ENRIQUE JIMENEZ


UNA SEMBLANZA PERSONAL

Sobre su actuación en la guerra del chaco basta decir que tuvo 3 citaciones al valor militar y eso es mucho pedir a un oficial de baja graduación. Debido a eso ostenta entre no muchos las tres condecoraciones: La Cruz del Chaco, la Cruz del Defensor y la Medalla de Boquerón. Asimismo no olvidemos que arrancó su carrera guerrera en calidad de cadete del último curso. Con respecto a su protagonismo decisivo en los sucesos del 13 de enero de 1947 que llevaron al Partido Colorado al poder sugerimos abrir la página fija de nuestro semanario acerca de dicha gesta que se encuentra a la derecha en la parte superior. Por otra parte, son hechos muy conocidos y difundidos.

 Por Osvaldo Bergonzi Por eso en esta recordación deseamos rescatar al hombre y al político.  Quien escribe estas líneas fue su abogado defensor, correligionario, amigo y además su estrecho colaborador para la redacción de sus memorias truncas debido a su muerte en Asunción en mayo de 1990 a los 80 años, una semana después de haber oficiado de testigo en una boda que nos atañe. Sí algo nos duele todavía es no haber estado presentes por hallarnos  en el exterior.

Se deduce que Enrique nació en 1910. Sin embargo sus compañeros de promoción eran, casi en su gran la mayoría, menores que él, entre ellos, Alfredo Strossner. Cuál fue el motivo. Muy simple, él ni soñaba abrazar la carrera de las armas. Al llegar a la edad reglamentaria cumple su servicio militar como soldado raso. No existía por entonces una escuela de oficiales de reserva. Pero quiso el destino que fuera comisionado para servir de guardia en la casa del entonces teniente coronel Luís Irrazabal. Pronto el recluta se gana el cariño de toda la familia. Una persona como él, jovial, preparada, de estampa casi teutona, causa impacto.

Irrazabal le echa el ojo y poco después de un año de servicio en su domicilio se convierte en flamante cadete. Esto escuchábamos de sus labios cuando iniciamos la redacción de sus memorias en su departamento de Buenos Aires en Palermo. A cada pregunta venía la respuesta. Las relaciones con Strossner fueron buenas hasta que llegó la guerra. Allí comenzó el distanciamiento. Dos fueron las causas. Las pullas de los cadetes a los que corrieron en Boquerón entre los cuales se hallaba Stroessner quien abandonó un mortero. La otra,  la referencia  a Vicente Matiauda respecto a dos muertes ocurridas en Encarnación. Enrique – siempre curioso – indagaba el parentesco pero sin intención alguna de herirlo a su compañero. Fue en ocasión de la entrega de despachos de tenientes segundos por parte del teniente coronel Arturo Bray a los cadetes una vez finalizada la batalla. El oficial de órdenes llamaba con doble apellido a los ascendidos pues en esa época regía el estatuto del soldado alemán, en consecuencia,  solo podían ingresar a la escuela los hijos matrimoniales. Estos detalles aparecen debido a nuestra insistencia cuando le señalábamos que la animosidad contra él no pudo surgir por generación espontánea. Más adelante llegamos al 11 de enero de 1947. Enrique, el primero en hablar, defiende a capa y espada frente a sus superiores la permanencia de la ANR en el gobierno y solo Emilio Díaz de Vivar lo acompaña, mientras Stroessner se adhiere a la decisión de los generales. El 13 de enero Enrique fue el protagonista principal de la gesta en la esfera militar y durante la guerra civil, condujo a las tropas en el frente norte, es decir, donde verdaderamente se hallaba el enemigo, en cambio Strossner, fue enviado al sur donde nunca sucedió nada de importancia.

La envidia quizá explique la razón de tanto encono. Para más el héroe colorado formaba parte del Guión Rojo, el sector que hizo posible la hazaña de llegar al poder. Los otros envidiosos, eran los llamados demócratas, adversarios irreconciliables de los guiones. En política el exceso de aureola a veces resulta fatal.  Por eso las presillas de general nunca vendrán. Un año después los héroes fueron a parar a Buenos Aires para regresar recién en 1955 cuando se firmó la paz partidaria.

En esa ocasión una porción de los guiones se integra con los demócratas como el caso de Edgar Ynsfran, entre otros. Los demás fueron nombrados embajadores. Enrique se dedicó a actividades privadas. Pero cuando los sucesos del congreso en 1959  hizo causa común con la juventud colorada encabezada por Waldino Ramón Lovera. En 1963 marcha de nuevo al exilio con toda su familia para regresar definitivamente a su país el lunes 6 de febrero de 1989. En el interregno se había integrado al Movimiento Popular Colorado habiéndolo presidido en varias ocasiones.

