 1920). Adolescente aún, el recordado y muy querido Ricardito se afilió al Partido Colorado. Por sus hondas convicciones republicanas, probadas en la tribuna política, fue hostigado por los liberales gubernistas que viendo en él a un adversario formidable, lo apresaron y exiliaron, pero invariablemente retornaba al terruño para reemprender el combate cívico, libre su ánimo de rencores y revanchismos estériles.

 

Desde el Partido, el Parlamento y la Prensa, espacios ciudadanos que comprobaron la galanura de su genio, este hombre de pueblo exteriorizó su acendrada vocación de servicio, manifestada en su proverbial generosidad y afecto hacia los humildes trabajadores y obreros compatriotas, vilmente explotados por el inclemente capitalismo dominante.

 

Junto a otros pares suyos, Brugada presentó al Congreso un proyecto de ley por el cual se establece las 8 horas de trabajo diario, como también la obligatoriedad de los descansos dominicales. De forma a que la clase trabajadora proteja sus derechos y reclame los legítimos beneficios laborales, impulsó la creación de Sindicatos en el Ferrocarril, y entre los gremios de vendedores del Mercado Municipal, mozos, cocineras, carreros, etc.

 

Para la gente de pueblo, la que subsistía honestamente con su exiguo salario, Ricardito era el bienhechor, el mecenas, el abogado amigo de sus justos reclamos. De temperamento desprendido, concentró su atención y esfuerzo en el bienestar de los más desamparados, censurando, según el mismo lo dijera, “el grosero materialismo que nos devora”.

 

Acostumbraba asegurar, y lo evidenciaba en el terreno, que se sentía con vigor suficiente para conjurar las tempestades que a menudo surgían en la despareja lucha entre el modesto obrero y la angurria patronal.

 

Fue sistemáticamente acosado por el coronel Albino Jara, el tristemente célebre golpista liberal, porque valido de sólidos y coherentes argumentos se opuso y trabó en el Parlamento el ascenso del citado militar al grado de general de brigada.

 

Dirigió varios medios de prensa, mencionándose entre ellos a “El Nacionalista”, “La Ley”, “El Estudiante”, oficiando de redactor en la “La Juventud”, “La Tarde”, “La Patria”, y “Colorado”, al tiempo de ejercer la corresponsalía de periódicos de Argentina y Brasil

 

Como tantos otros próceres del nacionalismo republicano, Ricardo Brugada falleció prematuramente, a los 40 años de edad. Con su muerte, la providencia privó al Partido Colorado y la propia Nación Paraguaya de uno de los mayores hidalgos de las causas populares.

 

Un barrio de la periferia de Asunción lleva su nombre, perpetuando así su egregia memoria.

 

Juan E. O’Leary: (1879 – 1969). El insigne reivindicador de la imagen del Mariscal López y cantor de las epopeyas nacionales, nació y murió en Asunción. Estudio Derecho pero no culminó la carrera pues prefirió consagrarse a la docencia, el periodismo y el verso.

 

A los 15 años de edad, estando en el segundo curso en el Colegio Nacional de la Capital, empieza su tarea en la prensa escribiendo “El Invisible”, periódico estudiantil, para posteriormente con Ignacio A. Pane y Enrique Solano López constituir la trinidad que defendió el Nacionalismo Histórico desde las páginas de “La Juventud”.

 

Con Ricardo Brugada, condiscípulo suyo, inauguran un nuevo medio de comunicación, “El Estudiante”, donde propicia el desagravio de los beneméritos de la patria. Enemigo acérrimo del legionarismo pérfido, sufrió la persecución de los gobiernos liberales a raíz de su enérgica determinación de rescatar de la ignominia la memoria de los héroes de la nacionalidad.

 

Noble hijo de esta tierra, O’Leary destruye con tesis certera e inapelable la teoría del “Cretinismo del pueblo paraguayo” esbozada por el prominente intelectual liberal Cecilio Báez. Durante su ostracismo en Buenos Aires, en 1904, traba amistad con Bernardino Caballero, relacionamiento fecundo que le insufla la indispensable dosis de fortaleza para arremeter con coraje su sagrada misión de reparar la honra ultrajada del Mariscal y demás patricios de la hecatombe bélica.

 

Diligente y conspicuo miembro del Partido Colorado, fue ministro de Relaciones Exteriores en el gobierno de Natalicio González y entre sus obras se cuentan “Historia de la Triple Alianza”, “Los Legionarios”, “El Mariscal Francisco Solano López”, “El Centauro de Ybycui”, “Nuestra Epopeya”, “El Libro de los Héroes”, “Apostolado Patriótico”, y “El Paraguay en la Unificación Argentina”.

 

Eruditos latinoamericanos y españoles de nombradía como José María Vargas Vila, Juan Zorrilla de San Martín, Rubén Darío, Guillermo Guerra, Salvador Rueda, Luis Alberto de Herrera, Ernesto Quesada, Francisco García Calderón, Cristóbal de Castro y otras aureolas de la intelectualidad universal alabaron al apóstol de la prosapia paraguaya, tributando testimonio de admiración a la devoción de O’Leary hacia los titanes de la antigua Provincia Gigante de las Indias.-

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