EPOCAS Y PERSONAJES


Una página que rescata hechos y personajes de la historia tanto de nuestro país como de otros países. En algunos casos reflejan folklóricas nostalgias pero en otros nos señalan interesantes novedades que pueden servirnos de ejemplo para corregir conductas.

ARTURO BRAY

(UN RECUERDO PERSONAL)

El 23 de octubre de 1931 la juventud paraguaya se congregó frente al palacio de gobierno para protestar ante la indefensión del Chaco del gobierno de José Patricio Guggiari, más conocido como José P. La multitud congregada apenas comenzó a escuchar a sus primeros oradores cuando suenan las ametralladoras. Los jóvenes comienzan a caer y la sangre a correr. Al finalizar tan bárbaro y sangriento episodio se hizo el recuento de los caídos: Siete muertos y más de doscientos heridos y contusos. El pueblo paraguayo no cabía en su indignación mientras el presidente de la República iba a esconderse a la Escuela Militar donde fue protegido por su director, el entonces Mayor Arturo Bray.

Ante su impotencia el presidente lo nombra a Bray Jefe de la Plaza de Asunción, de manera que a partir de ese momento la suma del poder militar y policial recaía en el referido militar a pesar de su baja graduación lo que obligaba a los demás uniformados a respetarlo y a acatar sus órdenes. Inmediatamente el nuevo mandamás decreta el toque de queda y en cada esquina la policía pegaba en las paredes su famoso BANDO Nº 1. De pronto se convirtió en el terror personificado. Cientos de dirigentes colorados fueron apresados, confinados o deportados y el diario PATRIA empastelado.

Más tarde, en 1937, durante el gobierno del doctor Felíx Paiva fue designado nuevamente jefe de la plaza de Asunción, caso único en nuestra historia política. En esta oportunidad aparece el BANDO Nº 2 en que en una de sus partes decía que si una persona era encontrada cerca de una institución militar “SERÁ FUSILADO CON LA SOLA PRESENCIA DE UN OFICIAL”

Piernas, para que te quiero, la gente corrió despavorida a sus hogares y Asunción quedó paralizada. Justo en ese momento fallece un miembro de mi familia y no podía llegar el cajón pues los del servicio fúnebre fueron arrestados, ni tampoco se podía obtener el permiso porque a tal propuesta venía la misma contestación; Debe autorizar el coronel Arturo Bray. Finalmente luego de 3 días trascurridos y el cuerpo del difunto en plena descomposición se consiguió el ansiado permiso gracias a los buenos oficios del mayor Atilio J. Benítez, jefe de orden público en la policía y estrecho colaborador de Bray conjuntamente con el mayor Hermes Saguier en su calidad de jefe de investigaciones. No se escuchaba otra cosa que chaque Bray, chaque Bray. Más tarde fue apresado y conducido a Peña Hermosa por el gobierno de Rafael Franco. En esa fatal circunstancia solo la legación inglesa le hacía llegar víveres y su haberes como ex combatiente paraguayo – ingles en calidad de teniente nombrado por Su Majestad durante la primera guerra mundial (1914 – 1918)

Transcurren los años. Bray llega a ser ministro del interior y embajador y más tarde exiliado en la Argentina y llevado lejos de la frontera del Paraguay por pedido del gobierno de Higinio Morínigo contra quien planeó y llevó adelante dos intentos de golpe de Estado, en 1942 y en 1944, sin contar sus interminables conspiraciones. Cerca de la cordillera de los Andes escribe sus mejores libros “Hombres y Épocas del Paraguay” y “Solano López, Soldado de la Gloria y del Infortunio”. Luego se convierte en editorialista del diario “La Prensa de Buenos Aires”. Sus análisis militares sobre la segunda guerra mundial agotaban el periódico. Su estilo brillante ganaba lectores exigentes. Además era traductor del inglés al español contratado por la famosa casa editorial El Ateneo, hasta hoy la principal de la Argentina. Pero en Asunción chaque Bray se escuchó hasta 1960. Hasta se decía que los padres bayoneses del colegio San José lo escondían en el campanario de la iglesia pues él fue primer bachiller egresado en ese instituto educacional.

Ya pisando Bray los 70 años un cadete suyo (Stroessner) convertido en presidente envía a un agente a Buenos Aires para proponerle su regreso pues como antiguo subordinado se sentía obligado a protegerlo en su vejez. Bray era arisco, no aceptó en la primera vuelta. Al segundo agente le dijo que si no se regularizaban sus haberes caídos y su jubilación nunca más regresaría. Stroessner aceptó y Bray regresó.

Estaba en la casa de mi madre sobre la calle Mariscal Estigarribia entre Perú y Pai Pérez pocos días después de su llegada y me disponía a salir cuando nos topamos con el coronel Arturo Bray a quien no lo conocía ni de vista. – Muchas gracias doña Tutula por la ayuda que le brindó durante tantos años a mi madre, le dijo, mientras ella casi simultáneamente nos presentaba no sin antes recordarla con cariño a su vecina Doña Rita Riquelme viuda de Bray que ahora casi nonagenaria vivía con su famoso vástago. – Me gustaría Coronel que usted a este hijo mío le instruya en literatura. – Como no joven, vengan cualquier día a la cinco de la tarde me dijo y se despidió conduciendo a su perro Ton que lo había traído de la Argentina hasta llegar a su domicilio casa de por medio. Corre el año 1967. A cada visita a mi madre ella me reprochaba. – No te fuiste a lo del coronel. Por entonces estaba ya casado y corriendo la liebre, con uno hijo nacido y otro en camino. Finalmente ante tanta insistencia me presenté una tarde a la hora señalada en su domicilio en el mismo momento que mi reloj marcaba las cinco informado como me hallaba acerca de su amor por la puntualidad inglesa.

