CABALLERO Y ESCOBAR


UNA AMISTAD FORJADA EN EL ESTRIDOR DE LAS ARMAS

El 14 de febrero de 1870 el general Bernardino Caballero es llamado por el Mariscal. Los restos del otrora imponente ejército, al decir del general Isidoro Resquín, se halla postrado por el hambre en una paraje denominado Cerro Cora, imponente anfiteatro donde pronto se llevará a cabo el último acto de una tragedia que puede sobresalir entre cualesquiera de las escritas por los dramaturgos griegos, Esquilo, Sófocles o Eurípides.

Por Osvaldo Bergonzi

López le pide que vaya en busca de ganado para paliar la situación. Según el insigne historiador Juan Emilio O´leary lo hace para salvar la vida de su amigo. Suponemos que lo hizo por ambos motivos. En ese momento se sospechaba que el fin estaba próximo. Además, la madre y las hermanas de Caballero soportaban iguales padecimientos aunque amortiguados por la intendencia del jefe de Estado.

Cae la noche cuando parte. Un profundo silencio reina en el campamento. Algunos camaradas sabiendo de su misión salvadora le desean éxito. Poco después se pierde en la espesura. A las nueve de la noche, al llegar en la mitad del trayecto de la picada del Chiriguelo, siente un alto de la guardia de prevención. El sargento conoce su misión y lo reconoce al instante, diciéndole:

– Mi general, le espera mi Coronel Escobar. Me ordenó que le avise cuando pase por aquí.

– Yo también quiero saludarlo. Lléveme junto él.

Lo encuentra escribiendo y al verlo a su amigo se levanta a recibirlo tras dejar un gran tronco rústicamente aserrado y convertido en improvisado escritorio. El encuentro es cálido. Ambos se entendieron desde un principio cuando se conocieron, y poco más tarde se hicieron muy amigos. El visitante lo encuentra muy preocupado a su anfitrión quien al saludarlo le ofrece lo poco que tiene para la cena. Además, le ordena a su ayudante que se retire. Es evidente su deseo de conversar en privado. Sus movimientos y la expresión en el rostro denotan en él una gran tribulación. En voz baja y mirando a todas partes, le dice a Caballero.

– No sabe cuánto me alegro de verlo, mi general. Ha sucedido una desgracia y no tengo con quién consultar.

– De que se trata Escobar, le requiere el general, también en voz baja.

– Ha muerto Venancio López, o peor, lo han matado. Ahora, ¿se da cuenta mi general por qué estoy tan preocupado? ¿Qué le digo a su hermano, el Mariscal?

– Caramba, Escobar, esa si que es una mala noticia.

Seguidamente le relata todo el suceso. Aconteció durante la marcha de Venancio por el Chiriguelo en un estado calamitoso bajo la conducción del alférez Manuel Zarza, quien compadecido de él lo trataba con cierta deferencia pero haciendo cumplir las órdenes de su hermano de traerlo vivo a Cerro Corá. De tanto en tanto recibía del cuartel general un atado de arroz y raciones de carne lo cual le permitía al citado oficial mantenerlo con las fuerzas suficientes para proseguir su camino. Pero el Mayor Gauto era implacable y lo hacía castigar cuando se sentaba para descansar. Venancio poseía un rotoso poncho con unos flecos colgando que habían sido sus pantalones, conforme le informó a Zarza. Este siempre aparecía con atados de arroz y la carne que le mandaban para mantenerlo. Lo ayudaba a levantarse para andar a lo sumo diez o veinte cuadras por día. Y cuando se alejaba por cualquier motivo de su lado, el otrora coronel y jefe de la plaza de Asunción le imploraba diciendo: “Me va a abandonar, mi alférez”. Este le prometía siempre que volvería. Y ni bien regresaba le mostraba las provisiones diciéndole: “Voy a prepararle una magnífica vianda para que se fortalezca”. Varias veces le dijo a Zarza que su vida pendía de un hilo y que tenía un gran secreto que contarle para que los traslade a S. E. El alférez siempre le respondía que él no podía hablar de esas cosas y que cuando llegaran a Cerro Corá podía contarle a su hermano su secreto. Así anduvieron hasta que en un descuido vino a controlar su marcha un Alférez apellidado Ramírez. Este lo increpa por negarse a levantar tras darle un fuerte planazo con la espada. Entonces Venancio hace un esfuerzo supremo hasta lograr ponerse en píe con mucho esfuerzo. Pero tratando de proseguir desfallece de nuevo, bamboleándose y perdiendo el equilibrio vuelve a caer. Ramírez, enfurecido, lo sigue castigando y finalmente le da un golpe de filo. Ahí nomás quedó muerto Venancio. (Versión del Alferez Manuel Zarza)

– Qué sucedió con Ramírez, coronel. Pregunta Caballero.