Dio la casualidad que poco antes de los sucesos del 2 y 3 de febrero de ese año nos halláramos en Buenos Aires. Nos despedimos el 11 de enero de 1989 luego de una semana intensa de trabajo. Esa noche su esposa Matilde Meza Caballero, descendiente de una de las hermanas del Centauro de Yvycui, nos ofreció un brindis con los cuatro hijos y sus esposas. Sus nueras argentinas los respetaban y querían a ambos. Un hogar extraordinario. Enrique fue Jefe de seguridad del canal 9 de Buenos Aires y obtuvo una media jubilación por ese empleo. Romai, el dueño, le tenía una confianza extrema. Enrique conocía a los artistas a quienes hacía cumplir estrictamente sus reglas de seguridad. Con él no se jugaba. – Mirá que puede aparecer Romai con el Coronel Jimenez, alertaban algunos si alguien cometía algo imprudente.

Su regreso fue apoteósico. El aeropuerto ardía de gente. Con Miguel Angel Toto González Casabianca no podíamos llegar hasta él a pesar de nuestro esfuerzo, en tanto Enrique, nos levantaba las manos en señal de auxilio. Las teledifusoras, fotógrafos, periodistas de la prensa escrita  y radioemisoras lo rodearon por largo tiempo.

Finalmente lo abrazamos efusivamente.

Acá debo asumir la primera persona del singular para que se entienda mejor pues yo era por entonces su abogado defensor en la causa “ENRIQUE JIMENES y otros S/VIOLACIONES DEL ESTATUTO DEL SOLDADO” tramitada ante la justicia penal militar. El mismo día de su llegada, gracias a la celeridad desplegada por el secretario privado, Eladio Loizaga, fue recibido por el general Andrés Rodríguez a quién le explicó su situación legal. Este lo recibió con mucho cariño. Enrique, como militar, sabía que nada se puede hacer cuando uno se encuentra en la cadena de mando en un escalón menor, tal era el caso del presidente y de su ministro el general Adolfo Samaniego. Pero ambos pusieron su mayor empeño – me consta – para reparar el daño causado a su recordado jefe cuando ellos eran tenientes de caballería.

Adolfo es mi amigo lo cual facilitaba aun más las cosas. Yo me sentaba frente a su despacho preparando los escritos mientras el ministro llamaba a fiscales y jueces. – Qué es esto me preguntó. – Un cuento japonés, por llamarlo de algún modo, le respondí. En realidad se trataba de una novela de ficción sin pies ni cabeza pero nunca terminaba pues mis petitorios siempre caían a saco roto. Pero a partir del 7 de febrero de 1989 comenzó a correr con gran velocidad. Cuando todo parecía concluir recibo un llamado de alguien, quien ni siquiera merece ser citado, que me proponía pedir la prescripción de la causa. Enrique y yo nos indignamos y tal cosa se la trasmití al ministro al instante. – Es cierto lo que me dices Osvaldo, pedir la prescripción es reconocer un delito inexistente, me contestó Adolfo luego de escuchar mi explicación. Acto seguido se resolvió como debió resolverse, el sobreseimiento libre del coronel de la nación Enrique Jiménez. Entre tanto, Adolfo, me entrega una importante suma de dinero para que le alquile una casa a su antiguo jefe por un año, mientras iniciábamos los tramites de su jubilación. Rodríguez y Samaniego se portaron y le hicieron pasar muy bien a su jefe el último año de su vida en el Paraguay.

Ya estaba por terminar todo cuando Adolfo me llama y me dice. – Parece que tropezamos con un inconveniente, a mi coronel le faltan 9 meses para la jubilación completa, me informan. Me voy a su despacho y luego de intercambiar algunos pareceres a Adolfo se le ocurre la brillante idea de reincorporarlo a Enrique al servicio activo en disponibilidad por 9 meses, lo cual la ley permite. Pasan unos días. – Usted desde hoy ya no es más SR, le comunico a Enrique por teléfono pues el presidente acaba de firmar su reincorporación al ejército. – Hablas en serio compañerazo. – Si Enrique, eso se resolvió para hacerte justicia y ya vas a cobrar este fin de mes hasta que se completen los meses y corra tu jubilación. Seguidamente le pasé el tubo al de la idea feliz. Le habló Adolfo varios minutos y me dijo después que lo notó muy emocionado.

No obstante todo lo reseñado, lo que más me llamó la atención de mi inolvidable amigo fue su absoluta carencia de rencores y mucho menos odios. A Stroessner, como la gran cosa, lo llamaba El Alemán. De Edgar Ynsfran siempre se acordaba bien. A su hijo mayor le llamó Edgar. Y cuando entrábamos en profundidades siempre me recordaba – Así es la política, compañerazo, yo fallé porque nunca aprendí a digerir sapos, por eso sufrí tantos y prolongados exilios. Eso a mí me llamaba la atención pues tanto daño había recibido, y sin embargo, ninguna pizca de rencor afloraba en él. Y esa manera de ser se las trasmitió a sus hijos, Edgar, Enrique, Carlos y Miguel.