– Es usted muy puntual, me dijo tras ofrecerme asiento y una tasa de te. Siempre esperaba a sus amigos a esa hora supuse pues varias eran las tasas. Bray tenía el porte típico del militar paraguayo, nada de ingles había en él salvo sus ojos claros y su rostro anglosajón aunque de cutis cetrino por obra de doña Rita. Hablaba el guaraní, español e ingles a la perfección. A la empleada del servicio se dirigía en guaraní sin ninguna palabra mezclada con el castellano. Con su madre a veces en guaraní y otras veces en español y supongo que con los extranjeros hablaba en ingles. Ton no se movía de su lado y a cada indicación suya realizaba algunas maniobras. El viejo, luego de la introducción, quedó callado. Enseguida me percaté que buscaba intimidarme mientras bebía con fruición mi te. Lo miré fijamente y le dije. – Coronel, vengo por insistencia de mi madre aunque quizá no pueda dedicarme a las letras por mi trabajo aunque fui miembro de la academia literaria del colegio San José. – No me diga, ¿fue alumno del San José? Se le iluminó el rostro y comenzó a recordar a sus antiguos maestros entre ellos al padre Nutz el autor de la letra de la Madelon en castellano, es decir, Patria Querida. – Cuando estuvo De Gaulle en 1964 pasaron los alumnos del colegio cantando esa marcha muy querida por los militares franceses y él se quedó muy impresionado cuando le comentaron que un sacerdote compatriota suyo había hecho una nueva letra dedicada al Paraguay, me dijo. Una gran cultura poseía mi anfitrión y hasta tarareó en francés parte de la letra original. – Que notable, debo haber sido un gran pecador por tantos padecimientos y ahora a mi regreso estoy obligado a vivir frente a una calle que se llama José Félix Estigarribia, me dijo de sopetón. Cambiaba de conversación a cada rato. Pero cuando le pedí mayores detalles acerca de Estigarribia se levantó y trajo cuantro volúmenes escritos a máquina y los colocó sobre la mesa. – Alguna vez va a tener la respuesta cuando lea mis memorias si es que se publican después de mi muerte, me respondió. Los cuatro volúmenes quedaron allí hasta que me fui, sin abrirse. Poco antes le halagué su ego ponderando sus libros, particularmente el que le dedicó al Mariscal. – Usted debe ser colorado. – Si, le dije, me afilie en Formosa a través de mi tío Ángel Florentín Peña. Ahí cambió el viejo. Mas tarde supe el porqué. No lo podía ver a mi otro tío Amancio Pampliega Peña pues éste siendo ministro de Morínigo desbarató todos sus intentos de golpe y fue el que pidió que se lo confinara a la cordillera de los Andes. Sin embrago, con mi madre era una persona muy cálida. Seguramente me vio entrar con Pampliega a la casa de ella y desconfió. – Mire, le recomiendo que lea las obras de Stefan Zueig y comience con Momentos Estelares de la Humanidad, se venden en las librerías de Asunción. Acepté su propuesta y acto seguido le mostré unos escritos míos de la época de la academia. Inmediatamente se puso a leer. De pronto levantó la cabeza. – Está bueno, tiene mucha imaginación….. Pero abusa del gerundio. Esta última palabra la alargó como si se tratara de una nota musical en sostenido. – ¿Lee la tribuna?, me preguntó. – Sí, coronel. – ¿Lee sociales? – A veces. En ese momento se dirigió a la sala – estábamos en el corredor – y trajo un ejemplar de ese diario. – Lea esto. Era la página social. Su dedo indicaba un lugar específico. Recuerdo que decía el nombre de una señora casada que fue operada gozando de buena salud. Fue operada la fulana de tal gozando de buena salud. – El matasanos la operó con rozagante salud, ¿se percata de la trampa del gerundio? – Ahora me doy cuenta, coronel. – El gerundio es un presente sostenido, estoy orinando. No olvide que en el empleo de los relativos que cuando o cuyo los verbos interiores no pueden mezclarse, ni el gerundio con estos y ni mucho menos con el verbo de la oración, me recalcó. Me sonó un poco fuerte la expresión “orinando” pero me hizo entender. Muchos años después un militar cayó en la trampa del gerundio. Dio un discurso en el Chaco y los concurrentes no entendieron bien si el comandante del ejército paraguayo en la guerra era el disertante o el general José Félix Estigarribia. Los diarios e hicieron eco del error.

Lo volví a visitar una dos veces más y en 1974 falleció. Años después leí sus memorias y entendí lo de Estigarribia. Pero fueron publicadas en tres tomos, seguramente para ahorra dinero.

Supo cultivar la amistad. Sus amigos eran sus fanáticos aunque no tenía pocos detractores. La política crea estas cosas. Pero debemos reconocer que Arturo Bray fue un gran aporte a las letras paraguayas y el que desea aprender se halla obligado a leerlo. El manejo magistral del punto y coma, sus metáforas románticas como la introducción de sus memorias. La narrativa florida como su descripción de la Asunción de antaño y la llegada del cometa Halley y ni que decir de Hombres y Épocas y de Solano López. Pero cuando demuestra sus dotes castizas es en La España del Brazo en Alto, obra muy poco difundida por tratarse de problemas internos de otro país. Osvaldo Bergonzi

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