– Cuando se dio cuenta de su obra se mando mudar, responde Escobar

– Y no lo encontró más, supongo.

– Así es, mi general, envié varias patrullas pero todo ha sido en vano. Se esfumó en la espesura de la selva. Lo ocurrido está explicado en detalles. Acérquese por favor, quiero mostrarle el parte que voy a despacharle al Mariscal.

Caballero se acomoda, y a la luz de un mortecino candil, lee el extenso pliego detenidamente conforme se lo pide su amigo. De pronto, tras leer y releer el documento, se detiene en un pasaje del mismo y levanta la cabeza.

– Y bien, mi general, ¿qué le parece?

– Su informe es impecable, responde Caballero.

Escobar suspira aliviado. Menos mal que su amigo tan ducho en la correspondencia con el Mariscal, le ha dado su visto bueno. Ahora puede despacharlo. López es muy estricto a extremos criticables pues pedía a sus subordinados la misma perfección que se exigía sí mismo. Una falla podía costarle muy caro al afectado. Al mismo Caballero, su favorito, le dio un tirón de orejas en dos ocasiones, la primera, en marzo de 1868 cuando secamente le respondió “en adelante numere sus despachos”, la segunda, el 10 de diciembre del mismo año cuando poco antes de la batalla de Avai le desafió “Si no se animan tengo otros jefes que pueden hacer las veces de ustedes” refiriéndose a él y a Valois Rivarola. Caballero en esa oportunidad le replicó de una forma que ningún otro jefe se hubiera animado a hacerlo. De manera que había que andar con pies de plomo con alguien ya decidido de antemano a inmolarse por su patria. Por eso el remitente suspira aliviado, porque la respuesta proviene de alguien que constituye toda una garantía en tales ajetreos.

– Me alivia escucharlo decir eso, mi general.

– Un momento, Escobar, le repito, es impecable. Pero le faltan dos letras, señalándole Caballero con el dedo una palabra.

– Allí se lee coronel, indica sorprendido Escobar.

– Debe decir ex coronel, porque el 18 de diciembre del año pasado un tribunal lo degradó antes de imponerle la sentencia de muerte que después fue conmutada por el Mariscal, le señala Caballero

– Pero…..qué error estuve a punto de cometer. Muchas gracias mi general. (Victor Franco. “El General Patricio Escobar”. Biográfia)

Los amigos cenan juntos la escasa ración compartida por ambos. En el momento de la despedida se emocionan sin hacerlo sentir pues dudan que volverán a encontrase en este mundo alguna vez. Flota en la noche el manto de la muerte y los dos cabalgan unos trechos juntos hasta retomar la picada que lo llevará al viajero a Miranda o a Dorados y poco después, tras el deseo mutua de suerte, Caballero prosigue su marcha. Que salgan los dos vivos de la dramática aventura que a punto está de llegar a su término, es todo un albur. Sin embargo, ambos se volverán a encontrar, y en qué circunstancias. Pero eso ellos aún no lo saben. Sin embargo, ambos cambiarán el curso de los acontecimientos políticos a partir de 1874 en el Paraguay. Ambos integrarán el gabinete de Juan Bautista Gill.

Caballero al asumir la presidencia tras la muerte de Cándido Bareiro lo primero que hace luego de jurar el cargo ante el congreso es informarle de la novedad a su amigo Escobar, por entonces camino al norte rumbo a un establecimiento que arrendó para beneficiar yerba mate. El tono es cálido y afectuoso. Se nota la fe y la solidaridad de una sólida amistad marcada con fuego, sangre sudor y lágrimas al decir de un notable político británico. Pronto Escobar integra su gabinete y al finalizar el segundo mandato de su amigo lo sucede en el cargo. Ambos solo confían en unos pocos amigos que vencieron como ellos penurias y fatigas como Fidel Maíz, Crisóstomo Centurión, entre otros. Al llegar a la vejez nada pueden hacer ante el empuje de un sector adverso a ellos que entrega el rojo pendón republicano a la oposición. En el año 1912, al parecer, se ponen de acuerdo para irse de este mundo con una diferencia de días. Valga este homenaje por el día de la amistad.

En Internet: www.elcoloo.com

One Response to CABALLERO Y ESCOBAR

  1. Felix Argaña dice:

    ¡Mágnifico! Con que toque de realismo esta contada esta historia, hasta parece que uno esta mirando desde la platea o desde el mirador mágico de la historia.

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