Cuando la junta de gobierno se integró con tradicionalistas y ex contestatarios estos se colocaron en la esquina de 25 de mayo y Antequera para marchar a nuestra casa con Enrique a la cabeza. Yo en tanto, mientras llegaba la gente, revisaba unos libros en la librería El Lector. De pronto alguien me arrebata un libro con cara de poco amigo. – Hace 10 minutos que te estamos buscando para irnos a la junta, me increpa Toto González Casablanca. – Por qué no van y yo les sigo enseguida; ustedes pues son los protagonistas. – No se trata de eso sino que el viejo se niega a marchar sin no estás a su lado. Seguidamente como si fuera una criatura soy llevado del brazo por Toto. La sonrisa de felicidad de Enrique al verme me conmovió y hasta hoy la recuerdo con cariño. Seguidamente marchamos todos abrazados. El doctor Juan R. Chaves no estaba y nos atendió uno de los vicepresidentes, Edgar Ynsfran. Suerte que marchaba a su lado pues la escalinata de la junta con el calor sofocante de fines de febrero exigía alguna ayuda a la gente de edad, más todavía Enrique con una insuficiencia cardiaca.

– Edgar venimos a cara descubierta y a partir de ahora todos debemos quitarnos el antifaz. – Así es Enrique, por eso estoy hoy aquí para recibirte como te mereces y a todos los amigos que te acompañan.

Seguidamente se dieron un fuerte apretón de manos. Por la noche suena el teléfono en mi casa. Era Edgar quien me preguntaba si yo creía que Enrique aceptaría ir a su casa a cenar con toda su familia. Por supuesto que sí le respondí, es más, le sugerí que lo llamara esa misma noche al colgar conmigo. Seguidamente le recordé que Enrique me contó que un señor llamado Edgar fue un tiempo en Buenos Aires el maniquí de Nenela Lofruccio. – No me digas, me respondió, entonces voy a llamarlo a ese chismoso. Edgar Jiménez Meza más tarde me comentó lo emotiva que estuvo la cena entre las dos familias.

No puedo dejar de mencionarla a la viuda de Mareiren Pérez Ramírez, entre las contadas amigas que se atrevía a invitar al matrimonio Jiménez Meza a almorzar o a cenar cuando estos venían por unos días por Asunción debido a que el gobierno de Alfonsín exigió y consiguió el regreso de los contestatarios. Casi todos quedaron en Asunción a partir de 1984 pero Matilde se negaba a regresar. No era para menos. Cada uno de nosotros  teníamos una motocicleta detrás con un letrero muy visible “POLICIA DE LA CAPITAL”. En mi caso particular, a partir de asumir su defensa ante la justicia penal militar. Cuando él iba en mi coche la flota crecía a 3 o 4 motocicletas. En la casa de don Tomás Romero Pereira se hacían las reuniones. Allí era un alubión de motos y policías. En una oportunidad nos invitaron a cenar el doctor Ángel Florentín Peña y su esposa Concepción Orué, a Enrique, Matilde, Carlín Romero Pereira y yo. Las patrulleras 6  en total, pretendieron ingresar a la quinta. – Salgan, sinvergüenzas esta es mi casa, les increpó mi tía Conché. – Tranquila  Conché, estos muchachos cumplen una orden del alemán, le recordó Enrique, tras señalarle a los policías que veníamos a cenar y nada más y que uno podía quedar a pie dentro del domicilio para corroborar lo afirmado. Los policías aceptaron. La foto de la cena fue publicada en el diario Patria el 13 de enero de 1997 casi 10 años después del acontecimiento siendo presidente del partido el doctor Luís María Argaña.

A propósito de los policías, Enrique los sabía manejar. Su estampa de militar y su porte señorial les imponía respeto. Para más, su voz de barítono a bajo, sonaba grave y profunda.  Luego de los hechos del 2 y 3 de febrero los policías no desaparecieron pues en el tumulto no se dio la orden de cesar la custodia. No viene la orden, nos decían muy amigablemente los policías. Enrique, luego de escuchar a algunos amigos sostuvo que los policías fueron bastante razonables y nunca nos maltrataron salvo el hecho de seguirnos hasta el último rincón donde se nos ocurriera ir, y que nuestros conocidos por temor a represalias no se nos acercara a menos de 20 metros. – Toto sale cuando hay tormenta y lluvia y da la vuelta a la manzana alrededor de la casa de su suegra, le comenté una vez a Enrique. Mucha gracia le causó pero volvió a repetir. – Esos muchachos cumplen órdenes. Lo cierto es que su prédica prendió y alguien fue más lejos todavía cuando llego la bendita orden. – Hagámosle una despedida a nuestros custodios pues se portaron bastante bien con nosotros. Y se dio el hecho insólito que solo en el Paraguay puede ocurrir. – ¿Que sucede en el Bar San Miguel?, ¿porque hay tantas motocicletas de la policía?, preguntaba la gente desde sus coches al pasar por allí. – Los contestatarios le ofrecen hoy una cena a sus custodios, respondió alguien. – Son locos o se hacen, se oyó de un vehículo, según nos informaron. Hasta el presidente Andrés Rodríguez quedó muy sorprendido. Enrique no estuvo pero aprobó el convite. – Estos muchachos solo cumplieron órdenes del alemán.

Esta resumida semblanza de la vida del coronel Enrique Jiménez se la debía a él desde hace muchos años. Ahora más aun, para mostrarle a nuestros jóvenes que leen nuestro semanario la calidad humana de los hombres que llevaron al poder al partido colorado.

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